Semana Santa y el derecho a dudar
Por Rodrigo Reyes Sangermani, periodista Desde mi más temprana adolescencia me preguntaba por el sentido estricto de esa idea según la cual, Jesucristo, con su sacrificio, nos habría liberado del pecado original. En la inquietud propia de un joven lector, curioso y en permanente búsqueda de respuestas, intentaba despejar las dudas que me suscitaba la afirmación de que Dios había enviado a su Hijo a la tierra para salvar a la humanidad. Me crié en un ambiente familiar católico, aunque no especialmente estricto, y estudié en un colegio escolapio, cuyo apego a la doctrina dependía muchas veces más de la personalidad de los sacerdotes de turno y del énfasis que cada uno ponía en ella, que de una manera permanente de ver la doctrina Por supuesto, a un niño —y luego a un joven que va despertando paulatinamente al mundo— no le satisface necesariamente escuchar de los adultos, y en particular de los sacerdotes, cualquier explicación dogmática que se diera de lo que significaba o se conmemoraba en Semana Santa, y en general, de las dudas que me ofrecía la religión.
En mi colegio además los curas eran escasos, aunque estaban investidos de una autoridad que parecía convertirlos en depositarios de la verdad sobre los misterios de la existencia. Me intrigó siempre la enorme trascendencia que tenía para la Iglesia la idea de que Jesucristo, el Hijo de Dios y, al mismo tiempo, parte de Él en el misterio de la santísima Trinidad, hubiese muerto en la cruz con el objeto de redimir a la humanidad entera de sus pecados y que, luego, como si aquello fuera poco y no bastara para sostener el edificio de la fe, hubiese resucitado al tercer día, como para decirnos que esa muerte sacrificial finalmente no era tal, constituyéndose esta anécdota así, en el núcleo fundacional del cristianismo. Sin resurrección, dice Pablo a los Corintios, se vendría abajo toda la estantería de la fe.
Y claro, lo entiendo. Una cosa es la muerte sacrificial, por más que intentemos comprenderla a la luz de la teología; otra muy distinta sea aceptar que, pese a esa muerte física y psicológicamente atroz, el desenlace sea la resurrección del espíritu y de la carne, casi como una puesta en escena que hace que ese tránsito de la muerte sea apenas un excusa existencial. Y todo ello, por supuesto, más allá de la inexistencia de cualquier prueba o evidencia física que documente estos acontecimientos como ciertos.
Conste que, en aquellos años de crecimiento y búsqueda, mi inquietud no pasaba por exigir necesariamente una demostración empírica de los hechos, ni por reclamar pruebas materiales que me permitieran verificar aquella muerte sacrificial o el misterio de la resurrección. Eso habría sido pedir demasiado. Me bastaban, mucho más modestamente, explicaciones filosóficas, teológicas o especulativas que tuvieran al menos un mínimo de coherencia interpretativa y deductiva; algo que me permitiera comprender, una pista que me orientara para desentrañar el sentido real y la supuesta verdad de esos hechos, y que no se quedaran sólo en explicaciones tan vagas y extravagantes como que desde el origen del hombre hasta la crucifixión de Jesucristo la humanidad arrastraba con un pecado surgido en el consumo de un fruto prohibido, el del árbol del conocimiento, producto de la desobediencia a Dios.
Respuestas todas, que a ese joven imberbe, por cierto constituían una verdadera provocación precisamente que estimulaban realizar aún más preguntas, lo que abrumaba al pobre religioso. Pero mi sorpresa fue constatar que incluso ante esa demanda razonable de interpretación teológica o doctrinaria, el sacerdote interpelado en cuestión casi siempre se sentía molesto, cuestionado, incómodo e incapaz de satisfacer la curiosidad intelectual de un simple adolescente inquieto. La respuesta final, como cierre, en conversaciones de distinta extensión y profundidad, aunque la mayoría de las veces breves y livianas, era casi siempre la misma: “hay que tener fe”, “son los misterios del Señor”, “son dogmas de la Iglesia”, “no hay nada que entender”, “es así”.
