Un año sin el Papa Francisco: lo que aún no queremos escuchar
A un año de la partida del Papa Francisco, su voz no se apaga. Por el contrario, adquiere una fuerza nueva en medio de un mundo herido por la violencia, la desconfianza y la fragmentación. Su magisterio, lejos de pertenecer al pasado, ilumina con fuerza y claridad el tiempo que vivimos.
El Papa Francisco nos habló insistentemente de la paz. No como un ideal ingenuo ni como un discurso bien intencionado, sino como una tarea urgente, concreta y exigente. Nos recordó que la paz no es exclusiva de los acuerdos internacionales.
No. La paz, nos decía el Papa, está en el corazón de cada persona, en la forma en que nos tratamos, en las decisiones cotidianas que tomamos como sociedad. En uno de sus últimos mensajes, nos dejó palabras que hoy resuenan con especial fuerza: “Cada uno de nosotros debe sentirse responsable de algún modo por la devastación a la que está sometida nuestra casa común (…) Son todos factores de una amenaza concreta para la existencia de la humanidad en su conjunto”.
Y agregó con claridad: “Hacer algún acto de filantropía esporádico no es suficiente. Se necesitan, por el contrario, cambios culturales y estructurales, de modo que también se efectúe un cambio duradero”. Estas palabras no sólo describen el mundo; nos interpelan profundamente, porque la violencia que vemos a gran escala tiene raíces en pequeñas decisiones: en la indiferencia frente al sufrimiento, en el rechazo del diálogo, en la incapacidad de reconocernos como parte de una misma humanidad, hijos de un mismo Dios.
El Papa Francisco fue particularmente lúcido al advertirnos sobre los riesgos de una cultura que normaliza la agresividad, que deshumaniza al distinto y que convierte el conflicto en un modo habitual de relación. Frente a ello, insistió una y otra vez en la necesidad de reencontrarnos, de escucharnos, de construir comunidad. En este tiempo, su llamado a la paz encuentra nuevas resonancias.
La Iglesia, guiada hoy por el Papa León XIV, continúa recogiendo ese legado, proponiendo caminos que, con acentos propios, mantienen viva la convicción de que la paz es posible cuando se pone en el centro la dignidad de la persona humana. En Chile, donde también enfrentamos tensiones, desigualdades y una creciente dificultad para dialogar, su mensaje sigue siendo particularmente necesario. Nos invita a ampliar la mirada, a salir de nuestras propias certezas, a pensar en el bien común por sobre los intereses individuales.
“El todo es superior a la parte”, repetía con frecuencia, recordándonos que sólo como comunidad podemos construir un futuro más justo. A un año de su partida, el mejor homenaje que le podemos hacer al Papa Francisco no es la nostalgia, sino la coherencia. En un mundo que parece habituarse a la confrontación, su voz sigue siendo un llamado claro: no podemos quedarnos “balconeando” la historia.
¡Cuántos se incomodaron con esa palabra! Hoy, es tiempo de recoger su llamado y comprometernos. Que su testimonio nos ayude a redescubrir que la paz no es un sueño lejano: es una tarea que comienza en cada uno de nosotros.
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