Stalking digital: cuando el “amor” en redes cruza la frontera del control y la violencia
En tiempos de hiperconectividad, las redes sociales se han instalado como un espacio central de la vida afectiva. A través de ellas compartimos momentos, expresamos emociones y mantenemos vínculos. Sin embargo, ese mismo entorno que acerca también puede transformarse en un terreno propicio para prácticas de vigilancia que, poco a poco, cruzan la frontera entre el interés y el control.
El stalking digital —o ciberacecho— se refiere a la observación persistente y no consentida de otra persona mediante plataformas digitales. Incluye conductas como revisar perfiles, mensajes, “me gusta”, historial de interacciones o conversaciones privadas, e incluso el uso de aplicaciones externas para monitorear la actividad ajena. Desde el ámbito académico, estas prácticas se reconocen como una forma de invasión a la privacidad dentro del fenómeno conocido como cyberstalking.
Aunque el concepto suele asociarse a situaciones extremas o delictivas, en la vida cotidiana muchas parejas normalizan este tipo de conductas bajo la idea de la “curiosidad” o el “amor”. Revisar redes, mirar con quién interactúa la pareja o controlar su actividad online se presenta, en algunos casos, como una muestra de interés, diluyendo los límites entre cuidado y vigilancia. De los celos al control: cuando la vigilancia digital se transforma en una forma de violencia Sin embargo, investigaciones sobre los llamados celos digitales muestran que observar de manera constante la vida virtual de la pareja —qué publica, a quién sigue o con quién conversa— está estrechamente vinculado con sentimientos de inseguridad y desconfianza.
Estudios longitudinales con adultos jóvenes revelan que estos celos suelen derivar en un aumento de comportamientos de control, los que, a su vez, se relacionan con una disminución progresiva de la satisfacción en la relación. En ese contexto, lo que muchas personas interpretan como “mirar sin mala intención” puede consolidar dinámicas de sospecha permanente que terminan erosionando la confianza mutua. La vigilancia digital no es solo un asunto de curiosidad personal.
En distintos países, estas prácticas ya se reconocen como una forma de violencia digital de género. El llamado cibercontrol, que incluye exigir contraseñas, supervisar contactos, restringir interacciones o condicionar el uso de redes, es considerado una modalidad de maltrato que puede anteceder a expresiones más graves de violencia. Entre las conductas más frecuentes se encuentran: Revisar cuentas sin consentimiento.
Exigir acceso a contraseñas o perfiles. Insistir en revisar conversaciones privadas o historiales. Utilizar aplicaciones para monitorear la actividad digital.
Abuso digital, impacto emocional y el desafío de poner límites en la era conectada Desde la investigación académica, estos comportamientos se inscriben en lo que se denomina cyber dating abuse o abuso tecnológico en el noviazgo. Diversos estudios han demostrado que los celos y la hostilidad emocional son factores clave en la aparición de estas formas de control, que incluyen mensajes intimidantes, supervisión constante y presiones a través de medios electrónicos. Lejos de estar asociados a un perfil específico, estos patrones pueden aparecer en cualquier relación donde la inseguridad emocional se traduce en intentos de dominación mediante la tecnología.
Las consecuencias no son menores. Aunque aún se requieren más investigaciones a gran escala, la evidencia disponible indica que la vigilancia digital constante puede aumentar la ansiedad, fomentar pensamientos obsesivos y deteriorar el bienestar emocional. En algunos casos, estos comportamientos se relacionan con dinámicas similares a la dependencia afectiva, caracterizadas por preocupación excesiva, dificultades de concentración y temor permanente a perder a la pareja.
Especialistas en psicología y relaciones advierten, además, que revisar el teléfono o las redes sociales sin consentimiento constituye una vulneración directa de los límites personales, incluso cuando inicialmente existe un acuerdo implícito de confianza. Lo que comienza como un gesto de cercanía puede transformarse en una puerta de entrada a formas más profundas de control y pérdida de autonomía. Las redes sociales, en sí mismas, no son enemigas de los vínculos.
Utilizadas de manera respetuosa y consensuada, pueden fortalecer la conexión emocional y facilitar la comunicación. El problema surge cuando la revisión constante nace de los celos, la inseguridad o la necesidad de control, convirtiéndose en una forma silenciosa de maltrato digital. El desafío para las parejas actuales es aprender a reconocer cuándo una conducta deja de ser una simple curiosidad para transformarse en una intrusión invasiva.
Construir acuerdos claros sobre privacidad, respeto y límites en el espacio virtual se vuelve, hoy, una condición clave para sostener relaciones sanas en un mundo cada vez más conectado.
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