¿Volver al mérito en educación?
En el boletín de abril del Centro de Estudios Públicos, Sylvia Eyzaguirre publica un artículo titulado “Volver al mérito en educación”, respecto del cual es necesario hacer un par de aclaraciones importantes, que ofrezcan un contrapunto de mayor rigor analítico al simple despliegue de datos ampliamente conocidos y de medidas cosméticas. Renunciando desde ya a la tediosa tarea de demostrar, una a una, todas las licencias técnicas e históricas que se permitió la autora, lo que se pretende es aportar una perspectiva verdaderamente pedagógica, con mayor espesor técnico y, por cierto, más situada en el rol que le compete al Estado en materia de Educación. En primer lugar, trasladar toda la responsabilidad del “deterioro de los liceos emblemáticos” (sic) a la eliminación de las barreras de acceso -medida clave de la Ley de Inclusión– es no estar leyendo el contexto educativo con la necesaria perspectiva histórica.
Al respecto, la literatura disponible señala con claridad que estos establecimientos, fundados en su mayoría hace alrededor de un siglo, constituyen la primera oferta de educación pública luego de la creación de la República y surgen con la tarea de otorgar oportunidades de éxito futuro, promoviendo la movilidad social y contribuyendo significativamente al desarrollo del país, en un contexto donde la cobertura y la demanda por matrícula en Enseñanza Media no superaba al 10% de la población. Esperar que en casi dos siglos de historia las condiciones y mecanismos de funcionamiento de estas instituciones se mantengan inmutables, ajenos al correr del tiempo y a los avances culturales y sociales de la humanidad, resulta iluso, por decir lo menos. No es solo la ley de Inclusión de 2015 la que enfrenta a los emblemáticos al desafío de evolucionar con los tiempos, es el aumento exponencial de las personas con expectativas de acceder a algo mejor, son las políticas públicas que apuntan a responder a esa demanda ciudadana, dando lugar, nada menos que a una reforma constitucional para consagrar la obligatoriedad de la educación media, aumentando la cobertura a cifras nunca vistas, lo que contribuyó, en su momento, a que hoy seamos país OCDE.
Querer retroceder en materia de igualdad, volviendo a un sistema que oculta la segregación bajo un falso concepto de mérito, es no tener visión de Estado, porque, en general, a estos mecanismos de selección le pasan inadvertidas una serie de variables de contexto que inciden significativamente en el desempeño académico y social de una persona, como son, por ejemplo, las condiciones socioeconómicas, socioculturales y socioemocionales, cuya existencia no obedece a la voluntad de quienes las portan, sino más bien son una herencia que sitúa a las personas en peldaños muy disímiles respecto del acceso a los espacios educativos de excelencia. Ni el talento ni las variables de contexto son condiciones que se escojan al nacer, se trata de circunstancias en las que no se tiene injerencia, por lo mismo, no es viable comparar los desempeños de personas que, desde su nacimiento, están permeadas por circunstancias y experiencias muy distintas, las que, para bien o para mal, inciden en sus actitudes y aptitudes. De ahí que las medidas propuestas no son otra cosa que la conocida receta de responder desde el “sentido común” -y desde la simplificación cándida- a una problemática compleja, estructural y profunda.
Medidas que pueden considerarse medianamente serias frente al desafío que enfrentan los emblemáticos están más en la línea de fortalecer las capacidades de los equipos educativos, que les permitan adaptarse y dar respuesta a los desafíos que ofrece el proceso de enseñanza–aprendizaje, ahora, situado en una cultura escolar que elimina las barreras de acceso y donde el mundo adulto, a diferencia de la experiencia del siglo XX, no puede dar por sentada su autoridad pedagógica, sino que debe darse a la tarea de ser reconocido, valorado y validado por el estudiantado. En suma, no tiene que cambiar el perfil de quienes postulan y acceden a los liceos emblemáticos; tiene que perfeccionarse el perfil de las y los profesionales que los reciben para ofrecerles una gestión pedagógica y educativa de excelencia, tal como lo ha hecho el Liceo Emblemático Augusto D´Halmar, escenario del fervientemente celebrado mensaje del presidente Kast citado por Eyzaguirre.
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