Violencia escolar: entre el síntoma y la respuesta institucional
Dr. Cristian Neira Espejo Académico de la carrera de Psicología de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC) El reciente debate público en torno a las medidas impulsadas por el Gobierno para enfrentar la violencia en establecimientos educacionales vuelve a instalar una pregunta incómoda pero urgente: ¿estamos abordando el problema en su raíz o solo reaccionando ante sus manifestaciones más visibles? Desde la psicología, el uso de armas por parte de estudiantes no puede reducirse a un problema de impulsividad o inmadurez.
Estos actos pueden constituir respuestas defensivas frente a una percepción de desprotección profunda. Cuando un joven siente que ni la institución escolar ni el mundo adulto garantizan su seguridad, la violencia emerge como un mecanismo de autorregulación ante el miedo. No se trata, entonces, de una decisión aislada ni de una “desviación individual”, sino de la expresión de un estado de hipervigilancia donde el entorno es percibido como amenazante.
En este escenario, resulta clave problematizar el llamado “efecto contagio”. En rigor, la psicología lo comprende desde el aprendizaje social: los estudiantes no replican conductas al azar, sino que internalizan modelos que parecen eficaces para sobrevivir. Así, en contextos donde predomina la hostilidad o el abandono institucional, se configura una ética de la supervivencia, donde la fuerza reemplaza al diálogo como mecanismo de resolución de conflictos.
La violencia, entonces, no se expande como un virus, sino como un lenguaje aprendido y validado en determinados entornos. Las redes sociales y los medios de comunicación amplifican estas dinámicas, pero no las originan. Son, más bien, un espejo de una sociedad donde la agresividad se ha vuelto estructural.
Cuando las respuestas institucionales se perciben como insuficientes o centradas exclusivamente en lo punitivo, el adolescente refuerza la idea de que debe defenderse por sus propios medios. En este contexto, la identidad juvenil comienza a construirse bajo la premisa de que el mundo es un espacio hostil, donde la violencia no solo es válida, sino necesaria. Frente a ello, las medidas anunciadas (muchas de ellas orientadas al control y la seguridad) pueden ser necesarias en lo inmediato, pero insuficientes en lo estructural.
Detectores de metales o revisiones de pertenencias, por ejemplo, pueden generar una sensación transitoria de resguardo, pero también corren el riesgo de profundizar la desconfianza si no van acompañadas de estrategias que fortalezcan el vínculo entre estudiantes, docentes y comunidades educativas. El desafío, entonces, es desplazar el foco: dejar de buscar al “estudiante peligroso” y comenzar a observar el deterioro del sentido de comunidad. Un indicador crítico es cuando la escuela deja de ser percibida como un refugio y se transforma en un espacio de disputa o indiferencia.
Allí, la prevención no pasa solo por más control, sino por reconstruir el tejido social escolar. En definitiva, la violencia en las aulas no es un fenómeno aislado ni espontáneo. Es el síntoma de una fractura más profunda en los sistemas de protección y convivencia.
Abordarla exige ir más allá de la contingencia y apostar por políticas que no solo contengan el riesgo, sino que restituyan algo esencial: la sensación de seguridad y pertenencia en quienes hoy sienten que deben defenderse incluso dentro de la escuela.
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