Perfil | Iris Sangüesa: Hija de Osorno y madre de la música electrónica chilena
Iris Sangüesa nació en Osorno, el 10 de octubre de 1933, en el sur de Chile, en un entorno familiar donde la música ocupaba un lugar cotidiano. Hija de Humberto Sangüesa y Ester Cheyre, creció en una casa donde el piano formaba parte de la vida doméstica y donde su madre fue una de las primeras personas en estimular su interés por la música. Durante su infancia cursó sus estudios escolares en su ciudad natal, etapa en la que comenzó también su formación musical inicial y desarrolló una temprana afinidad con el piano, instrumento que marcaría el inicio de su trayectoria artística.
Ese ambiente familiar y escolar fue el primer espacio donde la futura compositora descubrió la relación entre sensibilidad musical, disciplina y creación, elementos que más tarde orientarían su camino hacia la interpretación y la composición contemporánea. Tras finalizar su etapa escolar, Iris Sangüesa se trasladó a Santiago para continuar su formación musical en el Conservatorio Nacional de Música de la Universidad de Chile, donde estudió piano con maestras como Herminia Raccagni y Flora Guerra, obteniendo su licenciatura en 1959. En esos años inició también su trabajo como pianista acompañante de la Escuela de Danza de la Universidad de Chile, experiencia decisiva para su evolución artística.
Como recordaría años después, su vínculo con la institución fue profundo. “Yo me formé acá… después volví para ser pianista de las estudiantes de danza”, señalando además que en la Facultad realizó diversas actividades académicas y artísticas a lo largo de su carrera. Ese ambiente creativo sería el punto de partida para su posterior tránsito desde la interpretación hacia la composición contemporánea.
El tránsito de Iris Sangüesa desde la interpretación hacia la creación musical se produjo durante su trabajo como pianista acompañante en la Escuela de Danza de la Universidad de Chile, espacio donde entró en contacto con el compositor Gustavo Becerra-Schmidt. Fue él quien la alentó a profundizar en el estudio de la composición, invitándola a integrarse a su taller y a explorar un campo creativo que hasta entonces no había considerado de manera sistemática. Ese encuentro marcó un punto de inflexión en su trayectoria, la pianista comenzó a experimentar con nuevas formas musicales y a participar en el ambiente de renovación estética que vivía la música chilena en los años sesenta, iniciando así un camino que la llevaría hacia la composición contemporánea y la experimentación sonora.
El impulso hacia la experimentación musical se consolidó cuando Iris Sangüesa obtuvo una beca para estudiar en el Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales (CLAEM) del Instituto Torcuato Di Tella en Buenos Aires, uno de los espacios más innovadores de la música contemporánea en América Latina durante la década de 1960. Allí trabajó con maestros como Alberto Ginastera y Francisco Kröpfl, y entró en contacto directo con las corrientes de vanguardia, especialmente con la música electrónica y electroacústica. Esa experiencia resultó decisiva para su desarrollo creativo: el contacto con nuevas tecnologías, laboratorios sonoros y artistas de distintos países amplió su horizonte musical y la llevó a explorar lenguajes que combinaban sonido, espacio, movimiento e imagen.
A partir de su formación en el Instituto Torcuato Di Tella, Iris Sangüesa desarrolló un lenguaje propio dentro de la música contemporánea, explorando tempranamente las posibilidades de la música electrónica y electroacústica, un campo aún incipiente en Chile durante la década de 1960. Su trabajo se inscribió en las experiencias del laboratorio del Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales (CLAEM), uno de los espacios más innovadores de la vanguardia musical latinoamericana. Allí compuso obras experimentales como Integración, una pieza multimedia que combinaba cinta magnética, danza y proyecciones visuales, reflejando su interés por integrar sonido, movimiento e imagen en una misma experiencia artística.
Estas exploraciones la situaron entre las primeras compositoras chilenas en trabajar con medios electrónicos, ampliando los límites de la creación musical en el país y vinculando su obra con las corrientes internacionales de la experimentación sonora. Desarrolló gran parte de su trayectoria artística en Buenos Aires, ciudad donde residió durante varias décadas y donde continuó profundizando su trabajo en música contemporánea y electroacústica. En ese período mantuvo una intensa actividad creativa, participando en proyectos interdisciplinarios y colaborando con artistas y poetas, entre ellos el escritor Marcos Llona, con quien desarrolló obras que integraban música, palabra y experimentación sonora.
Su permanencia en Argentina le permitió sostener un diálogo permanente con los circuitos de vanguardia latinoamericanos, consolidando una obra que exploraba nuevas formas de relación entre tecnología, arte y expresión poética. Tras décadas de trabajo y residencia en el extranjero, Iris Sangüesa regresó a Chile en los años recientes, donde su trayectoria comenzó a ser redescubierta y valorada por nuevas generaciones de músicos y académicos. Su aporte a la música contemporánea —especialmente en el ámbito de la experimentación electroacústica— motivó diversos reconocimientos institucionales, entre ellos homenajes organizados por el Departamento de Música de la Universidad de Chile, que destacó su papel como una de las precursoras de la creación sonora experimental en el país.
Estos reconocimientos han permitido situar su obra dentro de la historia de la música chilena del siglo XX, visibilizando el lugar que ocupa entre las compositoras que ampliaron los límites del lenguaje musical en América Latina. El pensamiento de Iris Sangüesa trasciende la técnica musical y se instala en una reflexión profunda sobre la experiencia humana. Influida por el trabajo con el filósofo Óscar Ichazo, desarrolló una mirada donde la música no es solo sonido, sino una forma de autoconocimiento y transformación interior.
Para ella, componer implicaba un proceso de integración personal, una búsqueda que uniera las distintas dimensiones del ser. “Yo digo, la vida es una sola, la música es una sola”, afirmaba, insistiendo en la necesidad de crear una música que no solo emocione, sino que contribuya al equilibrio interior del ser humano. En esa perspectiva, la creación musical deja de ser un ejercicio estético para convertirse en una experiencia vital que involucra el cuerpo, la mente y la conciencia.
Hoy, con más de 9 décadas de vida, Iris Sangüesa se mantiene como una figura silenciosa pero fundamental de la música chilena. Su trayectoria ha comenzado a ser revalorizada en los últimos años, con homenajes que la reconocen como la primera compositora chilena en música electrónica y una pionera que abrió caminos en un campo históricamente dominado por hombres. Su legado, sin embargo, no sólo está en sus obras, sino en una forma de entender la creación como búsqueda interior, integración y sentido, una visión que hoy vuelve a adquirir relevancia en tiempos donde el arte parece tensionado entre la técnica y la profundidad.
Sangüesa permanece así como una figura que, más allá del reconocimiento tardío, dejó una huella decisiva en la historia de la música contemporánea chilena.
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