Sofía Calvo: “El vestir es una herramienta de comunicación y de poder”
La periodista, MBA en Dirección de Empresas de la PUCV y diplomada en medio ambiente y desarrollo sustentable PUC, Sofía Calvo acaba de presentar su quinto libro “Paisajes del vestir. Nuevas narrativas desde el clóset latinoamericano”, en el cual propone una lectura incómoda: la moda no es solo una expresión estética ni una decisión individual, sino un campo de disputa donde operan relaciones de poder, herencias coloniales y tensiones culturales profundamente arraigadas. A través de la idea del “embrujo” del Norte Global, la autora plantea cómo se ha configurado históricamente el deseo, el gusto y la identidad en Latinoamérica, muchas veces desde una lógica de subordinación simbólica.
En esta conversación, Calvo desarma esa aparente inocencia en el acto de vestirse y lo sitúa en un entramado más amplio que conecta consumo, desigualdad, cuerpos y territorio. Desde la crisis ambiental en el norte de Chile hasta la ansiedad estética que producen las microtendencias, su mirada no solo interpela a la industria, sino también a quienes habitan diariamente su clóset. Más que ofrecer respuestas cerradas, su propuesta es abrir preguntas sobre el paisaje que construimos al vestirnos, y sobre la posibilidad de transformarlo.
- Hablas de un “embrujo” del Norte Global. ¿En qué momento ese embrujo deja de ser metáfora y se vuelve una estructura de poder concreta? Uno podría trasladar el concepto del embrujo al concepto del soft power, que se utiliza a nivel de política.
Viene a ser lo mismo: cómo distintos países expresados a partir de instituciones, tienen influencia en las personas, pero no directa, sino que una influencia seductora, y por lo tanto nosotros terminamos embrujados. Se constituye igual que un embrujo, pero esa forma de transmitir determinados valores y maneras de ver el mundo no es arbitraria ni improvisada, sino que parte de una estrategia mayor en donde ciertos grupos humanos y ciertos países buscan traspasar su espacio de poder e influencia, justamente en niveles en que podrían pasar más desapercibidos, pero que tienen el efecto de cambiar incluso nuestra manera de mirarnos al espejo, que es lo más tremendo que encuentro en el análisis que hago en el libro. - Mencionas que en tu niñez veías a Estados Unidos como un “faro de éxito”.
¿Cómo crees que esa “programación mental” sigue afectando hoy a las nuevas generaciones que crecen con el estímulo constante de las redes sociales? Ahora las y los jóvenes en general están mucho más conectados con estos embrujos, pero de una manera muchísimo más sutil que la que vivíamos nosotros. En los 80 era un soft power bien directo, uno era niño y no lo cuestionaba, pero lo que nos brindaban estos países era muy claro.
Hoy los jóvenes no tienen la influencia de un país en particular, sino de distintas formas de ver el mundo que se conectan. En el fondo, no es que sea un solo país que de alguna manera embruja con ciertos parámetros de éxito, belleza, de cómo vestir, de cómo relacionarse con tu estilo personal, sino que son diversos, pero que apuntan a lo mismo, a una misma mirada con matices, con colores distintos. Yo creo que, sobre todo en Latinoamérica estamos configurados para caer en este embrujo sin cuestionarlo, lo que tiene que ver mucho con nuestro pasado colonial.
Ahora los jóvenes son bastante menos cuestionadores de esa realidad, creen que el poder está en el hacer skip -en redes sociales–, pero es al revés, son tantos mensajes subliminales que reciben constantemente que, por más que te lo saltes, hay algo que se va engendrando en tu cabeza como los embrujos. - ¿Crees que la industria es consciente de este rol o funciona más bien como una inercia histórica? No es algo que se cuestione de manera profunda, porque en el fondo les ha funcionado, y cuando las cosas te funcionan y además te permiten ganar muchísimo dinero ¿para qué te lo vas a cuestionar?
Obviamente que hay una mayor conciencia colectiva respecto a estas disociaciones y a estas injusticias que generan el sistema, que no solamente le atañen a las personas que son parte de la cadena de valor, sino que también tienen que ver con las inseguridades que se van creando a partir de estos modelos hegemónicos de belleza, ropa que no nos sirve o la destrucción de nuestro paisaje natural, como lo vivimos en Chile con los vertederos en el norte. - Respecto a esa cruda realidad que se vive en el norte de Chile ¿Qué acciones concretas consideras urgentes para que el Norte Global asuma su responsabilidad histórica en este sentido? Hay muchas cosas que se pueden hacer en torno a eso.
La Unión Europea, a partir de las distintas iniciativas que ha llevado a cabo en términos regulatorios para la industria de la moda, ha ido instaurando un marco de acción diferente. Ponen la vara más alta y obligan a cambiar el modelo de negocio y la forma en que se está haciendo la moda. No resuelven al 100%, porque el problema de la sobreproducción y el sobreconsumo, que trae como consecuencia lo que hemos visto en el norte de Chile, no solo es un problema negocio, es un problema cultural.
- ¿A qué te refieres específicamente? Las personas nos hemos acostumbrado a vestirnos de una manera que no tiene lógica. No tiene lógica que te pongas una polera que sea más barata que un café o una hamburguesa.
- En Chile, ¿se ha hecho algo al respecto? En el caso de Chile, yo creo que siempre tendemos a mirarnos en menos, pero el esfuerzo que se hizo el año pasado con la publicación de la estrategia de economía circular para textiles es un super buen marco, porque establece un marco de política pública donde no solo lo legal es importante, sino también lo cultural, la infraestructura, la creación de empleos verdes. No puede ir solo desde la transformación legislativa, porque son procesos demasiado lentos, sino que tiene que ir de la mano de una transformación cultural.
