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“Un poeta”: Heraldo melancólico de la palabra
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01:30 · Chile

“Un poeta”: Heraldo melancólico de la palabra

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Para quienes escribimos, no es extraño pensar que cuando menos lo esperas, te topas con alguien que hace muchísimo tiempo no ves, y luego del saludo de rigor, sin decir agua va, te arroja a mansalva la clásica y no menos ineludible pregunta, “¿sigues escribiendo? ”, como si escribir fuese una especie de resfriado del cual uno puede aliviarse después de seguir el tratamiento correspondiente. Desconociendo completamente, que escribir es un oficio o como algunos dicen, “una enfermedad incurable” cuyo padecimiento no tiene cura.

Y lo demuestran esa considerable suma de dinero invertida en adquirir libros, libros y más libros, y eso sumado a la infinita cantidad de tiempo invertido en leerlos y releerlos hasta convertirlos en un genuino disfrute. Algo que para los más pragmáticos es un absurdo despilfarro, que se corrobora, con otras dos clásicas preguntas que vienen por añadidura, ¿para qué “’acumulas’ tantos libros? ¿Por qué no mejor, te deshaces de todos ellos?

”. Una perspectiva absolutamente opuesta a la de quienes entendemos, todo aquello, como parte del oficio. Inserto este preámbulo para hablar de una película, que hace más de un año estaba por ver, y que finalmente disfruté este fin de semana.

“Un poeta”, largometraje colombiano, dirigido por el Simón Mesa Soto, que el 2025 fue candidata al Oscar, premiada en Cannes con el Premio del Jurado, premiada en el Festival de San Sebastián, nominada al Goya y ganadora del Premio Apreci a Mejor Película en la Competencia Latinoamericana de Ficción en Lima, obteniendo el Premio Especial del Jurado a Mejor Fotografía para Juan Sarmiento, y el premio a Mejor Actor para Ubeimar Ríos. Ríos interpreta a Óscar Restrepo, un poeta sumido en un errático derrotero donde la frustración y el alcohol parecen ser los dos únicos caminos en el que se bifurca su existencia, y en donde, tal cual una lengua bífida le es inoculado el veneno de la derrota. Todo hasta que conoce a Yurlady.

Una adolescente en la que él ve un talento poético sorprendente, que a partir de ese momento se convierte en la llave para dejar por fin toda esa nebulosa que lo sume en una realidad llena de tropiezos, y en la que a duras penas se sostiene. Punto de inflexión que calza en parte con un texto de la novela de Alejandro Zambra “Poeta Chileno” (2020), a pesar de que gira en otro contexto, pero se adecúa a este escenario: “Eran como dos desconocidos buscando desesperadamente un tema en común; parecía que hablaban de algo y estaban juntos, pero sabían que en realidad no hablaban de nada y estaban solos”. Si bien este quehacer poético practicado por Yurlady, cumple un efecto sanador en el protagonista, que lo reconoce como propio.

También es importante distinguir, que este hecho delinea una frontera entre ambos, ya que más allá de que Óscar, intente abandonar el alcohol y retomar el trabajo, esta incipiente poetisa no está dispuesta a asumir la responsabilidad de lo que significa escribir poesía, y cargar con esa investidura. Porque no hay que olvidar que ella es una niña y prefiere vivir su realidad, pese a las precariedades económicas que la rodean, y es sólo Oscar y los miembros de la Academia de poesía, que la ven como un hallazgo, y con altas expectativas literarias. Intereses contrapuestos que en este film son determinantes, ya que el arco dramático que experimenta el personaje es tan poderoso, que el mismo hecho de ceder a sus defectos y malas decisiones hacen que la tensión no decline, sino más bien se incremente a través de un ineludible loop, de desaciertos, llevados a extremo por este poeta incomprendido, al cual se le han vencido todas las garantías, que al margen de aquello, intenta infructuosamente mantener la poesía con vida, aunque la suya se desmorone irremediablemente, entrampado por la desidia de un mundo que él se ha inventado.

Una muestra de ello es lo que sucede con Daniela, su hija adolescente, quien vive con su madre, que lo mira con desdén producto de su “mala vida”, y no es que no lo quiera, sino que, dentro de su desesperación, le pide que regrese cuando deje de ser el niño malcriado, inestable y alcohólico del cual se avergüenza. Un agravante no menor que en lo concreto es otra fisura que a la larga se ha transformado en un abismo en el que le duelen tantos años de ausencia. Aquí vuelvo a Zambra: “quizás existe una palabra para designar lo contrario del duelo, lo que se siente no después de que alguien muere sino cuando reaparece; lo que se siente cuando de súbito recuperamos a alguien que había permanecido ausente hasta de nuestros sueños”.

En suma, este Heraldo melancólico de la palabra, este espíritu sensible, defensor irrestricto de la poesía, que al igual que su alter ego José Asunción Silva (1865-1896), que se quitó la vida a los 30 años, sigue la senda del antihéroe incomprendido que lucha en vano contra el fracaso, llegando al extremo de ser casi un paria. Dejando más que claro que ser poeta, no reviste un peligro para la sociedad, salvo para el mismo. Contradiciendo lo dicho por Vicente Huidobro, al afirmar que “el poeta es un pequeño Dios”.

Prefiero quedarme con el tema con el que concluye la película “Corazón de Poeta” de la cantante española Jeanette (1981), que calza en gran medida con lo aseverado por Gonzalo Rojas: “los verdaderos poetas son de repente: nacen y desnacen, dicen misterio y son misterio, son niños en crecimiento tenaz, entran y salen intactos del abismo”. Aunque dudo que este sea el caso.

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