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Revisionismo rupturista estadounidense: la hora de las diarquías
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15:33 · Chile

Revisionismo rupturista estadounidense: la hora de las diarquías

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La evidente escalada en Oriente Medio, con el bloqueo de Ormuz, el ataque a yacimientos petrolíferos y gasíferos y a las instalaciones relacionadas con el desarrollo nuclear, sumado a la ampliación del teatro de operaciones hasta el Océano Indico, además de Gaza, Cisjordania y hoy el sur de El Líbano y Beirut, contrasta con el exultante optimismo de la administración Trump tras la operación “resolución absoluta” en Venezuela. La colaboración con el gobierno de Delcy Rodríguez que Washington reconoce “a cargo” de Caracas implicó un gradual levantamiento de sanciones al país caribeño con un altísimo precio del barril de petróleo, fortaleciendo el interinato que ahora dispone de mayores ingresos sin acoso exterior. Lee también...

Trump ahora propone "control conjunto" de Ormuz con el Ayatolá de Irán, pese a no reconocer al régimen Martes 24 Marzo, 2026 | 11:36 Con Irán en cambio ha ocurrido lo contrario. Como en Ucrania respecto de la invasión rusa de febrero de 2022, temprano fue claro que el contundente primer golpe a Teherán no lograba la caída de un régimen que, aunque seriamente lastimado, sobrevivía estructuralmente. Otra provocadora imagen puede ser la de unas “Guerra Médicas al revés” cuando el formidable antiguo Estado aqueménida del Shahanshah (“rey de reyes”) fue incapaz de doblegar a las polis helénicas de Atenas y Esparta.

Es un recargado revisionismo rupturista, que como el de la Rusia de Putin en otros espacios pretende reordenar a su favor, y algo diferente al chino que, sin dejar de pretender cambiar el orden internacional, lo hace sin estridencia y con cautela. Es decir, aceptando espacios multilaterales y particularmente el principio de soberanía nacional, aunque desde luego rechazando valores de carácter universal como el respeto irrestricto a los derechos humanos. El organizador del sistema de 1945 deja atrás la ideología política y económica liberal, ignora el multilateralismo para gestión del comercio, desarrollo y la defensa colectiva y sobre todo remplaza el resguardo del orden a partir de una coalición de países que comparten valores liberales por diversas alianzas políticas afines y voluntarias, temáticamente ad hoc, prefiguradas por aquellas que siguieron a la caída de las Torres Gemelas.

Atrás queda también la noche de la reelección trumpista, donde declaraba comprometerse a “no comenzar una guerra, sino a detenerlas”. El no intervencionismo de campaña electoral se saldó en un año con operaciones militares en Venezuela, Yemen, Siria, Nigeria y Somalia, y ahora Irán. Dicho país, sin embargo, ha resistido los embates y el dominio aéreo de sus enemigos, trasladando la guerra a un campo que el presidente Trump conoce, la guerra económica, su potencial espiral inflacionario producto del bloqueo de Ormuz.

Así Irán ha recuperado aliento por el momento. Ahora la Casa Blanca habla de negociaciones en curso, en lugar de contactos por medio de intermediarios (Omán, Pakistán) y afina lo que González y Tokatlian llamaron el «experimento ensayado en Venezuela», que combinó la expulsión de las jefaturas de Estado, aunque sin cambio de régimen, una convivencia temporal con gobiernos no democráticos en beneficio de Estados Unidos. Es decir, una diarquía, sistema que suele formarse cuando ningún poder logra imponerse a los demás (aunque en Venezuela si la hubo) por lo que los contendientes acuerdan pautas para salir de la crisis y eventualmente una gestión conjunta: Como en la medieval “querella de las investiduras” se trataría de dos titulares al frente de un grupo.

Se dice que la administración Trump escruta sigilosamente al presidente del Majlis (Asamblea Legislativa Consultiva iraní) como socio potencial para lograr alguna salida al conflicto, Mohammad Bagher Ghalibaf, quien no ha titubeado amenazar con la retaliación a Estados Unidos y sus aliados en la guerra. Se trataría de un posible interlocutor para escapar del laberinto de secuelas que trae la guerra económica en los mercados mundiales del crudo con potencialidad recesiva. El mismo expediente se intenta replicar en el enfrentamiento entre Estados Unidos y Cuba en el que el diálogo que se abrió en Saint Kitts and Nevis tuvo como interlocutor reconocido al nieto y guardaespalda de Raúl Castro Ruz, Raúl Guillermo Rodríguez Castro, quien, sin embargo, no ostenta cargo oficial en la acosada isla caribeña.

Lo anterior no es un óbice menor para La Habana que aspira en cualquier caso a retener su soberanía y una negociación de Estado a Estado, es decir entre unidades teóricamente equivalentes -y no contactos personales-, para garantizar que todo cambio (o sucesión) sea conforme a la institucionalidad revolucionaria, donde Rodríguez Castro sencillamente no figura. Lee también... Trump, Irán y armas nucleares: si funciona, no lo arregles Martes 24 Marzo, 2026 | 12:47 Lo anterior hace pensar a los más escépticos en un movimiento táctico de Estados Unidos en medio de tensiones, aunque sin desaflojar el doble bloqueo económico-energético impuesto, considerado la antesala de un estallido popular para el cambio completo de sistema.

Hoy, y a diferencia del caso venezolano con Delcy Rodríguez, es poco probable que el titular del Salón Oval pueda designar directamente a los próximos líderes en Irán y Cuba –a menos que esté determinado a perseverar en el derrotero bélico-, por lo que, en cualquier caso, incluso mejorando su posición, tendrá que conformarse con la sobrevivencia de ambos regímenes. Como solía decir el profesor de La Sorbona, Georges Lefebvre, en sus clases de la Revolución Francesa: “El resultado de una acción puede ser contrario a su intención inicial”. O como mencionó hace poco la directora de Inteligencia Nacional de EE.

UU. , Tulsi Gabbard: el “régimen iraní permanece intacto, aunque degradado”, en otras palabras, se ha endurecido.

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