Recortar salud al borde del invierno: El costo humano de una decisión fiscal
Por Joaquín JeriaEl recorte presupuestario en salud que impulsa el Gobierno no puede leerse como una simple decisión técnica. En un sistema ya tensionado, con hospitales operando al límite y una demanda creciente, cualquier ajuste —aunque sea del 3%— adquiere una dimensión política, social y, sobre todo, humana. Lo que está en juego no es solo eficiencia fiscal, sino la capacidad real del Estado para garantizar el derecho a la salud.
Hoy el sistema público arrastra una sobrecarga estructural que no ha dado tregua desde la pandemia. A ello se suma un escenario especialmente crítico: el inicio anticipado de la circulación de virus respiratorios y la proximidad del invierno. En este contexto, reducir recursos no es neutro.
Es intervenir directamente en la capacidad operativa de hospitales y equipos de salud que ya funcionan en condiciones extremas. El riesgo no es abstracto. Más de 3 millones de personas están en listas de espera, y cientos de miles aguardan una cirugía.
En ese escenario, un ajuste presupuestario implica inevitablemente priorizar: decidir quién espera más y quién recibe atención primero. Como advierten especialistas, en salud los recortes nunca son solo financieros; son decisiones clínicas que afectan la oportunidad y calidad de vida de los pacientes. El problema se agrava cuando los recortes se aplican de forma lineal.
Reducir gasto sin distinguir áreas críticas puede terminar afectando precisamente a los pacientes más graves y a las prestaciones más urgentes. En lugar de ordenar el sistema, se corre el riesgo de despriorizar lo esencial, profundizando inequidades y debilitando la respuesta sanitaria en territorios ya rezagados. A esto se suma una contradicción de fondo: ajustar el presupuesto en salud justo cuando el sistema requiere refuerzo.
La campaña de invierno, la compra de insumos, la contratación de personal y el mantenimiento de la infraestructura no son gastos prescindibles. Son condiciones mínimas para sostener la atención. Recortar en este momento no solo tensiona el presente, sino que compromete la capacidad de respuesta futura.
Por ello, el debate no debiera centrarse en si se gasta más o menos, sino en cómo se gasta mejor. Y cito a la ex ministra de Sebastián Piñera, Karla Rubilar, quien ha sido crítica de estos recortes, quien claramente dice 'el problema no es gastar menos, es gastar mejor'. La evidencia apunta a que existen espacios de eficiencia sin afectar la atención directa: mejorar compras públicas, optimizar la gestión hospitalaria y reducir duplicidades.
Pero avanzar hacia una salud más eficiente no puede hacerse a costa de debilitar sus pilares. Porque en salud, cada peso recortado sin criterio puede traducirse en diagnósticos tardíos, tratamientos postergados y vidas en riesgo.
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