Viña del Mar: cuesta entenderla
Se abren y se cierran días movidos para Viña del Mar: el verano y su flujo de turistas, el Festival de la Canción y su ajetreo de siempre, el capítulo del cambio de mando en Cerro Castillo esta semana y el foco del nuevo ministro Poduje, que ha declarado la lenta reconstrucción como prioridad. Según cifras de la Cámara de Comercio de Viña del Mar, la temporada veraniega cerró con balance positivo: estadías más largas y, solo en la última semana, una ocupación hotelera que superó el 90%, uno de los mejores resultados de los últimos diez años. Sí hubo una caída en el turismo argentino —un 30% menos de visitantes, que representan el 70% del turismo internacional de la ciudad—, aunque quienes cruzaron la cordillera habrían tenido mayor poder de compra.
La postal podría quedar lista ahí. Pero vale la pena detenerse en las palabras de Jordi Castell: “¿Qué hay hoy día en Viña del Mar? La Avenida Valparaíso es un asco, peligroso.
Los alrededores del casino, en Avenida San Martín, llenos de comercio ambulante. Quiero saber dónde está la ciudad jardín. Qué es lo que queda de la ciudad jardín”, dijo en televisión, pocas horas después de que, sobre el escenario de la Quinta Vergara, la comediante Askha Sumathra bromeara con que con los descuentos que le hiciera la alcaldesa Macarena Ripamonti por cada garabato emitido se podría arreglar el Estero Marga Marga.
No son las únicas advertencias sobre el deterioro de la segunda ciudad más relevante del país. Jorge Yarur Bascuñán, vecino de Reñaca, lleva años preguntándose públicamente qué queda hoy de la ciudad jardín. Tal vez mi generación —la de quienes ya pasamos los 50— será de las últimas que recuerde con claridad otra Viña del Mar.
Una ciudad que no deslumbraba solo por el mar —ese espectáculo natural que está ahí, aunque nadie haga nada— sino por algo más difícil de explicar: una mezcla de encanto urbano, arquitectura con personalidad y espacios públicos que invitaban a caminar e, incluso, como santiaguina, a soñar con vivir en un lugar como ese. Parte de ese encanto estaba concentrado en el Hotel O’Higgins, que cumplió 90 años en febrero, fecha que pasó sin pena ni gloria. Fue inaugurado en 1936 como pilar fundamental del proyecto turístico que buscaba, junto al Casino de Viña del Mar, consolidar a la ciudad como el principal balneario del país.
Diseñado por los arquitectos Vicente Collovich, Fernando Silva y Arnaldo Barison, y financiado bajo la Ley de Fomento al Turismo de 1928, este proyecto con visión de Estado fue, primero, centro de la vida social de una élite, para luego mutar en alojamiento de las figuras del festival, con hasta un programa de televisión —”Aquí, Hotel O’Higgins”— y una eterna lista de anécdotas y gossip. Como reportera, me tocó presenciar el comienzo de su decadencia, con episodios como el desplome del ascensor que acarreaba al cantante Paolo Meneguzzi y piezas inundadas por el colapso de las cañerías. Como niña, gracias al amor de mi papá por ese lugar, pude conocer una etapa de su brillo: piezas de hotelería tradicional, sábanas como las de antes, tinas profundas, grifería inolvidable, puertas imponentes, detalles en bronce.
Imágenes que se diluyen frente a la realidad actual. El edificio hoy lo usa la municipalidad, abierto en su primer piso para trámites como el permiso de circulación, con lo que fueron el bar y uno de los restaurantes como zonas clausuradas, lo mismo que el sector de la piscina, cerrado a la curiosidad del público. Tampoco se puede acceder a los pisos superiores.
De lo que se ve destacan, tristes y faltos de contexto, algunos vestigios de épocas pasadas; reina una total falta de intención de haber preservado, en un espacio de alta circulación dado su nueva utilidad, el patrimonio histórico e icónico de Viña y de Chile. Tras su cierre como hotel —después de ser vandalizado en 2020 durante el estallido social—, en algún momento se proyectó su reapertura como centro de innovación. Eso tampoco ocurrió.
