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Soberanía digital: El mayor riesgo es no saber que el riesgo existe
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12:02 · Chile

Soberanía digital: El mayor riesgo es no saber que el riesgo existe

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En los últimos meses hemos asistido a una serie de situaciones a nivel global que nos enfrentan a una verdad incómoda: Los países digitalmente dependientes pueden verse afectados en situaciones de conflicto o tensiones geopolíticas que afecten o impliquen a sus proveedores tecnológicos. Pasó algo similar en el sector energético con la crisis del petróleo de los 70, que nos demostró que la dependencia de infraestructuras críticas controladas por terceros puede paralizar economías enteras. Si bien en las últimas décadas este tipo de riesgo había pasado a un segundo plano, gracias al concepto de un mundo basado en reglas y de prosperidad compartida, hoy ese escenario es mucho menos evidente.

Acontecimientos como el apagón digital que sufrieron miembros de la CPI, o la reciente controversia por el cable submarino China-Chile Express, que enfrentó al expresidente Gabriel Boric con el Presidente José Antonio Kast, nos revelan cómo los servicios digitales se han convertido en un elemento crítico en la geopolítica actual y una herramienta de presión por parte de potencias extranjeras de las que somos extremadamente dependientes. Chile es hoy un país profundamente digitalizado –94% de conectividad a internet, líder digital en Latam según el IMD Digital Competitiveness Ranking—, pero casi toda su cadena de valor digital se apoya en proveedores extranjeros, lo que lo sitúa en una situación de vulnerabilidad. Hoy, el 90% de los servicios cloud en Chile —banca, salud, gobierno, e-commerce e incluso la administración pública— corren en infraestructuras de los grandes hiperescalares internacionales, con datos soberanos alojados fuera de nuestras fronteras.

Caídas como la que sufrieron algunos de estos gigantes en 2025 repercutieron de forma directa en la prestación de diferentes servicios esenciales a usuarios finales, con impacto económico más que relevante. Imagínese despertarse un día cualquiera sin acceso a aplicaciones de mensajería ni herramientas colaborativas en la oficina. Sin acceso a sus datos guardados en servidores en la nube o sin posibilidad de realizar transacciones financieras, ni trámites digitales con el Estado.

Y sin poder interactuar con los modelos de IA tal y como lo hacemos hoy diariamente. Todo muy noventero. ¿Puede Chile revertir esta situación por sí solo?

El talento digital local existe y, aunque el país lidera varios rankings de competitividad digital en la región, su ecosistema todavía carece de la escala y el volumen de inversión que presentan otros países latinoamericanos. Nuevas iniciativas públicas – Plan Nacional de Data Centers con US$2. 500 millones – buscan desarrollar capacidades y soberanía local.

En mi trayectoria ejecutiva en telecomunicaciones, he visto numerosas alianzas público-privadas que han impulsado industrias; sin embargo, hoy este esfuerzo debe escalar a soberanía. ​ Y para un proyecto de esta envergadura, el tamaño sí importa. Un escenario alternativo pasaría por alianza más allá de las fronteras: Chile liderando y colaborando en la construcción de una “Región Digital Soberana”, con data centers federados bajo estándares únicos, modelos nacionales de IA y componentes de infraestructura digital reutilizables y abiertos para ecosistemas de desarrolladores de toda la región.

Modelos como la UE Digital (GAIA-X) o ASEAN muestran que mercados de 100 millones de usuarios atraen inversión, garantizan masa crítica para ser sostenibles y permiten regulaciones que incluyan cláusulas soberanas. Lo que es innegable, tal y como muestran otras iniciativas a nivel global, es el papel central que las políticas públicas deben jugar como dinamizadoras de esta evolución —en el más puro sentido darwiniano del término— del ecosistema digital. En este contexto, el nuevo gobierno tiene una oportunidad y una responsabilidad relevante.

Más que sustituir al sector privado, el rol del Estado debe ser el de catalizador y garante de que el país consiga una autonomía tecnológica estratégica, con una visión de largo plazo como ocurre en otras regiones del mundo (European Chips Act, USA National Security Strategy). Por llamativo que parezca, el mayor problema actualmente es la falta de conciencia del riesgo. La soberanía digital no debe verse como un proyecto de aislamiento tecnológico, sino como una forma de fortalecer la resiliencia nacional en un mundo multipolar.

Chile, con sus recursos, talento y madurez digital, puede impulsar el debate y liderar iniciativas de colaboración en América Latina en lugar de ser un simple consumidor de tecnologías diseñadas y controladas por terceros. Más que reaccionar ante una nueva crisis, el reto es anticiparse y construir desde hoy las bases de una infraestructura digital más robusta y abierta. El momento de abrir este debate es ahora.

La próxima falla de servicio o veto geopolítico no esperará y el invierno digital puede estar más cerca de lo que parece.

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