Un pastor en La Moneda regional: quién es Angel Roa, la apuesta inesperada del Presidente Kast en Magallanes
El nuevo seremi de Gobierno es un hombre marcado por la sencillez. Es hijo de madre soltera, primera generación universitaria y llegó a Magallanes junto a su esposa Javiera Calvo en septiembre de 2018 siguiendo el llamado de Dios para multiplicar el rebaño del Señor. Son las nueve de la mañana.
Era el único horario disponible para concretar la entrevista. A Angel Roa le espera una jornada intensa: labores de coordinación, el cuidado de sus dos hijas pequeñas, las tareas del hogar y su trabajo pastoral, que desempeña junto a su esposa. Al tocar la puerta, abre un hombre de trato sencillo, vestido con un suéter rojo y una camisa celeste.
Con naturalidad, comenta que justo estaban por sentarse a desayunar. En su casa, la vida transcurre en movimiento: el olor a huevos revueltos inunda el ambiente, mientras su esposa lo reprende, entre risas, por haber olvidado la palta, la mantequilla y el hervidor. “Angel es muy servidor, pero hay que estar encima; eso sí, hace las cosas de la casa con muy buena cara”, comenta ella.
En el interior, sus hijas juegan mientras otros integrantes de la familia se reparten las tareas domésticas. Es una escena cotidiana que retrata con claridad la esencia de Roa: un hombre marcado por la sencillez. Su trayectoria ha sido construida a pulso, con constancia y un trabajo silencioso, casi de hormiga.
Esas características —la perseverancia, la humildad y la vocación de servicio— fueron, según se comenta, las que vio el Presidente José Antonio Kast al momento de elegirlo personalmente como seremi de Gobierno en Magallanes. Aunque lleva apenas unos días en el cargo, ha mantenido un perfil bajo, prefiriendo interiorizarse primero en el estado de la seremi antes de asumir plenamente su rol comunicacional. A partir de mañana, sin embargo, su exposición cambiará: será el rostro del “gobierno de emergencia” en la región y la voz encargada de dar la cara por los aciertos, pero también por las dificultades de la administración.
“Con mi esposa estábamos dispuestos a ir donde el Presidente nos enviara”, señala. “Un pastor a la vocería” Ese fue uno de los primeros comentarios que se escucharon apenas se oficializó su nombramiento. El nombre de Angel Arturo Roa Alegría no figuraba en ninguna de las listas que circulaban entre personeros de Chile Vamos o del Partido Republicano.
Su designación sorprendió en el mundo político regional. Militante del Partido Social Cristiano —una colectividad que hoy enfrenta un escenario complejo—, y pastor evangélico de la rama pentecostal, Roa tampoco proviene de una familia acaudalada ni de tradición ligada a la derecha. Su historia personal se sitúa en las antípodas de los circuitos habituales del poder.
Es profesor de Ciencias Naturales y técnico en Telecomunicaciones. Hasta fines de febrero estuvo vinculado a la Escuela Hernando de Magallanes, pero decidió renunciar anticipadamente, previendo un posible llamado de Kast. No habría podido perdonarse, dice, dejar a sus estudiantes a mitad de proceso.
Asegura que su sello será el de un vocero cercano, capaz de explicar temas complejos de manera didáctica. “Voy a tratar de humanizar un poco este tema de la política”, afirma. Nació en Bulnes, Región del Ñuble, el 11 de mayo de 1991 y creció junto a su madre, quien lo crió en solitario.
Sin rencor, relata que ha visto a su padre en apenas tres ocasiones. Lo describe como un hombre “tosco, de campo” y recuerda que en uno de esos encuentros le expresó su perdón. “La historia de mi madre es bien triste”, reconoce.
Olga Roa tenía apenas 20 años cuando, junto a su padre, debió hacerse cargo de un hogar con cuatro hermanos, tras la repentina muerte de su madre, quien falleció luego de ser atropellada por una micro en las afueras de la Catedral Evangélica de Chile, en Santiago. El golpe marcó a la familia y obligó a una reorganización total de sus vidas. Con el tiempo, su padre y sus hermanos se trasladaron a vivir a Bulnes.
“Ella los iba a ver y en uno de esos viajes se encontró con quien es mi papá”, relata Angel. La relación avanzó rápidamente. “Surgió el amor y todo eso, pero lo que el señor Roa no dijo es que era casado, separado y conviviente”, añade.
La revelación fue un duro golpe para su madre, quien se enteró de esta doble vida cuando ya estaba embarazada. Angel vivió en Santiago hasta los 12 años, cuando madre e hijo se radicaron definitivamente en Bulnes. Los años que siguieron no fueron fáciles: sufrió bullying de manera sostenida desde séptimo básico hasta segundo medio, en la escuela municipal donde cursaba sus estudios.
Luego continuó en un liceo particular subvencionado de Chillán, al lado de una de las poblaciones más peligrosas de la ciudad, según recuerda. Lejos de minimizarlo, hoy considera esas experiencias como una herramienta para su rol público. “Lo que menos me falta es calle”, afirma.
La fe como punto de inflexión Para muchos, la fe funciona como un sostén en medio de la incertidumbre: una dimensión intangible que, en momentos de crisis, ofrece calma, consuelo y sentido. No es extraño que, cuando las certezas se desvanecen, las personas vuelvan la mirada hacia Dios. En el caso de Angel Roa, ese vínculo fue decisivo.