Es decir, la negación misma al final del callejón, de una conversación que escrutara con generosidad los hechos, causas y fenómenos, la negación de una explicación que permitiera comprender a todo aquello que daba pie a toda esa maraña mitológica sobre la cual se sostenía la cristiandad. Con los años, claro, otros interlocutores, me han dicho que los curas del colegio, o los de la parroquia a donde iba como scout, o los adultos que pudieron haber influido en mi vida cristiana no estaban realmente capacitados, o no estaban a la altura de las circunstancias, o no manejaban bien la información, o no tenían la preparación teológica adecuada, o simplemente les daba pereza argumentar frente a un muchacho que parecía querer pasarse de listo. Puede ser.
Quizás muchas de esas circunstancias expliquen la frustración intelectual que aquello significaba para mí. Sin embargo, han pasado los años, y conversando hoy con personas maduras, supuestamente más preparadas, más estudiosas; habiendo accedido a mucha literatura, catecismos, encíclicas, historias, entrevistas, documentales y textos doctrinarios, las preguntas y las respuestas siguen siendo, al final de la discusión, las mismas. El mismo portazo que cierra una conversación entre creyentes y no creyentes, entre cristianos y ateos como uno: “hay cosas que no sabremos nunca”, “solo Dios sabe porqué hace las cosas”, “nuestra mente es incapaz de comprenderlo a Él”, “es un dogma de la Iglesia”, y, finalmente, la mejor de todas: “hay que tener fe”.
Y eso, como ya he ensayado otras veces, es casi como no decir nada. La fe como respuesta definitiva no sólo no explica sino que oculta. No sólo no resuelve, enreda.
No sólo no enfrenta las dudas sino que las conserva intactas y las promueve. No sólo no exalta la inteligencia humana: además, la adormece. Uno puede conversar de estos temas una hora, dos, o pasarse la noche entera argumentando y contraargumentando.
Incluso hay momentos en que la filosofía clásica ayuda mucho: Aristóteles, los exégetas cristianos de los primeros siglos, san Agustín, santo Tomás y los escolásticos. Uno aprende, sin duda. Después aparece Spinoza y se encienden algunas alertas interesantes; aparece Kant, y el problema adquiere otra densidad.
Pero llega siempre un punto en que las certezas religiosas, o la filosofía de la fe, comienzan a tambalear en la búsqueda de respuestas concretas acerca de tantas cosas que nos preguntamos y quisiéramos resolver. Y como ya no se puede avanzar más, la única salida de ese callejón oscuro vuelve a ser la respuesta de siempre, repetida durante más de cincuenta años, qué, durante mil años: la fe. No sabremos nunca las respuestas porque la fe las responde.
No tenemos que hacer preguntas por la fe lo es todo. Si la fe no nos da respuesta, confiemos en el Señor. Y si tú no tienes fe, entonces ese supuesto don divino que por alguna razón premia a unos y no a otros te dejará incapacitado para comprender lo que Dios es y por qué.
Pero no debo preocuparme porque al parecer Dios -ese Dios- igual me ama. En el credo, afirmamos que Dios es a la vez Padre, Hijo y Espíritu Santo; que Dios es todo, sin embargo, Dios está fuera de todo porque es anterior al todo, vaya paradoja; que es cierto que el hombre evolucionó de antecesores comunes con otros primates, pero que en algún momento hubo un primer hombre privilegiado llamado Adán al que Dios insufló un alma; o no, que Adán y Eva no son un mero símbolo, sino que registra un episodio real, pero no tan real, en fin; que el cielo, el paraíso y el Edén existen; que quienes siguieron a Dios y obraron bien vivirán para siempre resucitados en un lugar de dicha eterna; y que, por el contrario, quienes obraron mal, no se arrepintieron y no vivieron según los preceptos de la Iglesia, terminarán abrasados en el infierno, acosados por el fuego de Satanás y las almas errantes. Todo extraño, ilógico.
Pero es así. Es así porque es cuestión de fe. Pero volvamos al mito cristiano por antonomasia: la muerte redentora del Hijo y la resurrección de Jesucristo.
¿Sería posible pensar en nuestra propia resurrección, en la promesa de una vida eterna, si el mismísimo Hijo de Dios no hubiera resucitado? Se caería toda la estantería. No hay duda.