Entendiendo que no pasa solo por individuos, pasa por grupos de personas que de manera colaborativa y asociativa buscan transformar el paisaje de su vestir. Este no es un camino solitario, se tiene que hacer acompañado, porque si no es imposible. - ¿Cómo le hablas de “consumo consciente” a alguien que compra ropa por necesidad y precio?
Hay distintas formas de mirar esto. Una que es bien pragmática, que tiene que ver con plata, con números. Si tú compras mucha ropa desechable, al final estás gastando mucha plata y eso va en contra de tu presupuesto familiar.
Tampoco pasa por comprarse cosas muy caras, sino que más bien por aprender a educar el ojo. - ¿Dices entonces que lo que falta es educación o conocimiento? Yo creo que impedirle a las personas que se hagan preguntas, es robarle su dignidad y creer que porque una persona tiene pocos recursos o poca educación, no puede cuestionarse el mundo en el que vive.
Es despojarlo de su dignidad humana. Las personas necesitan y hay que darles la oportunidad para que hagan sus propias reflexiones, no desde el plano purgatorio ni condenatorio, sino que desde un plano amoroso que puede enganchar super bien con la educación financiera. - ¿Cómo se hace eso?
Esto supone un ejercicio de empatía y de amor para ver cómo entre todos podemos tratar de transformar este asunto, porque no es justo ni para el país, ni para quienes viven cerca de los vertederos clandestinos, no es justo para nadie. Tampoco es justo que nos miremos al espejo y nos sintamos insuficientes, que nos pongamos la ropa y en vez de proyectar lo que somos, nos veamos de una manera poco amable, incluso a veces odiándonos a nosotros mismos, eso no está bien. Mi invitación es a que hagamos una transformación conjunta sin estar apuntando con el dedo, pero también poniéndonos serios y entendiendo cuál es el rol que tiene cada uno, porque es muy fácil virar la conversación y poner a las personas más vulnerables en el ojo del huracán, cuando quienes realmente están sobre consumiendo esta tipología de ropa no son las personas más pobres.
- Planteas que las microtendencias generan angustia estética y que eso afecta particularmente a las mujeres. ¿Por qué? La industria de la moda pone el foco y la energía en nosotras por sobre el resto de la población.
En ese sentido, ha generado una influencia en nuestras formas de mirarnos al espejo bastante peligrosa, porque las hemos normalizado y considerado parte de nuestra vida cotidiana sin cuestionarnos, y eso hace que nos miremos al espejo y nos sintamos insuficientes. Las micro tendencias lo que hacen es perpetuar este loop de la relación tóxica que tenemos con la moda. - En ese sentido, ¿qué ocurre con la imposición de tendencias desde países con cuerpos distintos a los de las mujeres latinoamericanas?
Es muy grave, porque al final pone a todo un grupo de la población fuera de juego, que no pertenece, que no tiene opciones de ser considerado bello. No se trata de imponer visiones, sino de entender que, nos guste o no, vivimos en un mundo diverso, personas con distintos cuerpos. Entonces, querer creer que todos vamos a ser iguales y vamos a tener los mismos cuerpos es super absurdo, no tiene lógica.
Pero al mismo tiempo creo que lo más grave es que esta visión tan seductora impide la aparición de otras visiones que puedan hacerle contrapeso. - ¿Crees que vestirse es un acto político cotidiano? Sí, absolutamente.
El vestuario tiene un lenguaje silencioso, a pesar de que tú digas: “fue lo primero que me puse”, igualmente esa ropa dice mucho de ti, de cómo te sientes con tu cuerpo, de qué te gusta, de tu inspiración. En definitiva, lo que tú eliges, entendiendo que el vestir es una acción ineludible del cotidiano, tiene un componente político, es tu postura frente al mundo. - ¿Y una forma de comunicarnos?
El vestir es una herramienta de comunicación y de poder, por eso tenemos, por ejemplo, discusiones sobre las figuras públicas, y cómo cambia la percepción y la narrativa a partir de su vestuario. Lo podemos ver ahora en este gobierno, había una narrativa respecto al vestir en el gobierno anterior y ahora hay otra, y esa narrativa en el fondo muestra una forma de hacer las cosas distintas. - Si tuvieras que dejar una sola idea instalada en quienes lean tu libro, ¿cuál sería?
Es más bien una pregunta. ¿Te has cuestionado el paisaje que proyecta tu closet? ¿Te sientes cómodo con ese paisaje?
¿Es para ti un lugar seguro? Creo que esas son las ideas que dejaría. Que interpelen más bien una reflexión, porque yo creo que el closet se ha convertido en un lugar bien siniestro para muchas personas, por eso el desorden.
A veces no tiene que ver con flojera, sino con que, cuando yo ordeno el closet me tengo que conectar con mi cuerpo, con mis historias, con mis malas y buenas decisiones, con mi relación con los otros, y eso es super doloroso, es tremendo. Cuando uno hace ese orden y eso que pusiste sobre la cama te incomoda, lo proyectas en un paisaje que puede ser bien aterrador. Y eso no es justo.
Todos necesitamos un espacio seguro y el closet, al igual como en las Crónicas de Narnia, tiene que ser un espacio que nos abra la puerta a otros mundos entretenidos, fascinantes, que permitan expresarnos como queremos, que nos permitan vivir con libertad y mirarnos al espejo con amor. Eso es tan necesario en este momento donde el odio y la crueldad es parte de la narrativa pública. Me niego a eso, yo quiero que la gente tenga ahí, por lo menos un espacio seguro para sentirse cómoda, única y para mirarse con amor.
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