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Salud mental en Chile: 35 años de excusas
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21:52 · Chile

Salud mental en Chile: 35 años de excusas

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Por Ricardo Manzur Carrasco El 27 de marzo de 2026, Hernán Meneses Leal, 18 años, estudiante de cuarto medio del Instituto Obispo Silva Lezaeta de Calama, entró a su colegio con cuatro cuchillos, gas pimienta, un bastón retráctil, gasolina y un lanzallamas improvisado. Llevaba meses planificándolo. Lo llamó Dies Irae, día de ira.

Mató a una inspectora. Hirió a otras cuatro personas. El ataque solo terminó porque un compañero de 15 años lo derribó con una llave de jiu-jitsu.

Lo que vino después fue predecible. José Antonio Kast condenó el ataque. Los ministros de Educación y Seguridad viajaron al norte.

El Ministerio Público formalizó al imputado en 72 horas. La Fiscalía habló de acción premeditada, de Violencia Escolar Dirigida, de planificación de meses. Los medios cubrieron el cuaderno con los planes, la katana, el video que publicó antes del ataque con la cara cubierta.

Lo que nadie preguntó fue lo único que importa: ¿cómo llegó este joven a ese punto sin que nadie lo viera? La respuesta incomoda porque no cabe en un parte policial. Entran los cuchillos, el gas pimienta, el cuaderno con fechas y objetivos.

No cabe el sistema de salud mental, que no existe a la escala que Chile necesita, que no tiene protocolos de detección temprana en los colegios, sin psicólogos suficientes en la atención primaria, y que no ha sido prioridad para ningún gobierno en 35 años de democracia. El crimen de Meneses no se justifica. Pero tampoco se explica solo con la palabra monstruo.

Explicarlo así es cómodo e inútil. Permite cerrar el caso sin tocar nada. José Antonio Kast llegó a La Moneda declarando un gobierno de urgencia.

Seguridad, economía, orden. El discurso tiene audiencia. El problema es que el mapa está equivocado.

Hay una urgencia que no aparece en su agenda, que no figura en sus planes sectoriales y que, si uno revisa con honestidad, tampoco apareció en la de Bachelet, ni en la de Piñera ni en la de Boric. Treinta y cinco años de democracia y ningún gobierno chileno ha tratado la salud mental como lo que es: la base sobre la que se sostienen o se derrumban todos los demás problemas que estos presidentes dicen querer resolver. El presupuesto que no se mueve Chile destina el 2% de su presupuesto de Salud a salud mental.

Ese porcentaje no ha cambiado en décadas. Reino Unido destina el 10%; Australia el 9,6%; Nueva Zelanda y Suecia el 11%. El promedio mundial es del 2,8% y Chile está por debajo del promedio mundial.

En 2011, el gobierno de Piñera presentó la Estrategia Elige Vivir Sano reconociendo que las enfermedades mentales tienen un costo económico muy alto para el país. Fue una declaración de intenciones sin presupuesto, sin plazo y sin indicadores. Cuatro años después, el porcentaje asignado era idéntico al anterior.

Bachelet, en su segundo período, creó el Plan Nacional de Salud Mental 2017-2025. El más ambicioso hasta entonces en papel. La cobertura de atención alcanzó a poco más del 20% de las personas afectadas por trastornos mentales, cuando en países de medianos ingresos similares llega al 50%.

El plan existió. La inversión para ejecutarlo, no. Boric llegó prometiendo duplicar el presupuesto de salud mental.

Su proyecto de ley no incorporó un aumento significativo. Lo que sí hizo su gobierno fue que cuando los trastornos mentales lideraron las licencias médicas, la primera reacción fue sospechar de los pacientes en vez de preguntarse por qué estaba enfermando tanta gente. Kast, por ahora, ni siquiera menciona el tema.

Lo que la omisión cuesta Los trastornos mentales lideran las licencias médicas en Chile con el 32% del total, según SUSESO. Casi el 1% del PIB se destina al financiamiento de esos permisos. La depresión tiene un mayor peso económico en el costo total de manejo de la enfermedad que el cáncer.

Los costos indirectos de los trastornos mentales —pérdida de productividad, ausentismo, gasto en justicia y vivienda— igualan o superan los costos directos del tratamiento. La depresión y la ansiedad cuestan a la economía mundial alrededor de un billón de dólares al año. Los países que lo entendieron primero llevan décadas de ventaja.

