Sin democracia y con mucho miedo
Los académicos harvardianos Steven Levitzky y Daniel Ziblat lo sospecharon desde un principio: “el ascenso de Donald Trump al poder puede representar un desafío a la democracia mundial”. En su segundo gobierno la sospecha mutó en certeza: el presidente de los EEUU tiene en la cuerda floja a la democracia y, de paso, a la paz global. Pudo hacerlo.
pues ya no existe ese “eje de adultos” -civiles y militares- que trató de normalizarlo en su primer período. En su entorno predominan funcionarios que lo adulan, comparten su admiración por los “líderes fuertes” y sintonizan con su belicismo dictatorial. En todas partes pasa Quienes llevaron a Trump al gobierno lo veían como una inversión manipulable.
Para ese efecto, se esmeraban en demostrarle que la democracia de cualquier signo fracasaba en todas partes y que, en demasiados países, sólo era un método para llegar al poder y no soltarlo. El dictamen para el hemisferio estaba claro. La Venezuela de Hugo Chávez era un régimen comunista, con Cuba y Nicaragua como dictaduras satélites y buenos contactos en China, Rusia e Irán.
Bolivia y Ecuador seguían su ejemplo y en el Perú comenzaba una racha de presidentes inconclusos. Sin distinguir entre partidos, México era esa “dictadura perfecta” que definiera Mario Vargas Llosa y en Brasil, el presidente Lula estaba condenado por corrupción, En cuanto a la Argentina del matrimonio Kirchner, la corrupción y el desorden económico lindaban con el caos social y económico. Por cierto, tampoco en Europa la democracia lucía sana.
En 2016, referéndum mediante, el Reino Unido se desvinculaba de la Unión Europea, debilitando la solidaridad democrática y, de refilón, la fuerza regional de la OTAN. En cuanto a Israel, la democracia aliada y ejemplar del Medio Oriente. Biniamin Netanyahu se aferraba al poder para eludir acusaciones de corrupción, Si se agrega que Putin se consolidaba en Rusia como gobernante elegido de una vez para siempre y que en China Xi Jinping comenzaba a competir por la hegemonía global, como líder de un partido único, el cuadro estaba completo.
Entre democracias semifallidas y dictaduras todopoderosas, Trump podría gobernar a su manera. Pistas de la semántica “Hay método en su locura”, dice un personaje de Shakespeare. Parafraseándolo, hay método antidemocrático en los discursos, amenazas y pachotadas de Trump.
Él sabe que la palabra “democracia” le es incompatible y poquísimas veces la pronuncia. Así lo prueban los siguientes datos de la IA, con foco en las ocasiones más solemnes: Discurso inaugural de 2017=0 veces. Discurso Estado de la Unión 2018=0 veces.
Discurso Estado de la Unión 2020=1 vez. Discurso 6 de enero 2021 (vinculado al asalto al Capitolio por parte de sus seguidores)=0 veces. Discurso inaugural de 2025=2 veces.
En ocasiones similares Joe Biden y Barack Obama, sus predecesores inmediatos, invocaron 44 veces la voz y el valor de la democracia. Sin duda ha sido una innovación audaz. Otros jefes políticos, para camuflar regímenes personalistas o dictatoriales, optaron por respetar el sustantivo, pero diluyéndolo mediante apellidos.
Así surgieron las democracias populares, sociales, formales, funcionales y protegidas. Trump, mediante ufano tuit, explicó por qué ese truco le era innecesario: “pasé de ser un empresario muy exitoso a una gran estrella de televisión y de ahí a presidente de los Estados Unidos al primer intento. Creo que esto me calificaría no como inteligente, sino como genio” Aplicaciones El 20 de enero de 2025, en modo genio, notificó un cambio cualitativo del perfil político nacional.
En su discurso inaugural de segundo periodo, bajo el lema America first, (tan parecido al Deutschland über alles alemán), dijo que los EEUU se convertirían en la potencia más poderosa en la historia de la humanidad. Bajo su liderazgo, el histórico “destino manifiesto” pasaría a ser un “destino glorioso” y para graficarlo hasta se salió del planeta: prometió que lanzaría astronautas al espacio “para plantar la barras y las estrellas en Marte”. Diez meses después, en su también personalizada Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, decidió documentar su desdén por la democracia.
Reconoció que “la política exterior del presidente no se basa en una ideología política tradicional (…) y no pretende imponer cambios democráticos ni sociales”. Para ejecutar esa estrategia comenzó alineando a esos países latinoamericanos poblados por “gente fea” (sic), que hablan un “maldito idioma” (sic). El primer enrolado fue Venezuela donde, tras capturar al dictador Nicolas Maduro, postergó sine die la transición a la democracia, ignoró el liderazgo de María Corina Machado y delegó tareas gubernamentales en Delcy Rodríguez, vicepresidenta del dictador.
Luego, reunió a doce líderes de la región en la cumbre “Escudo de las Américas”, para comprometerlos en una alianza política y militar contra el narcotráfico, la inmigración ilegal y, de manera tácita, contra la influencia creciente de China. También aprovechó la catastrófica realidad de Cuba para notificar que podía hacer con la isla lo que él quisiera. Fuera del hemisferio, su desafecto por la democracia se proyectó como coartada para desvincularse de la OTAN, la alianza militar creada para defender la democracia europea.
Y con Gaza como telón de fondo, creó una Junta de Paz para resolver conflictos al margen de la ONU, con métodos y recursos empresariales. Tarde se comprobaría que esas aplicaciones aislaban a los EEUU, fortalecían a Rusia, potenciaban a China y conducían a peligros innombrables. Guerras expansibles Bajo su mando sin espesor noble, Trump ha comprometido a su país en las dos guerras más expansibles que hoy asuelan la tierra.
Dando apoyo disimulado a la “operación militar especial” de Putin en contra Ucrania, está liquidando su alianza histórica con Europa. Más grave, aún, asociado con Netanyahu ha iniciado una inganable guerra contra Irán, que lo tiene entrampado en Ormuz y cuyos efectos ya son de nivel global. Para esos efectos está arrasando con el ethos de los militares quienes, obedeciéndolo, no sólo asumen sus flagrantes violaciones del Derecho doméstico e internacional.
Además, deben ignorar sus experiencias profesionales en Irak y Afganistán y, sobre todo, olvidar el “trauma de Vietnam”, esa guerra en la cual cinco presidentes invirtieron miles de millones de dólares, durante 20 años, soportando más de 50 mil bajas, para retirarse tras una humillante derrota política, diplomática y militar. Intermedio en la luna La buena noticia es que, mientras se escriben estas líneas, crece en los EEUU el rechazo a Trump. Comienza a asumirse que, por trapacerías menores, Richard Nixon debió renunciar a la presidencia, que los militares se sienten entrampados y que la imperfecta democracia brinda más seguridades que una catástrofe mundial.
En este nuevo contexto el presidente ha iniciado la clásica “fuga hacia adelante”. Destituyó al general Randy George, jefe del Ejército, completando cerca de 15 altos mandos removidos. Simultáneamente, lanzó un ultimátum apocalíptico a los iraníes: si no se rinden esos “malditos locos” él los borrará de la faz de la tierra.
Fiel a su autoestima, confía en que los astronautas de la misión lunar Traveris II le regalen una pausa publicitaria.
¿Te pareció importante esta noticia?
Compártela y mantén informado a Chile