Víctor Jerez desde Penco: “El dolor alcanza al 100 por ciento de la comunidad”
Víctor Jerez se transforma cuando le abre la puerta uno de los viejitos que atiende junto a su equipo. Ahí le sale el tonito sureño, cantado, cercano, para acompañar el abrazo cariñoso y los palmoteos sonoros en la espalda. Saludo y cariño de cumpas.
Desde hace 13 este trabajador social que ronda los 40 años trabaja en el Hogar de Cristo. Y, desde 2018, está a cargo del servicio de apoyo domiciliario para personas mayores en la zona de Penco-Lirquén. Son unos 60 adultos mayores, en pobreza, muchas veces severa.
Veinte de ellos, a causa del incendio de enero pasado, perdieron sus precarias viviendas. Hoy varios ya cuentan con casas de emergencia, completamente vestidas por dentro. Con mobiliario y enseres básicos, gracias a la campaña solidaria que cerramos el 23 de marzo pasado con 325 sets de habitabilidad entregados.
Víctor Jerez fue un motor en ese trabajo y ahora, con vacaciones pendientes, espera volver pronto a la normalidad: a los paseos, las convivencias, las terapias en conjunto. Cuando lo entrevistamos a la distancia vía streaming para el primer Hora de Conversar de este año, donde también está invitado el ministro de Vivienda Iván Poduje, se intuye su personalidad entusiasta, apasionada, sensible al dolor ajeno. Pero su retrato perfecto se construye cuando nos acompaña para que conozcamos a esos abuelos y abuelas postizas a los que lleva de paseo, matricula en talleres, vincula con redes, lleva al CESFAM, consigue una silla de ruedas o un catre clínico.
Él y las tres mujeres que están bajo su jefatura: las técnico sociales Naomi Contreras y Angélica Monsalvez y la auxiliar paramédico Angeline Seguel. Nada reemplaza lo perdido -Aquí no es solo el que perdió la casa. La comunidad entera está golpeada.
Hay familiares, vecinos, redes completas que se vieron impactadas. Es un dolor que se expandió. Las viviendas destruidas eran, en su mayoría, construcciones levantadas a lo largo de los años: mediaguas, ampliaciones, piezas en terrenos familiares.
Espacios precarios, pero propios. “No eran casas de gran estándar, pero eran su historia. Muchas fueron autoconstruidas, con el esfuerzo de toda una vida”, explica Víctor.
En ese contexto, la llegada de viviendas de emergencia y kits de habitabilidad ha tenido un efecto inesperado: en algunos casos, las condiciones materiales han mejorado. -La vivienda de emergencia incorpora cosas que antes no existían: conexión a agua, electricidad certificada, incluso baño. Desde ese punto de vista, hay personas que hoy están en mejores condiciones que antes- reconoce.
Pero la mejora material no alcanza a cubrir la dimensión de la pérdida. “Eso no borra lo vivido. No reemplaza lo que se perdió”.
Caminando o mejor dicho subiendo por las estrechas escaleras de poblaciones como la Antonio Varas, que más arriba se llama Geo Chile, y que fueron arrasadas por olas de fuego, uno no puede dejar de pensar en la falta de previsión al construir. Acá no hay acceso en auto, menos locomoción colectiva. La mayoría de los habitantes hoy son personas mayores que deben subir y bajar las escaleras para ir a comprar y a sus controles médicos.
Los que pueden hacerlo, que existen, son notables. Gozan de una salud y un estado físico envidiables. Pero hay otros a los que esas pendientes peatonales los confinan a sus casas.
O peor: la edad los ha postrado en catres clínicos o los ha hecho depender de sillas de ruedas, a bastones de no videntes. Esas son las historias que bien conoce Víctor. Lulú, la gata que no volvió -No han sido solo los 20 participantes de nuestro servicio los afectados, sino la comuna en general.
El incendio es una catástrofe que ha dañado indirectamente a todos, incluidos que no sufrieron una pérdida de vivienda. Esta es una comunidad pequeña, donde las familias se relacionan unas con otros. Por ende, el dolor de los incendios afecta a la mayoría.
Al cien por ciento nuestros participantes. -¿Cómo es el perfil de los participantes del servicio de apoyo domiciliario? -Todos tienen sobre 65 años.
Un 80 por ciento son mujeres y tiene en común la pobreza y la vulnerabilidad. La mayoría sólo cuenta con la pensión garantizada universal como fuente de ingresos. Varios tienen algún grado de dependencia.