Por eso casi no vale la pena cuestionarlo siquiera, ni intentar descifrar ese misterio, ni abrir la posibilidad cierta de que esa muerte en la cruz y la resurrección no sean sino un mito, como tantos otros mitos religiosos, como tantos miles de mitos que han abundado en la historia y la prehistoria humanas: diluvios purificadores de pecados, vírgenes que engendran dioses, dinastías proféticas, solsticios y equinoccios, pascuas, los ángeles, el pacto de un pueblo, la luz como símbolo de la vida, el castigo y el premio divinos tras los actos de los hombres, la vida eterna y tantas otras formas en que la humanidad, desde siempre, ha intentado darle sentido al dolor, a la culpa, a la esperanza y a la incomprensión de la muerte, la rebeldía frente a la inexistencia. Otra consecuencia desagradable de esta discusión es que el interlocutor creyente o el lector, suele sentirse ofendido, como si la sola pregunta ya constituyera una falta de respeto. Y no ya respecto de la idea misma que se discute, del dogma que se cuestiona o de la creencia que se critica, sino respecto de la persona que la sostiene.
Se nos acusa a los ateos de ser irrespetuosos o intolerantes por el sólo hecho de manifestar una opinión contraria a sus ideas, de poner en duda sus certezas o, incluso, si no las hacemos tambalear, de criticarlas, lo que muchas veces les resulta igualmente molesto. Ya no se trata solo de la explicación tantas veces repetida de que el problema es que uno no tiene fe. Eso se dice a menudo como si se estuviera señalando una carencia casi física, una suerte de desgracia íntima, como si a uno le faltara un brazo, hubiera nacido ciego o padeciera una enfermedad terminal.
Desde esa lógica, pareciera que no pueden ponerse a la altura de ellos porque, en el fondo, sería uno quien arrastrara una cierta discapacidad espiritual. No tener fe equivaldría así a carecer de una facultad esencial, y como no se posee esa facultad, discutir o argumentar con alguien como uno resultaría poco menos que inútil. Es como si pretendieran correr una maratón con una persona a la que, según ellos, le faltara una pierna.
Te miran con sospecha sino con pena, no fuimos objetivo de los dones de Dios. No nos eligió para creer en él. Qué desdicha la de uno.
Muchas veces, para evitar esa acusación brutal —la de cargar con la supuesta desgracia de la incredulidad—, uno tiende a quedarse callado, o al menos a permanecer en discreta posición en una reunión social donde los creyentes abundan; a ceder ante la exuberancia verbal de los religiosos o asistir demasiado respetuosamente a ceremonias públicas y privadas como si la normalidad inundara nuestros actos, haciendo como que nada es ridículo, las frases dichas por los sacerdotes respecto del ejército de ángeles que recibirán al fallecido en el cielo o a la idea de que lo que Dios una no lo pueda separar el hombre, o al incomprensible misterio de la transubstanciación del pan y del vino y la mística condición sagrada del santísimo; en fin, a guardar silencio para no incomodar, para no caer mal, para no hacer demasiado visible que uno es, en cierto sentido, un paria, un raro en medio de un mundo que todavía supone normal aquello que para otros no lo es. Porque en la extrañeza del mundo moderno existen personas, como uno, que no sólo no creen en aquello que se supone que todos debiésemos creer, sino que además tienen la osadía de escrutar las creencias ajenas, de someterlas a crítica, de negarse a aceptar sin más que quienes creen se vanaglorien de ser los depositarios de una verdad trascendental. Y es ahí donde aparece otra dimensión del problema: la pretensión de que ellos serían, además, los dueños originarios del concepto mismo de Cultura Occidental, como si esa fórmula, repetida con tanta solemnidad, fuera en sí misma el signo incuestionable de un mundo superior, más civilizado, más avanzado, más verdadero.
Como si bastara invocar esa tradición para clausurar cualquier duda y para convertir toda crítica en una insolencia. Pero no. La tradición no vuelve verdadera una afirmación, ni la costumbre santifica una idea, ni la antigüedad de una creencia la vuelve inmune al examen racional.
