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Soberanía tecnológica para el desarrollo
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00:30 · Chile

Soberanía tecnológica para el desarrollo

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La importancia de la comunicación digital y de la transmisión de datos por las carreteras de fibra óptica equivale, en el siglo XXI, a contar con caminos y rutas hacia ciudades lejanas en la época del Imperio romano. En efecto, la infraestructura digital es estratégica. La transmisión de datos sostiene el comercio, la investigación científica, los servicios financieros, la defensa y la innovación tecnológica.

Las sociedades, comunidades y países se desarrollan en la medida en que participan activamente y de manera soberana en la comunidad internacional; quienes se aíslan perecen. Para un país distante de los grandes centros económicos, aumentar su conectividad directa con Asia no es un gesto de afinidad política, sino una decisión de desarrollo. Esto lo comprendieron los padres de la patria tempranamente.

Vieron en el Imperio español no solo un intento de mantener el control político de las colonias mediante gobiernos impuestos desde España, sino también un sistema de restricciones comerciales que condenaba a los territorios americanos a ser meros proveedores de materias primas, sin posibilidad de comerciar libremente más allá del reino. A comienzos del siglo XIX, generaciones de patriotas iniciaron el camino hacia la independencia. Las guerras, reconquistas y liberaciones costaron miles de vidas, pero permitieron forjar una identidad como país soberano.

«Ha llegado la época de la independencia americana, nadie puede evitarla. La España está perdida y si nos dejamos llevar por infundados recelos seremos presa del primer advenedizo que quiera subyugarnos», escribía José Miguel Carrera a su padre en 1811. El objetivo de aquellos patriotas no era únicamente la autonomía política.

Aspiraban también a crear instituciones soberanas capaces de desarrollar los talentos de nuestros ciudadanos en igualdad de condiciones con los demás países. Años más tarde, tras reveses y victorias, Bernardo O’Higgins proclamó la independencia de Chile. Si bien dejó clara su posición antimonárquica, su afán por impulsar el desarrollo económico lo llevó a establecer relaciones comerciales con las principales monarquías europeas, pero desde una posición de igualdad y soberanía.

Esa tradición se ha mantenido, no sin tensiones internas, en un mundo atravesado por disputas hegemónicas entre potencias. Así ocurrió durante la Guerra Fría y ocurre hoy, en el contexto de la rivalidad estratégica y comercial entre Estados Unidos y China. Pero esa no es nuestra guerra.

Un país mediano como Chile se beneficia de relaciones multilaterales, respetuosas y abiertas. Chile mantiene relaciones políticas, diplomáticas y comerciales con todas las potencias. Cerca del 40% de nuestro comercio internacional se realiza con China y alrededor del 15% con Estados Unidos.

Somos una de las economías más abiertas del mundo y contamos con una amplia red de tratados de libre comercio. Sin embargo, también somos conscientes de nuestro rezago en capacidades tecnológicas e innovación. Nuestros recursos naturales deben ser una plataforma para el intercambio científico y tecnológico que nos permita desarrollar competencias productivas propias.

En ese marco, contar con infraestructura estratégica, como un cable submarino de fibra óptica que conecte directamente con Asia, mediante acuerdos bilaterales o multilaterales con países tecnológicamente avanzados, es de evidente interés nacional. Limitar nuestras opciones tecnológicas o comerciales en función de presiones externas implicaría reducir nuestra capacidad de decisión soberana y debilitar nuestra autonomía estratégica. Las potencias actúan según sus intereses; es natural que así lo hagan.

Pero Chile debe actuar conforme a sus propios intereses. El debate en torno al cable Chile-China no puede resolverse mediante alineamientos automáticos ni mediante vetos implícitos o explícitos que condicionen nuestras decisiones. Aceptar restricciones externas sobre cómo y con quién nos conectamos sería contradictorio con la tradición republicana que hemos defendido desde la independencia.

Algunos años después de lograda esta, Bernardo O’Higgins advertía: «Después de tantas batallas, de tan felices y gloriosos esfuerzos, antes que deje el sol de alumbrarnos para siempre, que consentir que se establezca en América un cetro, una corona». Hoy, en la era digital, ese tutelaje no necesariamente adopta la forma de una corona; puede manifestarse como dependencia tecnológica o como limitaciones a nuestra capacidad de decidir. La soberanía tecnológica no significa elegir un bando, sino fortalecer nuestras capacidades internas, diversificar nuestras alianzas y ejercer con claridad el derecho a definir nuestro propio camino de desarrollo.

En ello no hay provocación alguna, sino una convicción republicana: las decisiones estratégicas de Chile deben tomarse en Chile y en función de su interés nacional.

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