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12:44 · Chile

Viernes Santo

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Por Rodrigo Reyes Sangermani, periodista. Como ocurre casi todos los años, por estos días resurgen las clásicas polémicas acerca del lugar que ocupa, en una ciudadanía cada vez más diversa, la conmemoración de Semana Santa. Los tiempos han cambiado, y aquello que durante décadas pareció incuestionable por la fuerza de la costumbre, de la tradición y de una cierta hegemonía cultural, hoy ya no resulta evidente: se discute, se revisa, se somete a crítica.

Hay sectores que se resisten a esos cambios y protestan, no porque vean realmente conculcada su libertad de fe o de religiosidad, sino porque aquello que durante mucho tiempo consideraron propio suponían también que pertenecía naturalmente a todos. Y ya no es así. En ese marco aparece, una vez más, la discusión sobre si el Viernes Santo —o cualquier otro día feriado del calendario— debe tener carácter de irrenunciable o no.

A mi juicio, esa discusión es perfectamente legítima si se aborda desde una perspectiva cívica y laboral: esto es, si lo que se debate es la necesidad de resguardar ciertos días del año para el descanso efectivo de toda la ciudadanía, de modo que la población disponga, por la fuerza de la ley —salvo en aquellos casos excepcionales vinculados a turnos de emergencia o servicios indispensables—, de una jornada real para compartir en familia, descansar, dormir, leer un libro o simplemente sustraerse, por un momento, a la presión cotidiana del trabajo. Esa sí es una discusión pertinente. En ese sentido, es razonable que un sector de la población, los sindicatos, los gremios, el gobierno o los parlamentarios, planteen que el Viernes Santo podría o no ser feriado irrenunciable.

Se trata de una deliberación social y política atendible. Lo que a mi juicio no corresponde es que la Iglesia pretenda reclamar para sí, a partir de argumentos confesionales, la eventual irrenunciabilidad de ese festivo. Y menos aún cuando se esgrime la idea —del todo discutible— de que ese día la ciudadanía, en general, querría o debería abrazar el sentido conmemorativo del Viernes Santo, participar de una jornada de ayuno, silencio y reflexión, y que por ello sería necesario que el Estado garantizara esa disposición espiritual mediante una restricción general de la actividad económica.

El día ya es feriado precisamente por la tradición histórica que le reconoce ese valor simbólico dentro de una cultura de raíz cristiana. Pero una cosa es que esa herencia se exprese en el calendario, y otra muy distinta es que se pretenda imponer a toda la sociedad, por vía legal, una forma específica de vivir esa jornada. Porque lo cierto es que la inmensa mayoría de la población —incluidos muchos católicos practicantes— no participa de manera efectiva en los ritos, prácticas o exigencias propias del Viernes Santo.

Apenas una fracción minoritaria lo hace de modo estricto, mientras para la mayor parte del país se trata, en los hechos, de un feriado más, eventualmente cargado de alguna resonancia cultural o familiar, pero no necesariamente de un contenido religioso activo. Por eso, si el debate sobre la irrenunciabilidad ha de darse, debiera sostenerse sobre razones de interés general, vinculadas al descanso, al bienestar colectivo o a criterios laborales y sociales compartibles por todos, y no sobre la pretensión de que el Estado deba reforzar, en nombre del conjunto de la ciudadanía, una práctica espiritual que pertenece de manera específica al ámbito de la conciencia religiosa.

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