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Un adiós a Jürgen Habermas, el filósofo del diálogo en tiempos de polarización
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21:00 · Chile

Un adiós a Jürgen Habermas, el filósofo del diálogo en tiempos de polarización

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Por Sergio Valdés. Sociólogo, Master en Políticas Públicas y Administración. London School of Economics and Political Science Socio Fundador y Gerente General SY En una época marcada por la crispación política, las redes sociales convertidas en un anarquismo tribal y una creciente incapacidad para escuchar al otro, la figura de Jürgen Habermas adquiere una resonancia particular.

No sólo porque ha sido uno de los grandes filósofos europeos del último medio siglo, sino porque su obra estuvo dedicada precisamente a pensar aquello que hoy parece erosionarse con mayor rapidez: la posibilidad de una conversación racional en democracia. Habermas pertenece a una tradición intelectual profundamente europea: la de aquellos pensadores que dialogan con los clásicos para reinterpretar los problemas del presente. En su obra conviven las preguntas de Immanuel Kant sobre la razón y la autonomía, la crítica social de Karl Marx y el análisis de la modernidad desarrollado por Max Weber.

Sin embargo, lejos de ser un mero heredero de esa tradición, Habermas la reformuló para enfrentar un dilema central de las sociedades contemporáneas: cómo sostener la legitimidad democrática en contextos cada vez más complejos, fragmentados y mediáticos. Su obra más influyente, The Theory of Communicative Action (1981), propuso una idea que transformó la teoría social contemporánea. Frente a una concepción de la razón centrada en el cálculo y la eficiencia —la llamada racionalidad instrumental— Habermas defendió la noción de racionalidad comunicativa.

Según esta perspectiva, la racionalidad no se expresa únicamente en la capacidad de dominar el mundo o maximizar resultados, sino en la posibilidad de que los individuos alcancen acuerdos mediante el intercambio de argumentos. La democracia, bajo esta mirada, no es sólo un procedimiento electoral. Es, ante todo, una práctica discursiva: un espacio donde los ciudadanos deliberan, justifican sus posiciones y someten sus ideas a la crítica pública.

Esta intuición se articula con su conocida reconstrucción de la esfera pública, desarrollada en The Structural Transformation of the Public Sphere (1962). Allí describió el surgimiento de un ámbito intermedio entre sociedad civil y Estado donde se forman las opiniones colectivas y se discuten los asuntos comunes. Ese espacio —advertía Habermas— es siempre frágil.

Puede ser colonizado por el poder económico, manipulado por la propaganda o degradado por dinámicas de polarización que convierten al adversario en enemigo. Por eso su trayectoria intelectual estuvo acompañada de una constante intervención en el debate público alemán y europeo. Desde los conflictos estudiantiles de los años sesenta hasta las discusiones contemporáneas sobre la integración europea, la memoria histórica o la crisis de la democracia, Habermas asumió el papel de un intelectual público que entiende la filosofía como parte del espacio cívico.

Quizá una de las escenas más reveladoras de esa actitud ocurrió precisamente durante las protestas estudiantiles de finales de los sesenta. Mientras parte del movimiento radicalizaba sus métodos, Habermas advirtió sobre el peligro de que incluso proyectos emancipadores pudieran caer en formas de irracionalidad política. Su polémica expresión sobre el “fascismo de izquierda” no era una etiqueta ideológica sino una advertencia: cuando la política abandona el argumento y abraza la lógica de la confrontación total, se destruyen las condiciones mismas del diálogo democrático.

En un momento histórico en el que la polarización atraviesa buena parte de las democracias occidentales, esa advertencia resuena con una fuerza inesperada. El debate público se fragmenta, las posiciones se endurecen y el espacio para la deliberación parece estrecharse cada vez más. Quizá por eso el legado de Habermas adquiere hoy una dimensión particular.

Sus conceptos —esfera pública, acción comunicativa, mundo de la vida, democracia deliberativa— ya forman parte del vocabulario común de la teoría social. Pero más allá de su arquitectura conceptual, su obra deja una intuición sencilla y profunda: la democracia sólo puede sostenerse si los ciudadanos siguen creyendo que los conflictos pueden resolverse mediante razones y no mediante la exclusión. Recordar a Habermas en tiempos de polarización nos obliga a no olvidar una verdad fundamental: la política democrática, en su versión más exigente, es esencialmente una conversación entre pares.

Una conversación que, si bien siempre será imperfecta y conflictiva, debe permanecer abierta a la capacidad persuasiva del mejor argumento.

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