Responder con seriedad, no con alarma
A propósito del reciente artículo de este medio sobre el impacto de la guerra en Irán en los precios de los alimentos, es importante partir por lo evidente: la preocupación es legítima. Chile es un país abierto y dependiente de importaciones clave —energía, fertilizantes, trigo y maíz—, por lo que estos shocks inevitablemente se transmiten a los costos y, con el tiempo, a la mesa de las familias. El debate es necesario, pero la respuesta pública debe ser proporcional.
Hasta ahora, los efectos observados son relevantes, pero no equivalen —al menos aún— a la magnitud de crisis recientes que Chile ya logró enfrentar. Durante la pandemia, el país sostuvo el abastecimiento con coordinación público-privada, gestión logística y monitoreo permanente, un proceso que me tocó vivir directamente desde el Ministerio de Agricultura. Luego, la guerra en Ucrania generó uno de los mayores shocks de energía, fertilizantes y alimentos en décadas.
Aun así, Chile absorbió ese impacto sin caer en desabastecimientos. La pregunta no es si existe riesgo —porque existe—, sino cómo responder con responsabilidad y anticipación. El principal riesgo hoy no es solo externo, sino también interno: sobrerreaccionar con medidas que parecen protectoras en el corto plazo, pero que terminan encareciendo los alimentos o debilitando la producción en el largo plazo.
La experiencia internacional es clara: las mejores respuestas equilibran tres objetivos —proteger a los productores, resguardar a los consumidores y mantener abiertas las cadenas de comercio—, evitando distorsiones que agravan los problemas que buscan resolver. Para Chile, esto se traduce en cuatro acciones concretas. Primero, información y coordinación: contar con monitoreo permanente y transparente de insumos y alimentos críticos, reduciendo la incertidumbre que hoy enfrentan productores y consumidores.
Segundo: apoyo focalizado y transitorio a la producción, que permita sostener siembras estratégicas en contextos excepcionales, sin generar dependencia ni distorsiones. Tercero: eficiencia en el uso de insumos, incorporando más tecnología, mejor manejo de suelos y nutrientes, y una transferencia efectiva de conocimiento. Y cuarto, protección a los consumidores vulnerables: si los precios suben, el foco debe estar en asegurar acceso, no en intervenir de manera generalizada toda la cadena.
Chile debe enfrentar el problema sin amplificarlo. Las crisis recientes demostraron que la coordinación, la información y la apertura son más efectivas que el proteccionismo o las soluciones apresuradas. La seguridad alimentaria no se construye desde la alarma, sino desde una mirada de cadena —del suelo a la mesa— con foco en productividad, acceso y sostenibilidad.
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