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Semana Santa: cuando cuidar toca el alma
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02:30 · Chile

Semana Santa: cuando cuidar toca el alma

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Cuatro de la mañana. Afuera de un bar, yacía un hombre ensangrentado, alcoholizado, golpeado y apenas respirando. No sé cómo encontró fuerzas para hablar, pero alcanzó a decir que le avisaran a su mamá que lo perdonara.

Estaba arrepentido. Durante el traslado, le tomé la mano y le pregunté si quería que orara por él. “Hágalo, por favor”, respondió.

Fueron sus últimas palabras antes de llegar al servicio de urgencia. En salud, gran parte del esfuerzo se centra en aliviar el dolor físico, en aquello que podemos medir e intervenir: presión arterial, respiración, signos vitales. Pero hay otra realidad que no aparece en los monitores y que, sin embargo, pesa tanto como cualquier diagnóstico.

Es invisible a los ojos, pero profundamente real, experiencias humanas que desbordan cualquier explicación puramente biológica: el sufrimiento, el arrepentimiento, el perdón o el amor. La vida humana desborda lo meramente material. La Organización Mundial de la Salud reconoce la dimensión espiritual como aquella vinculada a experiencias que trascienden lo sensorial.

Florence Nightingale la consideraba el recurso más profundo y poderoso de sanación. No es un complemento, es parte esencial del ser humano. Por eso, ciencia y espiritualidad no se excluyen.

Se complementan. La ciencia ayuda a entender el cuerpo; la espiritualidad, el sentido de la vida. En este contexto, la Semana Santa nos invita a detenernos, nos ofrece un tiempo para reflexionar.

En medio de la prisa y la tecnología, recuerda que cuidar la salud no es solo atender lo físico, sino también esa dimensión interior que influye en cómo enfrentamos el dolor. La espiritualidad es la capacidad de ir más allá de lo inmediato y visible. En ella se expresa nuestra necesidad de trascender, dando sentido a lo que vivimos incluso en el límite.

Vivimos en un mundo que nos reduce a cifras y resultados. Pero somos más que eso, somos cuerpo y espíritu. Meses después de aquella madrugada, me encontré nuevamente con ese hombre.

Contra todo pronóstico, había sobrevivido. Vestía formal, caminaba del brazo de su madre. Se acercó, me abrazó y, sin decirme mucho, lo entendí todo.

Sanar no es solo cuestión de cuerpo. También es cuestión de alma.

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