¿Realmente compartimos los chilenos la misma historia?
A pocos días de celebrarse la vigésima séptima versión del Día de los Patrimonios 2026, cuyo lema es «La historia que compartimos», ya se percibe en el aire la efervescencia de los ánimos por conmemorar este importante festejo patrio, que tiene como objetivo el acercamiento al patrimonio tangible, intangible y natural de nuestro territorio. De acuerdo con su definición, acuñada por el propio Ministerio de las Culturas, es patrimonio cultural «el conjunto determinado de bienes que forman parte de los valores transmitidos y luego resignificados, recreados e interpretados de una época a otra o de una generación a las siguientes». Lee también...
¿Qué hacer para el Día del Patrimonio 2026? Revisa AQUÍ las más de mil actividades ya confirmadas Jueves 14 Mayo, 2026 | 12:08 De dicha definición se puede inferir que el «valor patrimonial» es una abstracción susceptible de sesgo, según quienes lo interpreten en un momento específico del tiempo. El Monumento a La Araucanía: un homenaje a la usurpación Un ejemplo vergonzoso del sesgo interpretativo antes mencionado se refiere a una pieza escultórica erigida en la Plaza de Armas Aníbal Pinto de Temuco, la cual pretende representar el hito histórico más relevante de nuestra región: el origen de La Araucanía.
Esta obra, denominada Monumento a La Araucanía, concluida en 1989 e inaugurada un año después, narra unilateralmente y con impune soberbia la historia de una usurpación territorial que ningún pueblo conquistado querría conmemorar como parte de su patrimonio. Muy al contrario, aquel estandarte de ultraje se yergue cual símbolo burlesco del yugo invasor sobre una raza y una cultura ancestral de sagradas memorias, sin respeto a los cientos de habitantes mapuches que a diario transitan frente a él. Historia del Monumento a La Araucanía En el año 1909, el Concejo Municipal de Temuco discutió la propuesta del Comité Directivo sobre la ejecución de un monumento al «Antiguo Arauco», obra que sería asentada en la Plaza de Armas «a la memoria de los generales que intervinieron en la “civilización” del territorio indígena».
En paralelo, la Sociedad Caupolicán Defensora de la Araucanía demandaba erigir en su lugar un monumento a la «Raza Araucana». Lo anterior como ejemplo de la dicotomía sobre el concepto de identidad patrimonial que desde aquel entonces se hacía evidente en un territorio forzosamente amalgamado. Pasarían casi ocho décadas hasta que, el 3 de noviembre de 1987, el entonces alcalde designado de Temuco, José García Ruminot, y una comisión «ciudadana» seleccionaron la obra definitiva de entre cuatro proyectos presentados; aquella que simbolizaba con artística belleza la esencia del espíritu de La Araucanía y la integración de las culturas que forjaron la identidad regional a través de la historia.
«La historia que… ¿compartimos? » El descontento del pueblo mapuche por la representación ofensiva del sometimiento del territorio no ha estado ajeno a la polémica. De hecho, en las movilizaciones del estallido social desencadenado a partir de octubre de 2019 se perpetraron «ataques» a varios monumentos en la región de La Araucanía por parte de comunidades indígenas, en protesta contra el asimétrico simbolismo que ha perpetuado la narrativa de la «conquista» sobre la cultura mapuche.
Por ello y por el permanente conflicto que ha existido desde siempre entre mapuches y pu wingka (nuevos incas, referido a los extranjeros invasores), podemos concluir que el lema del Día de los Patrimonios 2026, «La historia que compartimos» no representa la realidad identitaria regional, cuyos orígenes remiten a la usurpación de un pueblo, un territorio y una cultura invaluable sobre la base de expandir un imperio, «civilizando» etnias a costa de desdeñar, pisotear y diezmar su patrimonio ancestral. Lee también... Lago Villarrica: un paciente agónico en sala de espera Martes 28 Abril, 2026 | 15:50 Y es que «compartir» significa, por definición, «tener con otro algo en común».
Bajo esta premisa, la única historia de identidad territorial compartida por los habitantes de La Araucanía es una que se tiende a callar; una que oculta, bajo la alfombra de leyes indígenas inclusivas, ese racismo latente que se remonta a un pasado colonial supremacista. Época de campos rojos, de abusos y de olvido. De pálidos rostros enhiestos a expensas de espaldas laceradas.
De salones rubios y establos de aceituna. La historia de un territorio nativo, colonizado y herido. El Monumento a La Araucanía: su verdadero valor identitario A pesar de lo expuesto, levante su frente orgullosa el mapuche ante infame escultura, pues, en el bronce y la piedra labrada del monumento, la voz del Ngünechen tronará desde el Wenu Mapu, revelando la oculta verdad tras aquellas figuras: —«Sin cesar mueve sus brazos la machi, golpeando el kultrung con ruegos de libertad.
El toqui esgrime su lanza contra el wingka invasor, cargando en su mirada la furia de cuatro siglos. Hacia su derecha, un soldado en descanso manifiesta la conquista consumada, mientras el granjero colono siembra promesas de pacífica esclavitud. Finalmente, declama el hidalgo poeta sus épicos versos que narran hazañas de un pueblo indomable que hasta hoy no ha sido vencido».
(Reg. DDI N°: 2025-A-6812) Resignifique dicho pasaje el legítimo relato del Monumento a La Araucanía, reivindicando su valor identitario desde la verdad que conmemora.
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