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Soda Stereo asombra en Chile con un Gustavo Cerati virtual en un show que apela a la emoción
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23:16 · Chile

Soda Stereo asombra en Chile con un Gustavo Cerati virtual en un show que apela a la emoción

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La última frase despachada por Gustavo Cerati en el último concierto de Soda Stereo en Chile, el miércoles 31 de octubre de 2007, fue profética. Casi estremecedora. Cuando las luces se consumían y era el minuto de decir adiós, el cantante soltó: “Nos vemos en la próxima.

De la forma que sea”. Y así fue. La siguiente vez que Soda Stereo se presentó en el país ha sido décadas más tarde, la noche de este jueves 26 de marzo en el Movistar Arena, donde valió el apelativo de “la forma que sea”: ya no está Cerati, fallecido hace doce años, por lo que tanto su familia, sus ex compañeros y los productores que desean seguir rentabilizando al trío, han debido encontrar la mejor forma para que la agrupación siga tocando con su líder al frente.

Y en ese acertijo, en esa aventura hacia lo imposible, idearon una imagen virtual, una suerte de holograma alimentado con la imagen y los audios del interprete extraídos de precisamente el último tour de la agrupación, el Me verás volver de ese lejano 2007. Ese espejismo diseñado por la alta tecnología aparece cerca de las 21. 00 horas ante un recinto colmado de público que en general supera los 30 años, ataviados con poleras que exhiben las distintas etapas de los argentinos.

El “olé olé olé, Soda, Soda” baja fuerte por el lugar y en el escenario no solo está la nueva y singular encarnación de Cerati, sino que también sus camaradas de carne y hueso, el bajista Zeta Bosio y el baterista Charly Alberti. La primera parte es algo así como una exploración de terreno antes del asombro final, iniciar de a poco el despegue como un émbolo que va en dirección hacia una travesía desconocida. Los tres músicos aparecen tras un telón oscuro que los retrata en penumbras, desde donde interpretan Ecos -ese tema que simbólicamente dice “estoy moviéndome con mis propios latidos/ llenando vacíos”- y Juegos de seducción -donde también se canta “la imaginación esta noche/ todo lo puede”-, ambos parte de su primera era discográfica.

Pero es en otro hit de su periodo de gloria, Nada personal, en que el telón cae y parece inaugurar el espectáculo de manera definitiva. El Cerati espectral aparece en toda su dimensión tanto sobre el escenario como en las pantallas gigantes, detonando la euforia y la emoción de la audiencia, algo nocaut y boquiabierta con la figura increíblemente real del cantante, gesticulando, cantando con limpieza, moviéndose y tocando su guitarra Jackson azul como en sus mejores años. Después de todo, Ecos, el actual tour de Soda Stereo, inaugura al menos en Latinoamérica lo que podría ser otro capítulo de las giras globales en el siglo XXI: aquellas que representan un acto de fe.

Un acuerdo tácito donde los fans saben que una de sus piezas no volverá jamás y por tanto están dispuestos a desembolsar una entrada para apreciar la única manera posible de disfrutarlo. No hay mayor vuelta. Los presentes saben de qué se trata todo esto.

No hay fraude ni descaro: Cerati no está y la tecnología tan propia de estos tiempos está haciendo lo suyo. Pero también hay un costado humano. Y algo así como un truco.

Mientras lo que se escucha de Cerati son grabaciones de hace 19 años -Soda siempre tuvo una compulsión por grabar todos sus recitales, lo que hoy agradecen-, sus compañeros tocan en vivo, sincronizando sus partes con los pasajes del desaparecido artista. Ahí pasan otros hits mayúsculos como Hombre al agua, Ella usó mi cabeza como un revólver, (En) el séptimo día, En la ciudad de la furia, Sobredosis de TV y Persiana americana (dentro de lo más vitoreado de la velada y con los tres compartiendo pantalla, como si estuvieran en el mismo plano físico). El mismo Cerati saluda a sus compañeros desde su tradicional costado izquierdo y les lanza un “¡qué tal Zeta!

¡Charly! ”. Los presentes nuevamente rugen como efecto de casi lo único que sustenta toda esta experiencia: la emoción a ciegas.

En Un misil en mi placard, el avatar del cantante cambia de guitarra -tal cual- y desenfunda la acústica propia del MTV Unplugged que le dio otra categoría al conjunto durante los 90. En Planeador aparecen tras una tela transparente y bajo efectos fluorescentes, en otra rúbrica del concierto: la imaginería visual que se amplifica por las pantallas es abundante y ayuda a mantener esa ensoñación casi onírica que obsequia la performance. Como si en cualquier momento hubiese que despertar para advertir que la realidad es otra.

Sobre el final, la descarga eléctrica afiladísima de Final caja negra, Primavera cero, Prófugos y De música ligera mantiene en alto el espectáculo, como solía pasar cuando Soda pertenecía aún a esta dimensión más terrenal. De hecho, en esta última, Bosio y Alberti llegan hasta el público en dos tarimas, mientras su compañero canta desde las pantallas. En el cierre, todos terminan conformes, aunque también la osadía tecnológica del espectáculo es su propia kryptonita: con el curso de los minutos, el impacto inicial por la bien lograda presencia fantasmagórica de Cerati cede a un guion que se torna predecible, parejo, donde la sorpresa se desvanece rápidamente, aunque para soslayarlo ahí están las buenas canciones.

También cae otra sensación: Cerati ya ha vuelto muchas veces sobre nosotros “de la forma que sea”, como él mismo lo vaticinó, por lo que es hora de dejar descansar su inmenso legado como uno de los héroes mayúsculos del rock en español. Ya se han hecho shows del Cirque du Soleil, giras con distintos cantantes latinos en su puesto y por el continente se diversifican los más disímiles tributos, por lo que es el instante que la música perpetuada desde hace décadas haga su propia labor y deje caer su peso indudable, sin explotaciones comerciales desmedidas ni ejercicios de realidad virtual anexos. Que el hombre alado que extraña la tierra ahora prefiera de una vez por todas la noche.

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