Un Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género “realista”
En una entrevista reciente, la actual ministra de la Mujer y Equidad de Género, Judith Marín, afirmó que su administración no tiene una “chapa” o etiqueta ideológica, sino que se caracteriza por un “sello de realismo”, frente a lo que denomina un “sesgo ideológico”. A primera vista, para muchxs, la cuña podría sonar sensata, un Ministerio aterrizado, viable, que va a “hacer la pega” a través de medidas concretas. Pero si nos detenemos un poco en su afirmación, ¿qué esconde ese llamado al realismo?
Por un lado, la ministra, para no desviar atenciones, se mantiene asertiva, legitima el carácter feminista del ciclo anterior y plantea su “agenda realista”. No obstante, cae de igual forma en la denostación, al interpretarlo subrepticiamente como “ideológico”, doctrinario e idealista, posiblemente reactivando una alusión a la “ideología de género”, concepto abusado por sectores conservadores para deslegitimar los feminismos y el enfoque de género. Por otro lado, el término “realista” se asocia a un sentido práctico y efectivo.
Pero acá cabe una duda: ¿cómo proyecta Marín un ministerio pragmático-realista, mientras enfrenta un recorte presupuestario del 3%? Ese “realismo” de la cartera, más bien, pareciera traducirse en empujar el desmantelamiento de equipos y reglamentos detrás de leyes emblemáticas —como la Ley Integral o la Ley Karin—, y en despojar a la institución del aparataje teórico —para ella, “ideológico”— en el cual se había avanzado en los últimos años para alcanzar mayor igualdad y vidas libres de violencia —el reconocimiento público del patriarcado y la interseccionalidad de las opresiones. Y esto me lleva al siguiente punto.
¿Y si la ministra, en realidad, estaba haciendo uso del concepto “realismo” en un sentido filosófico aristotélico —donde la verdad se encuentra en el mundo sensible, en lo que podemos ver y tocar, en contraste con el idealismo platónico, donde la verdad se sostiene en las ideas? Vamos desglosando. Si nos encontrásemos ante este escenario, al autotildarse de “realista”, la jefa de cartera, de cierta forma, estaría enunciando que su administración se centrará en abordar los hechos objetivos y crudos, las problemáticas sensibles a la percepción humana.
Ella misma las menciona: las brechas laborales, la violencia contra las mujeres y los obstáculos en el acceso a la salud. No suena tan mal, considerando que, en noviembre de 2025, muchas feministas tiritábamos pensando que el Ministerio de la Mujer podría desaparecer o ser absorbido por un Ministerio de la Familia. Pero entonces, ¿cuál es el problema?
El realismo, junto al empirismo y el positivismo, que dominaron la ciencia occidental desde aproximadamente el siglo XVI, ya se encuentran bastante obsoletos para entender el siglo XXI. Las ciencias, desde hace décadas, han avanzado hacia formas de comprender las realidades muchísimo más complejas, alejando la posibilidad de existencia de una sola realidad, objetiva y neutral, o de un mundo que existe “allá afuera” con sus propias leyes, sin que nosotrxs interfiramos en ellas. Hoy sabemos que todo, absolutamente todo —incluyendo lo personal—, es político.
La identificación de las desigualdades laborales entre hombres y mujeres o de la violencia de género no fue precisamente un hallazgo de la ciencia realista, tradicional, moderna-europea —que, a todo esto, durante siglos contribuyó a invisibilizar, subordinar y permitir la explotación de las mujeres, la naturaleza y los pueblos originarios—, sino el resultado de las luchas que han desplegado esos sectores plurales que la ministra peyorativamente llama “ideológicos”. Visibilizar y abordar las violencias contra las mujeres, así, no pasa por la creación de instrumentos o herramientas neutrales. Al contrario, requiere detenernos y reflexionar en las maneras de reajustar las dinámicas, estructuras o patrones invisibles que sostienen esa realidad observable u “objetiva” —e.
g. desempleo femenino—; esa realidad que solo constituye la punta de un iceberg que ha configurado nuestras relaciones sociales históricamente, subyugando de formas diferenciadas a mujeres de todos los colores, etnias, religiones, edades, territorios, orientaciones y diversidades sexuales y funcionales. Desmantelar esos patrones —la base de ese iceberg— debiera ser precisamente el rol del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género.
Entonces, ¿cómo podríamos imaginarnos un Ministerio que no se hace cargo de los problemas estructurales que están a la base de las agresiones, brechas y discriminaciones que viven mujeres, niñas y disidencias? ¿Cómo se erradica la violencia contra las mujeres desconociendo los aportes de los feminismos en su detección, problematización y abordaje? La verdad, cuesta imaginar un Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género sin “una chapa feminista”, que siga creyendo que detrás del problema del desempleo femenino están solo las capacidades o méritos individuales, o que detrás de la violencia de género están el alcohol, los celos o la impulsividad, sin reconocer los verdaderos problemas: el patriarcado y el capitalismo, ambos, siempre de la mano.
Sin esta problematización, el Ministerio de Marín corre el riesgo no solo de ser un ministerio “parche” o “pantalla”, sino un Poder más del Estado que sostendrá y reproducirá desigualdades por los cuatro años siguientes, hasta que llegue otro gobierno de turno, esperemos, un poco más sensato. Ante este escenario, ¿qué nos queda? La potencia de lo local.
No todo está perdido. Si la estructura central opta por retroceder, nosotrxs podemos optar por la resistencia y los cuidados desde nuestros territorios. Desde las organizaciones territoriales, la academia regional y ese funcionariado público que habita municipios y carteras a nivel local aún queda margen de acción para seguir luchando y tejiendo formas alternativas de vida en estos mundos dañados (Haraway, 2019).
¿Te pareció importante esta noticia?
Compártela y mantén informado a Chile