Pero a mí me cuesta quedarme callado. Y creo que vale la pena aclararlo de nuevo: no lo hago por el simple afán de molestar a quienes se sienten molestados, ni para persistir en esa caricatura del joven eternamente inquieto que quiere dárselas de sabelotodo. Muy por el contrario.
Precisamente porque son tantas las cosas que no sabemos —o que no sé—, que me inquieta que algunos pretendan ofrecer respuestas definitivas amparados en el sacrosanto concepto de la fe, y más aún, que aspiren a que esa sea la respuesta que todos —la sociedad entera, los países, la cultura— deban abrazar como propia: una verdad única y excluyente, la supuesta verdad redentora de la especie humana. Decir que me cuesta quedarme callado tiene que ver también con una evidencia histórica: durante siglos ha imperado una determinada forma de ver las cosas, una manera de interpretar la creación, la vida y la muerte, las relaciones sociales e incluso la intimidad de la cama, todo ello bajo un prisma que se instaló no sólo por la fuerza de la tradición, como ya he dicho, sino también por la fuerza, a secas; por la dominación cultural y por el poder de una Iglesia que actuó durante mil cuatrocientos años, por casi cinco siglos en la historia latinoamericana, como fuente casi exclusiva de respuestas para todas las preguntas, las existenciales y las mundanas. Sin embargo, si no hubiera sido por los rebeldes, los insubordinados y los indóciles; por los inconformistas, los racionales y los curiosos; por los hombres de ciencia, por los jóvenes inquietos y hasta por esos adolescentes molestos en busca de respuestas, la humanidad seguiría quizá sumergida en el oscurantismo del prejuicio y del miedo, sometida a los designios inexpugnables de las divinidades de turno, ya fueran las del Olimpo, las de Odín o las del dogma triunfante de cada época.
Lo que hoy entendemos como avance civilizatorio, como pensamiento crítico, como emancipación del espíritu frente al temor y la superstición, no nació de la obediencia sino de la duda, de la duda permanente. Es esa rebeldía la que me mantiene en un estado de incesante interpelación frente a la fe: frente a esa creencia ciega en verdades trascendentes aceptadas porque sí. Y por extensión, también frente a todas aquellas otras creencias —trascendentes o mundanas, religiosas, políticas o ideológicas— que terminan por esclavizar la libertad de conciencia.
Me refiero a esas formas de evangelización que, en vez de ofrecer una buena nueva, introducen en la vida de las personas una larga lista de dogmas incuestionables, de hábitos y mandatos que la mayoría de las veces atentan contra el libre albedrío, contra la autonomía moral e incluso contra algo más esencial todavía: la posibilidad de conquistar una felicidad sincera, no empañada por la culpa, por el miedo ni por la vana promesa de una vida eterna. Es una rebeldía que muchos creyentes no comprenden. Se preguntan cuál podría ser el verdadero interés de alguien ajeno a la fe por discutir la idea de Dios o por cuestionar la vida de los creyentes, como si ese Dios —o esos dioses— y como si esos creyentes fueran apenas una pequeña secta privada, encerrada en sus catecismos, sin interferencia alguna en la historia ni en la vida de los demás.
Pero no ha sido así. Nunca lo ha sido. Las religiones, y en particular el cristianismo en nuestras sociedades, no han ocupado un rincón inocuo de la existencia: han modelado costumbres, sensibilidades, leyes, jerarquías, culpas, prohibiciones y formas enteras de comprender el mundo.
Por eso criticarlas, interrogarlas o someterlas a examen no es una intromisión caprichosa en la intimidad espiritual de otros, sino también una manera legítima de discutir uno de los grandes paradigmas que han ordenado la vida colectiva. ¿Es difícil el diálogo? Sí, lo es.
