Tech diplomacy
Dos escenas recientes muestran mejor que cualquier comunicado hacia dónde se está moviendo la diplomacia global. En Beijing, Trump no llegó solo con funcionarios y asesores, sino acompañado por figuras centrales del poder tecnológico estadounidense. En California, el canciller chileno inició su primera visita a Estados Unidos lejos de Washington y del Departamento de Estado, reuniéndose directamente con ejecutivos de Nvidia, Google, Apple, Meta y OpenAI.
No es casualidad. Es una señal de época. Durante décadas, la diplomacia económica se ordenó en torno a tratados comerciales, acceso a mercados y aranceles.
Ese mundo no desapareció, pero dejó de ser lo más relevante. La disputa central entre las potencias pasa hoy por semiconductores, inteligencia artificial, minerales críticos, cables submarinos, data centers, nubes y control de datos. Así, las empresas tecnológicas ya no son actores secundarios de la diplomacia.
Son parte esencial de la misma. “Más que promoción, la diplomacia tech exige estrategia: Chile deberá definir qué sectores considera sensibles, qué reglas aplicará y qué estándares exigirá a sus proveedores”. Ese contexto hace que la gira del canciller a EEUU tenga una dimensión distinta a la que se le ha dado en el debate local.
Se la ha leído principalmente como una iniciativa de atracción de inversión bajo el paraguas de “Choose Chile”. Y eso es parte de lo que es, pero no se puede reducir solo a ello. Un data center no es solo inversión.
Un cable submarino no es solo conectividad. Y un acuerdo sobre minerales críticos no es solo minería. Todos son activos estratégicos, y como tales, de importancia geopolítica.
Ahí aparece una tensión que Chile todavía no parece estar discutiendo con suficiente claridad. ¿Puede convivir un data center de inversión estadounidense con conectividad proveniente de un cable chino? ¿Pueden operar en Chile infraestructuras con componentes chinos si, al mismo tiempo, EEUU busca que sus socios adopten estándares comunes en seguridad y control de exportación?
No son preguntas teóricas. Chile está negociando un acuerdo con EEUU en un momento en que esas exigencias forman parte de la arquitectura comercial que está construyendo con sus aliados. Lo que antes parecía una discusión técnica sobre proveedores, conectividad o equipamiento puede transformarse rápidamente en una decisión de política exterior.
Chile ya tuvo una advertencia con el cable “chino”. Lo mismo ocurrirá con los data centers, la nube, los satélites y los minerales críticos. Por eso la diplomacia tech exige algo más que promoción.
Exige estrategia. Si Chile quiere atraer infraestructura tecnológica, deberá definir qué sectores considera sensibles, qué reglas aplicará y qué estándares exigirá a los proveedores. La pregunta de fondo no es solo si Chile puede convencer a Nvidia, Google u OpenAI de invertir aquí.
Es si Chile entiende en qué tipo de disputa global está entrando, qué incompatibilidades pueden surgir y con qué visión estratégica piensa enfrentarlas.
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