Al hablar de su experiencia, reconoce que la fe fue fundamental para salir adelante y, años después de haber enfrentado episodios de bullying y profundas inseguridades, encontrarse hoy dando esta entrevista. “No es que yo quisiera matarme —aclara—, porque venía de un contexto cristiano; mi mamá era evangélica y nunca se me pasó por la mente, porque decía que me iba a ir al infierno. Pero sí, muchas veces salí sin mirar al cruzar la calle, porque quería sufrir un accidente y dejar de existir”, recuerda.
Al acercarse a la Iglesia, ese relato interno comenzó a cambiar. “Empecé a entender que Dios podía tener un propósito conmigo, que no era producto de un error”, explica. Esa convicción se transformó en uno de los principales motores de su vida.
Más que una definición ideológica, su fe está profundamente ligada al servicio. “Más allá de estar defendiendo una postura, es poder ayudar a las personas”, señala. Y agrega que su historia personal le permite comprender a jóvenes que enfrentan contextos adversos: “Yo sé que hay muchos chicos que no es que sean malos, pero les ha tocado una vida difícil.
Y a mí, en lo personal, eso es lo que me mueve para poder hacer un aporte”. Apareció Javiera Fue en 2012, durante un retiro de jóvenes evangélicos, cuando conoció a Javiera Calvo, excandidata a diputada en las pasadas elecciones. El vínculo comenzó como una amistad que se prolongó por bastante tiempo.
“En ese tiempo estaba en Facebook. La busqué, le hablé y le dije que la encontraba bonita, pero me dejaron en la banca”, recuerda entre risas, aludiendo al rechazo inicial. El amor llegó cuando Javiera ingresó a la universidad a estudiar en una facultad contigua a la de Roa.
Tras seis meses de pololeo, decidieron casarse. Desde entonces, no se han separado. Recién contraído el matrimonio, se trasladaron a vivir a Valparaíso, donde comenzaron a construir su vida en común.
“Javiera era mucho más cristiana que yo. Ella siempre quería predicar, entonces me invitaba a ir al parque con otros jóvenes a hablarle a la gente de Dios”, recuerda. Del norte a Magallanes Llegó a Punta Arenas el 1 de septiembre de 2018.
El cambio fue abrupto: una pequeña casa del sector sur de la ciudad, piezas estrechas y un baño tan pequeño que, bromea, “había que entrar de lado”. Pero el verdadero desafío estuvo en adaptarse a una idiosincrasia local más reservada. “El magallánico te dice que sí, que va a ir, pero después no llega”, comenta.
Los primeros encuentros de su comunidad se realizaban en una sede vecinal en la intersección de Ramón Carnicer con Márquez de la Plata, con asistencia de dos o tres personas. El punto de inflexión llegó durante la pandemia. Gracias a su manejo de herramientas digitales, comenzaron a generar contenido y espacios de encuentro virtual, lo que amplió significativamente su comunidad.
Hoy reúnen entre 40 y 50 personas en un espacio arrendado en el sector de Armando Sanhueza, con un trabajo social activo en distintos puntos de la ciudad. La relación con Kast Junto a su esposa, Javiera, decidió dejar la universidad y trasladarse a Valparaíso con un propósito claro: predicar la palabra. En la ciudad puerto, ambos combinaron su vocación pastoral con trabajos que les permitieran sostenerse.
Él se desempeñaba como reponedor de calzado en Falabella, mientras ella trabajaba en La Polar. Sin embargo, su labor principal estaba en los cerros, donde desarrollaban un activo trabajo comunitario y espiritual. En paralelo, asumieron una misión poco habitual: gestionar reuniones, amparadas en la Ley de Lobby, con distintos parlamentarios, con el objetivo de exponer las demandas y preocupaciones del mundo cristiano.
Corría el año 2015, en medio de un intenso debate público marcado por temas como el aborto en tres causales, el uso de marihuana medicinal, la eutanasia y el matrimonio igualitario. “No solamente era como una entrevista política, sino también una instancia para orar por ellos y compartir”, recuerda Angel sobre esos encuentros. Entre los legisladores que los recibieron estuvo José Antonio Kast, entonces militante de la Udi.
Según relata, aquella reunión fue particularmente significativa. “Yo creo que él nos vio un poco perdidos respecto de cómo movernos dentro del Congreso”, comenta. Fue en ese contexto que Kast tomó una hoja y comenzó a orientarles sobre cómo plantear sus temas, qué enfoques utilizar y de qué manera abordar el trabajo político.
Al finalizar el encuentro, el entonces diputado les pidió una selfie y les dejó una frase que, con el tiempo, cobraría un sentido especial: “Guárdala, porque en un par de años más seré el Presidente de Chile”. Una década después, Angel conserva esa fotografía con evidente orgullo, como testimonio de uno de los primeros vínculos que estableció con el hoy líder político. La relación no quedó ahí.
Años más tarde, cuando Angel ya se encontraba estudiando en Concepción, Kast volvió a contactarlo, esta vez para solicitarle que asumiera una tarea clave: coordinar la recolección de firmas en esa ciudad para su inscripción en la carrera presidencial de 2017. “Significaba salir a la calle, pararse afuera de una notaría y hablar con la gente”, recuerda. Su estrategia era directa y breve: “Hola, estoy apoyando a José Antonio Kast.
El está defendiendo la vida y la familia. ¿Lo apoyaría para que pueda ser candidato presidencial? ”.
Las reacciones eran diversas. Mientras algunos lo ignoraban o incluso lo increpaban, otros se detenían a escuchar y decidían firmar. Hubo jornadas especialmente exitosas, en las que lograban reunir hasta 50 firmas en un sólo día, reflejando tanto la resistencia como el apoyo que generaba la figura del entonces candidato.
¿Te pareció importante esta noticia?
Compártela y mantén informado a Chile