El vínculo que Kast no quiere ver El candidato que construyó su campaña sobre la delincuencia tiene un problema de diagnóstico estructural. Uno de cada cuatro jóvenes infractores de ley había iniciado el consumo de drogas a los 12 años, y casi el 50% declaró haber consumido sustancias al llegar a la edad de imputabilidad penal. El 61,5% de los chilenos declara sentirse altamente estresado al pensar en crimen organizado y narcotráfico.

Ese estrés crónico es en sí mismo un factor de deterioro de salud mental que alimenta el consumo y la exclusión social. El narcotráfico no recluta en el vacío. Recluta donde la salud mental no llega, donde no hay psicólogos en los colegios, donde el único que te escucha es el que te ofrece pasta base.

Combatir la delincuencia sin tratar la salud mental es limpiar el río sin cerrar el grifo. Durante treinta y cinco años, todos los gobiernos han limpiado el río. Lo que hacen los países que sí lo entienden Islandia no combatió el consumo juvenil de drogas con mano dura.

Lo combatió con un programa llamado Planet Youth que detectó que los adolescentes consumían para llenar tiempo libre sin estructura y sin vínculos. La respuesta fue deportes, artes y actividades comunitarias financiadas por el Estado. En una década, el consumo de alcohol en adolescentes islandeses cayó del 42% al 5%.

Sin un solo tribunal de menores adicional. Australia integró psicólogos en la atención primaria hace más de 15 años. Hoy cualquier australiano puede acceder a diez sesiones de psicología subsidiadas por Medicare al año, sin lista de espera, sin derivación compleja.

El resultado es reducción medible del ausentismo laboral y del gasto en hospitalización psiquiátrica de urgencia. El Reino Unido creó en 2013 el programa Improving Access to Psychological Therapies, que lleva terapia cognitivo-conductual a escala masiva en atención primaria. Desde entonces ha tratado a más de un millón de personas por año.

El retorno económico calculado es de entre tres y cinco libras por cada libra invertida. Portugal despenalizó el consumo de drogas en 2001 y destinó los recursos del sistema penal a tratamiento y reinserción. Las muertes por sobredosis bajaron de 80 por millón de personas a tres por millón.

El VIH entre consumidores de drogas se redujo un 95%. No porque los portugueses sean distintos. Porque decidieron tratar la adicción como una enfermedad, no como un delito.

Lo que Chile necesita y ningún gobierno se ha atrevido a hacer El presupuesto de salud mental tiene que subir al 5% como piso inmediato y al 10% como meta en cuatro años. Con indicadores y rendición de cuentas pública, no como declaración de intenciones en un plan que nadie ejecuta. Los CESFAM necesitan psicólogos de forma permanente.

Hoy hay comunas enteras sin un profesional de salud mental en la atención primaria. El test AUDIT para alcohol y los cuestionarios de detección temprana de depresión y ansiedad existen, están validados y toman tres minutos. No son de aplicación sistemática en Chile.

Esa decisión no requiere presupuesto. Requiere voluntad. Los tribunales de tratamiento de drogas para personas imputadas con consumo problemático documentado reducen la reincidencia entre un 30% y un 50% en los países donde operan.

Chile no los tiene a escala. Y los centros de rehabilitación privados que operan sin supervisión real ni estándares clínicos mínimos siguen funcionando porque nadie fiscaliza. La pregunta que nadie responde Se ha demostrado que invertir en prevención, detección y tratamiento temprano de salud mental produce retornos en un plazo menor a cinco años.

Cuesta más no hacerlo. Los datos están disponibles desde hace décadas. Los modelos funcionan en otros países.

El costo de no actuar es cuantificable y supera con creces el costo de actuar. ¿Qué explica entonces treinta y cinco años de inacción? La respuesta no es técnica.

La salud mental no tiene lobby. Los pacientes psiquiátricos no marchan. Los adictos en recuperación no financian campañas.

Las familias que buscan un psicólogo y no lo encuentran no generan portadas. Hernán Meneses tampoco generaba portadas. Hasta que entró a su colegio con cuatro cuchillos y un cuaderno con meses de planes.

Por Ricardo Manzur Carrasco Periodista. Especialista en comunicación de salud mental y adicciones. Certificado por OPS/OMS y SENDA en neurobiología del consumo y política de drogas.

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