De vuelta en la calle, bajo un cielo azul precioso, las cosas no mejoran. El Teatro Municipal de Viña del Mar, otra obra de la década del 30 y Monumento Histórico Nacional, cumplió tres años desde que volvió a abrir sus puertas tras la reconstrucción a que debió someterse después del terremoto de 2010. Junto con su cartelera, por un costado se encuentra una cafetería, Delight Teatro, sin luz natural, que tal vez funciona bien antes o después de las funciones, pero que de día no genera especial atractivo.
A pasos, otro hito del Viña de antes: el Hotel Español, hoy enrejado, donde en un costado funciona el tenedor libre Perla del Mar. Desde allí se observa un Santa Isabel cerrado. Cruzando la calle, ya en la Plaza Vergara, cuesta elegir si mirar a un hombre semidesnudo que se cambia de ropa o las dos esculturas cercenadas durante el estallido que permanecen sin mejoras, recordando la herida y subrayando la decadencia: “La primavera”, del escultor chileno Samuel Román, y “La Diana cazadora”, inspirada en la mitología clásica.
Próximo destino: calle Valparaíso, un eje de pasado tradicional y, al menos durante mi adolescencia en los 80, cuadras que no podían dejar de recorrerse para mirar y ser visto. Hoy, al menos de día, no diría, como Castell, que es un asco ni peligroso, pero sí un caos: cuadras y cuadras dominadas por el comercio informal de pañitos en las veredas con todo tipo de productos: libros, bisutería, cigarrillos, calcetines, ropa usada y nueva, productos de aseo. Conté 24 farmacias en diez cuadras, junto a locales de telefonía, zapaterías, marcas de retail, bancos, tiendas chinas.
Entre ellas, con desparpajo, una perfumería donde suena música árabe a alto volumen, un maniquí vestido como jeque recibe a los clientes y un hombre con turbante espera en la caja. Por la misma vereda, a unos pasos, la inamovible fuente de soda África —antes se llamaba León— exhibe animales gigantes en la entrada. Yendo y volviendo, lo que queda es una anarquía visual.
Ni rastros de fiscalización del comercio informal, a pesar de que en agosto de 2025 la Corte Suprema confirmó la sentencia dictada por la Corte de Apelaciones de Valparaíso, que acogió el recurso de protección interpuesto por 34 comerciantes y vecinos del plan de Viña del Mar contra la municipalidad, la Delegación Presidencial Regional, la Seremi de Salud y la Seremi de Seguridad Pública. La medida ordenaba a las autoridades adoptar medidas concretas y eficaces para evitar la instalación del comercio informal en Avenida Valparaíso. En este paisaje de contrastes entre la realidad y los recuerdos sobrevive también el Café Restaurant Samoiedo, fundado en 1957, adonde llegué para reencontrarme con su clásico café exprés con leche condensada y espuma (qué cosa más rica), y un palmito-queso-jamón.
De lo que durante décadas fue una parada obligada —con vitrinas de mazapanes y pastelería— queda poco. Genera nostalgia, de hecho, una foto de los buenos tiempos que cuelga plastificada en la entrada. El ventanal principal, que da a calle Valparaíso, está enrejado; y si se quiere observar lo que sucede en la calle, hay que instalarse en una terraza que a mediados de 2025 permaneció por unos días cerrada debido a episodios de violencia y robos en la zona.
Sentada allí no podría decir que me sentí insegura; sí impresionada por el desfile de personas pidiendo plata y vendiendo parches de curita, como otro síntoma de la triste precariedad económica. El recorrido lleva inevitablemente al Estero Marga Marga, que atraviesa la ciudad. Hacia el poniente se extiende una enorme playa de estacionamientos; hacia el oriente aparece otra explanada ocupada por más autos, una feria gigantesca y camiones, que remata en la carpa de un circo.
