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Un Congreso que obliga a conversar
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21:00 · Chile

Un Congreso que obliga a conversar

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Este 11 de marzo Chile no solo vivirá un nuevo cambio de mando presidencial. También comenzará formalmente un nuevo ciclo legislativo, con la instalación del 57° período del Congreso Nacional, luego de que el Tricel proclamara a senadores, senadoras, diputadas y diputados electos en una inédita ceremonia pública que congregó a las nuevas autoridades legislativas en un marco de solemnidad y compromiso republicano. “Con esta investidura, el país les encomienda la trascendental tarea de transformar las diferencias en acuerdos y, a partir de estos, construir pactos que la ciudadanía respete y en los que se identifique”, señaló el ministro Arturo Prado, presidente del Tribunal Calificador de Elecciones (TRICEL).

El nuevo Congreso Nacional nace, primero, con una fuerte señal de legitimidad de origen. La elección parlamentaria de 2025 alcanzó un 85% de participación gracias al voto obligatorio, superando ampliamente los niveles de participación de 2021 (47,6%). No es un detalle menor: el Parlamento que se instala esta semana no fue elegido solo por una porción del padrón, sino por una mayoría social mucho más amplia.

Eso aumenta su representatividad, pero también eleva la exigencia sobre su desempeño. Un Congreso elegido por más gente tiene menos excusas para encerrarse en sí mismo. La segunda característica del Congreso que comienza es su renovación.

En la Cámara de Diputadas y Diputados ingresarán 79 nuevos integrantes, equivalente al 51% del total de escaños. Es un recambio importante, que muestra que el electorado no solo reordenó fuerzas políticas, sino que también abrió paso a nuevos nombres, trayectorias y perfiles. En el Senado, en cambio, el cambio es más acotado.

Como ocurre por diseño institucional, cinco de los 23 senadores electos debutarán por primera vez en el Congreso. No estamos, entonces, ante una simple continuidad: estamos frente a una recomposición relevante del elenco político. Esa recomposición, además, tiene rasgos propios.

El Congreso 2026–2030 será el de mayor presencia femenina en la historia del país, con 78 mujeres entre ambas cámaras, equivalente al 38% del total de representantes. El avance es especialmente significativo en el Senado, que pasará a tener 16 senadoras, su cifra más alta registrada. En la Cámara, en cambio, persiste una tensión más incómoda: aunque fueron electas 52 mujeres, equivalentes al 33,5%, hay un leve retroceso respecto de 2021.

Es decir, el nuevo Congreso es más paritario que antes, pero todavía no puede presentarse como una tarea resuelta. También habrá un recambio generacional, aunque sin dramatismos. El nuevo Senado reduce su promedio de edad desde 55,7 a 53,4 años, mientras la Cámara electa promedia 46,8 años.

Entre los 79 nuevos diputados y diputadas, el promedio es de 45 años, con mayor concentración entre los 40 y 49. No se trata de un Parlamento juvenil en sentido estricto, pero sí de uno que incorpora trayectorias menos tradicionales, generaciones más recientes y una mezcla de experiencia política, profesiones y recorridos territoriales que puede modificar el tono del debate legislativo. Pero quizás el rasgo más decisivo del Congreso que se instala esta semana no sea su edad ni su composición de género, sino su equilibrio de fuerzas.

Si seguimos los pactos electorales, en el Senado ningún bloque tendrá capacidad para imponer por sí solo su agenda. • Unidad por Chile, la coalición conformada por los partidos miembros de las dos coaliciones que apoyaron la candidatura de Boric y entraron en su gobierno, queda con 20 escaños. • Chile Grande y Unido, pacto electoral conformado por UDI, RN, Evópoli y el Partido Demócrata, con 18.

• Cambio por Chile, del Partido Republicano, el Partido Social Cristiano y el Partido Nacional Libertario, con 7 escaños. • Además de 3 representantes verdes y regionalistas y 2 independientes. En la Cámara de Diputadas y Diputados ocurre algo similar, aunque con una fragmentación todavía más visible:• 61 escaños para Unidad por Chile • 42 para Cambio por Chile • 34 para Chile Grande y Unido • 14 para el Partido de la Gente • 4 para otros actoresAunque estos fueron pactos electorales y no necesariamente se traducirán en bancadas bajo las mismas alianzas, la conclusión es evidente: la próxima legislatura no estará definida por mayorías automáticas, sino por negociaciones permanentes.

Eso puede leerse de dos maneras. Desde una mirada pesimista, este equilibrio de fuerzas puede anticipar bloqueo, dispersión y cálculo corto. Desde una mirada más democrática, puede ser una oportunidad para revalorizar una política que en Chile ha perdido demasiado prestigio: la política de conversar, persuadir, ceder y construir acuerdos.

En tiempos de polarización, un Congreso sin hegemonías obliga a la madurez política. Y aunque eso no garantiza buenos resultados, sí impide la comodidad de gobernar o legislar como si una mitad del país no existiera. Por eso, el cambio de mando de este año no debiera leerse solo como el inicio de un nuevo gobierno, sino también como una prueba para el sistema político en su conjunto.

El Congreso que comienza no tendrá el lujo de la autosuficiencia. Tendrá que escuchar más, pactar más y explicar mejor. Tendrá que demostrar que la diversidad no es solo una foto y que la representación no se agota en ocupar un escaño.

En un país cansado del empate estéril y de la desconfianza, la principal novedad del Parlamento 2026–2030 es también su principal desafío: aprender a convertir la fragmentación en deliberación democrática, y no en parálisis.

FIN DE LA ALERTA