Tomarse en serio a Kant hoy
Se ha generado un interesante debate en torno a las ideas de Kant. En una columna publicada en este medio, Hugo Herrera argumenta que las derechas chilenas necesitan leer a Kant, pues se trata del “defensor más riguroso de la libertad y la República”. En su llamado, Herrera plantea una advertencia tanto frente al Estado como al mercado, señalando que la interioridad de cada individuo “no puede ser anulada ni por un Estado que reduzca a los ciudadanos a súbditos, ni por un mercado que lo traduzca todo en mercancía”.
En un esfuerzo por elevar el debate, Renato Cristi respondió a Herrera señalando que, de aceptar esta invitación, la derecha enfrentaría ciertas ambigüedades propias de la filosofía política kantiana que tensionarían algunas de sus ideas medulares: por ejemplo, las tensiones del republicanismo kantiano con la democracia liberal o la ambivalencia de su concepción de la propiedad, que oscila —según el propio Cristi— entre una relativización convencionalista y un “sello absolutista”. El llamado a pensar es, sin duda, valioso. El propio Kant nos desafió a hacerlo para hacernos dignos de nuestra humanidad.
Sin embargo, más allá de la relevancia de robustecer la formación intelectual de un sector o de las contradicciones naturales de un pensador de otro tiempo, existe una reflexión pendiente en este debate. En la Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres, Kant deduce un imperativo práctico medular para su sistema filosófico: el ser humano debe ser concebido siempre como fin y jamás como medio. Este mandato encuentra su plenitud en la noción de “reino de los fines”, esto es, una comunidad en la que todos sus integrantes son fines en sí mismos y participan como colegisladores de las normas que los rigen.
Al respecto, en un artículo de 2003, el profesor Kevin E. Dodson examinó distintas interpretaciones del pensamiento político de Kant para evaluar cuál se adecúa mejor a este ideal del reino de los fines. Tras revisar enfoques marxistas y liberales, concluyó que, aunque ninguno es completamente satisfactorio, una lectura que incorpore compromisos igualitarios y de democratización económica resulta más consistente con las exigencias kantianas.
En el corazón del argumento de Dodson reside la siguiente reflexión: las relaciones de producción capitalistas reducen a las personas a meros medios – en sentido estructural, no necesariamente de manera intencional –, lo que compromete la independencia necesaria para su participación como colegisladores al interior de un reino de fines. Siguiendo a Dodson, entonces, traer a Kant al presente implicaría una reflexión en torno a la libertad que excedería la noción liberal que la relaciona con la no-intervención, y requeriría, en consecuencia, una preocupación por principios que suelen asociarse con la teoría política republicana, como son la no-dominación y la independencia estructural. En otras palabras, tomarnos en serio a Kant hoy nos conduciría hacia un examen crítico de la organización social contemporánea que, como sugiere Cristi, tensiona supuestos difíciles de asumir en el horizonte intelectual al que apela Herrera.
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