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Revisar mochilas o rendirse ante la violencia
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07:07 · Chile

Revisar mochilas o rendirse ante la violencia

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Hay silencios que duelen más que los gritos. Hoy, en muchas escuelas de Chile, ese silencio se parece al miedo. No es visible en los planes ni en los currículos, pero se instala en los pasillos, en la sala de profesores, en la mirada inquieta de quienes enseñan y de quienes aprenden.

Y cuando el miedo entra al aula, la educación deja de ser promesa y comienza a ser resistencia. La violencia escolar ha cruzado un límite que no podemos seguir relativizando. Por eso, que el gobierno del presidente José Antonio Kast impulse un proyecto de ley para permitir la revisión de mochilas no es un gesto menor.

Es una señal de época: la escuela ya no puede sostenerse solo en buenas intenciones. Necesita protección real. Hoy, el dictamen N.

º 65 de la Superintendencia de Educación prohíbe esta medida en resguardo de la privacidad. Y ese principio, en tiempos normales, es valioso. Pero cuando la violencia desborda los márgenes, aferrarse a certezas del pasado puede convertirse en una forma de abandono.

No se trata de elegir entre derechos o seguridad, sino de comprender que sin seguridad los derechos pierden su sentido más profundo. Educar es un acto profundamente humano. Es creer, incluso en contextos adversos, que cada estudiante puede aprender a convivir, a respetar, a construir con otros.

Pero esa convicción se quiebra cuando el docente enseña con temor. La UNESCO ha advertido que el aprendizaje solo florece en entornos seguros, donde existe cuidado y pertenencia (UNESCO, 2022). Y la OCDE ha sido clara: el bienestar no es un complemento, es la base sobre la cual se construye todo aprendizaje significativo (OECD, 2021).

Por eso, esta discusión exige algo más que urgencia: exige sentido. Revisar mochilas no es la solución total, pero puede ser una señal necesaria de que como país no estamos dispuestos a normalizar la violencia. No desde la lógica del control, sino desde el deber de cuidado.

Porque una escuela que cuida también educa. Sin embargo, sería un error pensar que la ley basta. La violencia no nace en la mochila, sino en fracturas más profundas: en la salud mental descuidada, en vínculos debilitados, en comunidades que han perdido el sentido de lo común.

Aquí la familia es insustituible. Educar no es delegar. Es en el hogar donde se enseña que la escuela es un espacio compartido, que se respeta y se protege.

Y junto con legislar, es urgente avanzar —desde la Contraloría General de la República— en la aprobación del reglamento de la nueva ley de convivencia escolar. No podemos seguir reaccionando cuando la violencia ya se ha instalado; debemos anticiparnos, reconstruir confianzas, volver a poner el cuidado en el centro. La escuela no puede acostumbrarse al miedo.

No puede aceptar que la violencia sea parte de su paisaje. La escuela es, o debería ser, el primer territorio donde aprendemos a vivir con otros, donde se ensaya la democracia cotidiana, donde se siembran las bases del futuro. Si la escuela se protege, florece.

Si florece, transforma. Y si transforma, entonces Chile todavía tiene esperanza.

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