Y lo es porque, tolerancias más o tolerancias menos, cristianos más abiertos y ecuménicos o más cerrados y dogmáticos, les cuesta ponerse realmente en el lugar del otro y aceptar que no poseen la verdad y que no tienen derecho, sobre todo, a imponer como verdadero y único una forma de pensar para todos. Por eso, lo que plantea su interlocutor termina siendo visto, en el mejor de los casos, como un error; en otros, como un arrebato, una falsedad o una blasfemia. Los más recalcitrantes incluso incorporan a Satanás en la ecuación, como si el descreído fuera poco menos que un extraviado espiritual, un pobre cojo incapaz de correr la maratón de la vida como ellos, favorecidos —según creen— por el don de la fe, obsequiado generosamente por un Dios que, dicho sea de paso, no es ya el de los cuadros renacentistas, que no tiene cuerpo ni materia, que no es masculino ni femenino, que es a la vez espíritu y carne en un hombre crucificado, y creador de todo, incluso de lo anterior al todo, salvo de sí mismo, porque sería eterno.
Como si el propio universo no pudiera, por su parte, bajo la misma lógica, pensarse también como eterno en alguna de sus formas o dimensiones anteriores al Big Bang. Nos miran todavía con una mezcla de desprecio, desconfianza y conmiseración. Cada vez menos, es cierto, como a bichos raros, pero sí como a personas extraviadas, incapaces —según ellos— de comprender aquello que ni ellos mismos comprenden del todo.
Y, sin embargo, se conforman con mitos y leyendas incubados desde la infancia más temprana por bisabuelos devotos, abuelos devotos, padres devotos, tíos y vecinos devotos, profesores devotos y medios de comunicación igualmente devotos, todos contribuyendo a normalizar lo que la historia, durante siglos, se encargó también de normalizar. Después se nos dice que ese niño, concientizado desde pequeño en los mitos de un dios particular, resuelve más tarde, ya en la adolescencia o en la temprana juventud, seguir creyendo como resultado de un supuesto libre albedrío, en un acto de libertad absoluta y autónomo de conciencia, como si no advirtieran hasta qué punto esa idea de Dios le fue inoculada desde el principio, casi como una inyección hipodérmica, envuelta en la medallita de una virgen colgando sobre el pecho o escondida entre los algodones del ajuar materno. Y es entonces cuando vale la pena formular una pregunta decisiva: ¿sería ese mismo Dios, reclamado después como el único verdadero, si ese niño hubiese nacido en otro rincón del mundo, incrustado en otra familia, en otro barrio, en otro país, en otro continente?
¿Sería el mismo Dios si el feligrés hubiera nacido en un suburbio de Bombay, en una yurta de Mongolia, en una choza del corazón del África sudoccidental o junto a una mezquita de Islamabad? La respuesta parece demasiado evidente como para no inquietar. Porque al final podemos convenir que lo único que diferencia a los creyentes de los ateos es que los creyentes son ateos de todos los dioses, por supuesto, menos del suyo, y los ateos lo somos de todos, sin exclusiones.
Pero, en fin, ahora entramos en Semana Santa, y con ella el mundo cristiano vuelve a imponer no solo costumbres a estas alturas un tanto absurdas —como esa compulsión casi ritual de abalanzarse a las pescaderías para aprovisionarse de pescados y mariscos, que en definitiva pareciera ser la única costumbres masivas y populares de la semana—, sino también creencias de fondo que tocan el núcleo mismo del mito de la cristiandad, la idea porque sí: de que hay vida más allá de la muerte y de que la resurrección de la carne permitirá, en ese más allá, reencontrarnos en la eternidad con los seres queridos. Esas eran, por ejemplo, las profundas preocupaciones de la devota madre de Javier Cercas en su libro del loco de Dios: más que las sutilezas del dogma, lo que le importaba de su fe era la promesa de la vida eterna y la posibilidad de volver a ver a su marido fallecido. Y es que —volviendo a San Pablo— sin resurrección no hay fe; sin fe no hay Iglesia; y sin Iglesia, parecería creer todavía mucha gente, el mundo quedaría a la deriva, desprovisto de norte y de convicciones morales.
De ahí que el resguardo de la mitología cristiana siga presentándose como una necesidad urgente, administrada por una jerarquía siempre dispuesta a preservarla, incluso frente a esos jóvenes imberbes, inquietos y curiosos que no se conforman con la verdad impuesta ni con la verdad revelada, y que prefieren buscar sus propias respuestas como lo que son: entidades conscientes y libres.
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