Luis Cifuentes, “don Luis Cifuentes”, como se llama a sí mismo, es uno de esos abuelos, amigos, cumpa de Víctor. Su caso se volvió mediático, porque fue entrevistado en el contexto de la transmisión en cadena nacional que hizo Anatel a una semana del incendio. Luis generó tanta simpatía que amigos del conductor Francisco Saavedra le depositaron cinco millones y, aunque vivió un mes y medio en una carpa en el sitio donde estaba su mediagua, hoy tiene casa de emergencia levantada y vestida con amoblado y enseres del kit de habitabilidad del Hogar de Cristo.
Lulú, su gata, no apareció. Él espera que “esté perdida, no fallecida” y confiesa que se siente muy solo, pese a que todo su entorno mejoró. Jaime Santander, también integrante del servicio domiciliario, a quien en diciembre le habían forrado y pintado su mediagua por dentro también la perdió.
Se quemó completa. Alejado de su familia, el incendio tuvo el impacto virtuoso de reconciliarlo con uno de sus hijos, quienes le construyeron una casa nueva. -Ellos dos reflejan plenamente a las personas a las cuales está orientado nuestro servicio de apoyo domiciliario.
Son personas autónomas, pero con una muy escasa red de apoyo. Esto a pesar de que muchas veces viven en sitios donde hay otros familiares. O ellos son allegados o ellos los que dan allegamiento.
Pese a esto, generalmente, están muy solos en el día a día y en condiciones de pobreza económica y afectiva importante. El riesgo no ha terminado -Aunque suene brutal, ¿crees que tanto Luis como Jaime están mejor post incendio? ¿Qué la vivienda de emergencia con que cuentan hoy y su habilitación interior es muy superior a lo que tenían antes del 18 de enero?
-Desde el punto de vista de progreso habitacional y condiciones de habitabilidad, sin duda. Tienen colchones, camas, ropa de cama, nueva; comedor; cocina, y las viviendas, aunque sean de emergencia o transitorias, como las llaman, son con un estándar y certificación mucho mejor que las que tenían antes. Y súmale al caso de Jaime el que la tragedia lo reconcilió con su hijo, su nuera, sus nietos.
Eso es lo más emocionante. En algunos casos, hemos visto cambios positivos significativos en la calidad de vida a partir de lo que acarreó la catástrofe. En el relato de Jerez, la reconstrucción material y la emocional avanzan en paralelo, a ritmos distintos, a veces desacompasados.
-Se siente el cansancio. Ya van casi tres meses. Levantar una casa, incluso una de emergencia, desgasta.
Y más en personas mayores. El invierno, dice, no es una metáfora. -Aquí llueve mucho.
Hace frío. Es muy húmedo. Y muchas viviendas ya están, pero sin conexión a agua ni luz.
Esa es la urgencia hoy. La escena se completa fácil: casas nuevas, pero oscuras; techos firmes, pero sin calefacción; estructura completa, pero interiores sin forros ni terminaciones. El riesgo no terminó con el fuego.
Salvador salvado -Hay miedo. Miedo a que las soluciones no lleguen a tiempo. Ese temor convive con otro esfuerzo menos visible: el de la contención emocional.
El Hogar de Cristo desplegó su programa de primera respuesta en zonas como Lirquén, donde el ochenta por ciento de vastos sectores fue destruido. -Acompañar, escuchar. Parece simple, pero es clave -dice-.
La gente no ha tenido tiempo de procesar lo que vivió. Escuchar, en este contexto, es casi una forma de reconstrucción. -Somos de las pocas organizaciones que siguen ahí.
Y eso la gente lo reconoce. Cuando se le pregunta qué es lo que más se repite en los relatos, no duda demasiado. -La desesperanza.
El temor de que la política pública no llegue a tiempo. Pero también hay otras historias. Como la de Salvador González.
Postrado, viviendo en una zona de difícil acceso, esa de las estrechas escaleras, su evacuación durante el incendio parecía imposible. -Una ex alumna en práctica del Hogar de Cristo llegó justo ese día. Recordó a la familia, los organizó para evacuar y logró que bomberos sacara al padre de familia a pulso.
Ella fue clave. En medio del desastre, la memoria y el compromiso social también salvan. Jerez no elude la dimensión política del proceso.
Valora la presencia de autoridades en terreno, pero pone una condición implícita: -Es una promesa que se tiene que cumplir. Porque, insiste, la comunidad está organizada. Y observa: “La gente va a demandar respuestas”.
En Penco, el fuego ya pasó. Pero la emergencia sigue. Y, como suele ocurrir, cuando las cámaras se apagan, es cuando más importa quedarse.
-Aún se necesitan manos, voluntarios. Hay mucho por hacer -concluye.
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