Entre medio sobreviven algunos sauces dispersos. No es un paisaje donde uno quiera detenerse. Hacia el futuro aún vive el proyecto de la municipalidad de convertir el estero en un gran parque urbano inundable que funcione como área verde y recreativa durante gran parte del año, pero que también pueda absorber crecidas del estero en invierno.
Todo esto resulta especialmente llamativo si se recuerda el origen mismo de la ciudad. Viña del Mar nació como proyecto urbano en el siglo XIX, cuando José Francisco Vergara urbanizó los terrenos de su hacienda con la idea de crear un balneario moderno conectado con Valparaíso y Santiago gracias al ferrocarril, que llegó en 1855. A esa visión se sumó Benjamín Vicuña Mackenna, quien promovió activamente la idea de que bañarse en el mar era saludable y que Chile podía tener un balneario comparable a los europeos.
Para eso incluso regresó de uno de sus viajes con trajes de baño de la época, se fotografió luciéndolos y publicó las imágenes en los diarios. Tras el terremoto de 1906, que devastó gran parte de Valparaíso, muchas familias acomodadas se trasladaron a Viña del Mar y comenzaron a levantar residencias y palacios inspirados en la arquitectura europea. Surgieron entonces hitos como los palacios Rioja y Carrasco.
En los 60 comenzó otro proceso: uno de densificación que cambió su perfil urbano original. Un símbolo de ese momento fue el Edificio Acapulco, tan especial, de los arquitectos Jaime y Osvaldo Larraín García-Moreno, construido a comienzos de esa década en la esquina de 8 Norte con San Martín: con sus 15 pisos, fue uno de los primeros edificios residenciales de gran altura del plan y marcó el inicio del reemplazo de muchas casas tradicionales por torres de departamentos. Al mismo tiempo surgieron obras de arquitectura moderna de menor escala, pero de gran calidad, como el Edificio Liguria (¡cómo me gusta!
), construido en 1960 por los arquitectos Alfredo Colombo, Hugo Moletto y Federico Guevara. Ubicado en 2 Norte con 4 Poniente, cerca de Avenida Libertad, en una de esas calles típicamente protegidas por la sombra, sigue sorprendiendo con su estructura de hormigón y mosaicos de colores en la fachada. Antes de esa evolución, Viña del Mar —cuentan personas mayores— olía a jazmines y adelfas.
Hoy las flores, uno de los sellos de lo que fue esta “ciudad jardín”, persisten en el reloj a los pies de Cerro Castillo y en algunas jardineras colgantes en ejes principales, como Avenida Libertad. Nueva parada: Avenida Perú, sector Hotel del Mar. El mar: lo más lindo.
Un desperdicio los cielos, plagados de banderines de una compañía de telefonía. Se entiende que una ciudad debe captar recursos, pero ¿es necesario hacerlo así? Resulta difícil no sentir decepción frente a una ciudad que le ha dado la espalda a su propia identidad: la de balneario con vocación de ciudad jardín, la de joya de la arquitectura nacional, la del espacio público bien pensado.
Viña del Mar fue todo eso. Durante décadas tuvo la capacidad de seducir. Se hablaba de una ciudad elegante.
Hoy, la falta de cuidado en la planificación de su evolución ha erosionado lo que la hacía singular. Y, sin embargo, Viña del Mar todavía se puede disfrutar. El mar sigue ahí, el clima sigue siendo amable.
La naturaleza sostiene lo que la gestión urbana ha descuidado. Donde mejor se pone el acento en eso es en el Jardín Botánico Nacional de Viña del Mar. El megaincendio de febrero de 2024 arrasó con más del 90 % de su superficie.
Lo que se ve hoy —un pulmón verde, con especies preciosas y espacios para el disfrute— habla de una resiliencia que la ciudad, en general, no ha sabido demostrar. Es el único lugar de Viña del Mar donde uno puede ver con claridad lo que esta ciudad podría ser si se lo propusiera: un espacio que cuida su historia y lo que tiene, que entiende su identidad y su potencial y que, incluso después del desastre, decide renacer.