Se busca oposición
El Gobierno de José Antonio Kast lleva semanas generando una seguidilla de controversias. Algunas son de las que dejan huella: el histórico aumento en el precio a los combustibles; el recorte parejo del 3% a todos los ministerios, sin distinguir entre derechos sociales que no se pueden tocar y áreas urgentes como la seguridad, que no se pueden desfinanciar; la salida intempestiva de la jefa de inteligencia de la PDI, sin explicación pública; el portazo a la candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de la ONU. Otras son más bien domésticas: las apariciones de la primera dama, el cambio de logo, la estridencia cotidiana de los mensajes que salen de Palacio.
Y hay una tercera categoría, quizás la más preocupante: la disposición a mentir desde el poder para justificar las propias decisiones. El posteo oficial que declaró al Estado chileno “en quiebra”, un concepto técnicamente falso que el exministro Briones calificó de ignorantemente atrevido y que el propio ministro de Hacienda debió salir a desmentir, no es un error comunicacional. Es una señal de algo más profundo: la voluntad de distorsionar la realidad.
Frente a esto, la oposición ha tenido que salir a responder en todos los frentes, muchas veces sin coordinación y, a ratos, sin una línea clara. La buena noticia es que algo se está moviendo en la oposición. Las reuniones semanales de coordinación, comunicacional y también económica, como respuesta a la agenda del ministro Quiroz, son una señal concreta de que el instinto de articulación sigue vivo.
No es poco. Pero la coordinación táctica no reemplaza lo que realmente falta: densidad política. Hay voces que dramatizan las diferencias internas del progresismo.
Yo llamo a lo contrario: no dramatizar, pero tampoco mirar para el lado. Las diferencias entre comunistas, frenteamplistas, socialistas, pepedés, liberales y democratacristianos son reales. En agenda legislativa y prioridades, en estilos de comunicación, en los públicos a los que se le habla y en convicciones ideológicas de fondo.
Durante la administración Boric esas diferencias se matizaron: se gobernó en conjunto, la DC operó desde afuera pero como ancla de centro, se llegó a acuerdos de unidad en municipales y parlamentarias, y todas las fuerzas progresistas confluyeron en una misma primaria presidencial. Eso fue real. Y fue valioso.
Pero ese ciclo terminó. Por primera vez en democracia, la ultraderecha gobierna Chile. Y se encuentra con una oposición desarticulada, fragmentada y sin densidad política.
Ese es el diagnóstico. La pregunta es qué se hace con él. La respuesta no puede ser adelantar la construcción de una gran coalición unitaria.
Ya habrá tiempo para eso. El riesgo mayor, y más inmediato, es otro: que la ausencia de debate interno se resuelva por la vía fácil, es decir, por la búsqueda de un líder. Ya ocurrió con Bachelet.
Hay condiciones para que ocurra con Boric. El progresismo no puede caer dos veces en el mismo error. Un liderazgo carismático puede ganar elecciones, no puede reemplazar la construcción política.
Lo que se necesita hoy es que cada partido haga su propio trabajo. Que el PC responda a quién le habla hoy. Que el PS defina qué cree y para quiénes gobernaría.
Que el FA establezca hasta dónde está disponible a negociar con un gobierno al que se opone. Que la DC precise qué la diferencia, y qué la acerca, al resto del bloque. Son preguntas incómodas, pero necesarias.
Hace décadas un conocido referente de izquierda propuso que florezcan mil flores. No es una invitación al caos: es una apuesta por la diversidad como fortaleza. Los partidos progresistas tienen que salir a conversar con trabajadores, estudiantes, organizaciones civiles y, sobre todo, con la gente común que los abandonó, que no les creyó o que se sintió defraudada por la administración Boric.
De esas conversaciones tiene que emerger algo concreto: el Chile en que cada uno cree y por el que está dispuesto a luchar durante los próximos cuatro años. Eso no se construye con coaliciones anticipadas ni con fotos de unidad que solo le importan a los que salen en ella. Se construye con debate, con identidad propia y con trabajo territorial.
Sin abandonar la artillería diaria que exige responder a un gobierno que lleva semanas dando razones para ello. Mientras el progresismo no resuelva quién es y qué quiere, Chile seguirá buscando oposición. El aviso está publicado.
Alguien tiene que responderlo.
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