Perdónalos, porque no saben lo que hacen
El problema no es que las personas vivan una experiencia “falsa”, sino que esa experiencia no es comprendida en el movimiento de sus propias mediaciones. Las formas de vida contemporáneas –marcadas por el consumo, la individualización, la desconfianza y la fragmentación– no son simples distorsiones, sino condiciones efectivas de existencia y prácticas cotidianas. Allí se configuran también los criterios desde los cuales los individuos evalúan lo que les conviene o no.
Cristopher Ferreira Escobar. Cientista político. Santiago.
25/3/2026. En el Primer Congreso del Frente Amplio de 2026, el psicólogo Manuel Ugalde afirmó: “Las personas en general no somos completamente racionales en nuestras decisiones, y muchas veces cuando estamos sufriendo ciertas circunstancias tomamos decisiones que van en contra de nuestro beneficio, eso es claro”. La frase parece evidente, casi trivial.
Pero su problema no está en lo que dice, sino en lo que presupone: que pueda existir una falsa relación con la verdad, y por lo tanto con nuestra conciencia expresada en acción irracional. Es decir, que en la medida en que accedemos a la “verdad” -o dejamos de sostener falsas verdades- actuaríamos necesariamente en favor de nuestros propios, reales y verdaderos intereses. Sin embargo, convertir esa falta de comprensión en la clave explicativa de toda acción errada es otra cosa, pero en ningún caso debe ser reducible a un error cognitivo.
Aquí aparece una tensión clave: la distancia entre la representación que tenemos de la realidad y la realidad misma. Cuanto más coinciden ambas, más racional parece nuestra conducta. Pero acá está el problema: esa coincidencia ya es plena, ya es real en su verdad, y es precisamente en esa brecha donde se juegan decisiones que, vistas desde fuera, resultan contradictorias o incluso perjudiciales.
Esta intuición no es nueva. En la cruz, sin posibilidad alguna de escapar a la muerte, Jesús pronuncia una frase que resuena hasta hoy: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen”. No se trata solo de un gesto moral, sino de un diagnóstico: la acción humana puede estar guiada por una incomprensión profunda de sus propias consecuencias, pero sobre todo de las señales obvias y claras como el agua, como, por ejemplo, que él era el Mesías.
Paradójicamente, ¡ni los milagros hicieron milagros! Karl Marx, en su libro “El Capital”, sección cuatro “El carácter fetichista de la mercancía y su secreto” del capítulo uno “La Mercancía”, formula una idea similar desde otro registro. Que los hombres relacionen en el intercambio como valor los productos de sus trabajos, no se debe a que estos productos tengan valores visibles en sí mismo en el producto (“no lleva escrito en la frente lo que es”), sino que es en la misma relación de intercambio donde se hace equivalente el valor, se hace equivalente los trabajos al ser todo ellos trabajo humano.
Pero ellos “No lo saben, pero lo hacen”. Por eso, en el análisis del fetichismo de la mercancía, Marx sostiene que los individuos atribuyen valor a los productos como si este fuera una propiedad natural, cuando en realidad es el resultado de relaciones sociales de trabajo. El valor no “lleva escrito en la frente lo que es”; emerge de la forma en que los trabajos se equiparan en el intercambio.
Por eso Marx concluye: “no lo saben, pero lo hacen”. Ahí se instala la noción de falsa conciencia: no como simple ignorancia, sino como una forma estructurada de percibir la realidad que conduce a actuar en contra de los propios intereses de clase. No es que los individuos fallen al razonar; es que razonan dentro de un marco ya configurado.
Pero el problema comienza cuando esta idea se convierte en una explicación total: si los sujetos no actúan como deberían, es porque no entienden. Para salir de esta lectura, conviene volver a Hegel. En su perspectiva, la conciencia y su mundo no son dos esferas separadas: la conciencia no se enfrenta a una realidad externa pura, sino que se reconoce en ella.
Ver el mundo es, en cierto sentido, verse a sí mismo. Pero esto no es un ejercicio introspectivo; se realiza en la práctica cotidiana. Actuamos dentro de tramas de sentido que no elegimos libremente, sino que ya nos constituyen.
Para Hegel no se trata de lo falso, sino de la parcialidad, y con ello, supone el dinamismo mismo de la vida en su desplegar. En ese marco, el problema no es que las personas vivan una experiencia “falsa”, sino que esa experiencia no es comprendida en el movimiento de sus propias mediaciones. Las formas de vida contemporáneas -marcadas por el consumo, la individualización, la desconfianza y la fragmentación- no son simples distorsiones, sino condiciones efectivas de existencia y prácticas cotidianas.
Allí se configuran también los criterios desde los cuales los individuos evalúan lo que les conviene o no. Bajo esta luz, el estallido social del 18 de octubre de 2019 no puede leerse simplemente como una irrupción de “verdadera conciencia” frente a una anterior falsa conciencia. Su detonante -el alza del pasaje- expresa una racionalidad situada: la del sujeto atravesado por condiciones materiales concretas de carácter de consumo.
La expansión posterior del movimiento no eliminó esa base, sino que la amplificó. La idea de falsa conciencia, en este sentido, descansa sobre un supuesto dogmático: la existencia de un punto de vista privilegiado desde el cual distinguir entre lo verdadero y lo falso, entre los intereses reales y los aparentes. En cambio, pensar en términos de parcialidad desplaza el problema.
No se trata de corregir una conciencia equivocada, sino de reconocer que toda experiencia es situada y fragmentaria, pero no por eso arbitraria. La parcialidad no niega la posibilidad de articulación; al contrario, la hace posible. Permite comprender cómo problemas que aparecen como dispersos o inconexos pueden entrar en relación sin necesidad de reducirse a una unidad ficticia.
Lo común, entonces, no surge de una verdad previa que se revela, sino de la capacidad de vincular experiencias distintas bajo condiciones compartidas.
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