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Romper el cristal: mujeres, poder y diplomacia en Chile
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00:46 · Chile

Romper el cristal: mujeres, poder y diplomacia en Chile

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Existe una imagen antigua, casi desteñida por el tiempo, que todavía habita en el imaginario colectivo: el diplomático como un hombre de traje oscuro, maletín de cuero y paso firme por los pasillos de algún organismo internacional. Una figura que parece salida de una fotografía en sepia, congelada en una época en que el porvenir del mundo se negociaba entre caballeros. Pero en pleno 2026 esa imagen no es solo arcaica.

Es un anacronismo. La diplomacia internacional sigue siendo, en muchos sentidos, un club cerrado que ha aprendido a abrir la puerta, pero no a entregar las llaves. Según un informe de LSE IDEAS de la London School of Economics (“Women in Diplomacy”, 2024), apenas veinte de cada cien embajadores en el mundo son mujeres.

El avance ha sido tan lento -apenas cinco puntos porcentuales en una década- que, de continuar a este ritmo, la igualdad llegará -con suerte- cuando nuestras nietas ya peinen canas. El problema no es sólo simbólico. En el caso de Chile, es estructural.

La carrera diplomática no es una fotografía: es una arquitectura. Y como toda arquitectura, determina quién puede habitar sus espacios y quién permanece en el umbral. Como Directoras de ADICA sabemos que para transformar esa arquitectura no bastan los discursos; se necesitan planos claros y voluntad política para rediseñar sus estructuras.

Un ejemplo de lo anterior es el acuerdo de nombrar un 80% de embajadores de carrera. Ello no es un capricho gremial ni una cifra administrativa. Es, en realidad, un muro de contención contra la discrecionalidad.

Es una de las garantías para que el liderazgo femenino no llegue como una concesión ocasional del poder político, sino como el resultado natural de una trayectoria hecha de concursos exigentes, idiomas aprendidos, estudio y destinaciones complejas: fronteras remotas, países en crisis, ciudades donde representar al Estado exige tanto temple como vocación. Las paredes invisibles La diplomacia es un oficio hecho de movimiento constante. Traslados, destinaciones al exterior, equipaje siempre a medio cerrar.

Pero ese movimiento tiene un costo que no se distribuye de manera equitativa. Las mujeres lo conocemos bien. Se manifiesta en las llamadas paredes de cristal, esas barreras invisibles que empujan a las diplomáticas hacia áreas consideradas “naturales” para ellas -cultura, desarrollo, cooperación- mientras los hombres continúan monopolizando las carteras donde se negocia el poder duro: la economía, la seguridad, la defensa.

Pero hay también un peso más silencioso, más cotidiano: el peso del hogar. La casi eliminación de la asignación de escolaridad en 2025 del presupuesto del Estado, no es un asunto administrativo menor. Es un golpe directo al equilibrio precario que muchas mujeres del servicio exterior han construido entre la vida familiar y la carrera diplomática.

Cuando el Estado deja de apoyar la educación de los hijos de sus representantes en el exterior, lo que hace es trasladar ese costo -económico y emocional- a quienes ya cargan con él. Y en la práctica, ese costo recae con mayor fuerza sobre las mujeres. Así, muchas diplomáticas se enfrentan a una disyuntiva brutal, aceptar un destino estratégico o garantizar la estabilidad educativa de sus hijos.

No es una elección libre. Es una renuncia forzada. Cuando una diplomática rechaza un destino por falta de apoyo escolar, el Estado no está ahorrando dinero.

Está perdiendo talento, debilitando su propia capacidad de representación en el mundo. Y, sobre todo, está reproduciendo una estructura que mantiene el status quo de quien se mantiene en el umbral. Reconstruir la casa Si la diplomacia fue durante siglos una casa diseñada por hombres, el desafío de nuestro tiempo es remodelarla sin miedo.

No buscamos simplemente una silla en la mesa. Buscamos redibujar la habitación. Eso significa comprender que una diplomática nunca viaja sola: viaja con su familia, con su historia, con los afectos que sostienen su vida.

Significa diseñar políticas que permitan conciliar el deber con el cuidado, el servicio público con la vida privada. Significa también limpiar los cristales del mérito: crear sistemas de selección y ascenso que no reproduzcan prejuicios heredados, que permitan que el talento -y no la cercanía al poder- determine quién representa al país. Significa amplificar las voces de las diplomáticas, para que su trabajo no quede oculto tras los muros silenciosos de la burocracia.

Porque cuando las mujeres son invisibilizadas, la política exterior chilena pierde la mitad de su mirada. Y significa, finalmente, escribir la equidad en el lenguaje más concreto del Estado: el presupuesto. Porque los números también cuentan historias.

Y un presupuesto que ignora las brechas de género termina consolidándolas. La diplomacia no es solo un ejercicio de negociación y fortalecimiento de las relaciones entre Estados. Es también un reflejo de la sociedad que representamos.

Por eso la pregunta ya no es si las mujeres deben estar en la diplomacia. La pregunta es cuánto tiempo más pueden permitirse los países seguir afianzando su política exterior sin una apropiada participación de ellas.

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