“Poder decir adiós es crecer”: Soda Stereo llega a Chile con el holograma de Cerati, emociona a sus fans y abre el debate sobre cuánto estamos dispuestos a retenerlo
La cancha del Movistar Arena está llena. Apenas suenan los primeros acordes de Ecos, –canción que da el nombre a la gira de Soda Stereo–, el público en su mayoría por sobre los 50 años ruge con una mezcla de ansiedad y efervecencia. No es un concierto cualquiera: es el reencuentro virtual con una leyenda que ya no está.
El espectáculo apela directamente a la nostalgia. En el centro, como una presencia reconstruida como las proyecciones de Star Wars, aparece Gustavo Cerati: el ícono del rock en español que vuelve a escena a través de animación digital. No es carne ni hueso, pero tampoco un simple recuerdo.
Los hologramas de artistas no son nuevos, pero esta es la primera vez que un montaje de este tipo aterriza con esta escala en esta parte del mundo y con un ícono de la música tan propiamente latinoaméricano. Antes ocurrió con el rapero Tupac en Coachella, hace más de una década, o con el espectáculo inmersivo de Elvis Presley en Londres. La pregunta, sin embargo, es la misma desde entonces: ¿qué tan lejos puede llegar la tecnología para revivir a los que partieron?
El límite entre lo artificial y lo humano se instala en el centro de la noche en el Movistar Arena, no solo estético, sino también ético. ¿Habría estado de acuerdo Cerati con este regreso? ¿Con convertirse en el eje de un espectáculo que hoy es, además, un éxito comercial?
¿No fue el propio Gustavo Cerati quien dijo –como solista– “Poder decir adiós es crecer”? Las cifras son contundentes. En Chile, la gira agotó cuatro Movistar Arena.
A nivel continental, se proyecta que convoque a medio millón de personas. Las primeras pistas para responder esas preguntas comenzaron a aparecer la semana pasada en Argentina, donde se dio el puntapié inicial a Ecos, cuatro años después de la última reunión de Charly Alberti y Zeta Bosio bajo el nombre de Soda Stereo. Las reacciones fueron inmediatas y, como era previsible, divididas.
Algunos criticaron el show por ser un playback sin alma, con un Cerati construido a punta de inteligencia artificial. “Comunicación sin emoción”, repitieron varios, tomando prestada la frase de una de sus canciones. La prensa argentina, incluso, comparó el espectáculo con un episodio de Black Mirror.
Pero hay otra lectura. La inteligencia artificial también funciona como un puente: acerca aquello que ya no tenemos. Como esos videos que circulan en redes sociales donde una fotografía familiar cobra movimiento.
Un abuelo fallecido, un hermano que ya no está, vuelven a parpadear, a girar la cabeza, a parecer presentes. A algunos les gusta, los emociona, los desarma. A otros les incomoda.
Ecos trabaja sobre esa misma fibra: la posibilidad de volver a estar ahí, aunque sea por un rato. De tocar algo que se terminó dos veces: primero con la última gira de Soda Stereo en su formación original, y luego con el accidente cerebro vascular de Cerati, los años que pasó en coma y su muerte. Ver esta publicación en Instagram En Chile, esa emoción se sintió con fuerza.
El público miraba en silencio, casi hipnotizado, las pantallas gigantes donde Cerati aparecía tocando la guitarra. Su voz y su ejecución son registros originales; en vivo, sobre el escenario, solo están el bajo y la batería de sus excompañeros. El quiebre ocurre en la tercera canción, Nada Personal.
Ahí, la banda deja de insinuar. El rostro de Cerati irrumpe en las pantallas y, al mismo tiempo, aparece su figura a escala real en el lado izquierdo del escenario. La reacción es inmediata: aplausos, gritos, una ovación cerrada.
La ilusión funciona. Los movimientos, la postura frente al micrófono, la forma de tocar: todo parece lo suficientemente real como para suspender la duda por unos minutos. Las interacciones, en cambio, son mínimas.
Zeta Bosio saluda brevemente a Santiago y, en un momento puntual, la figura digital de Cerati “presenta” a sus compañeros. No hay mucho más. El resto es una coreografía, sostenida sobre pistas grabadas.
El repertorio no arriesga. Recorre los clásicos: Juegos de seducción, En la ciudad de la furia, Hombre al agua. También hay espacio para momentos menos obvios, como Luna Roja o Toma la ruta, guiños al lado más experimental de la banda.
En cuanto a la pregunta de si Cerati hubiese estado de acuerdo con este exitoso ejercicio comercial, no hay una respuesta clara. Al menos, su hija Lisa Cerati estuvo en el público esta noche en el Movistar Arena, mostrando cierta cercanía con este ambicioso proyecto que, en líneas generales, cumple con lo prometido: revivir la leyenda de Cerati por unas horas. La sensación es ambigua: queda el sabor de haber estado frente a alguien que ya no está y que, aun así, volvió a cantar.
Pero también instala una inquietud más profunda, si el futuro del espectáculo será, justamente, traer de vuelta a los muertos. Y por ahora, al menos desde lo emocional y lo económico, parece que esa respuesta ya empezó a responderse sobre el escenario.
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