Osvaldo Cádiz, el eterno compañero de vida de Margot Loyola
Seis años después de sufrir daños por incendios, el Museo Violeta Parra reabrió sus puertas el pasado 24 de marzo. Aunque el espacio está destinado a honrar el legado de la histórica cantante, su regreso estuvo marcado por una exposición singular que enaltece a su colega, amiga y comadre folclórica: Ana Margot Loyola Palacios, investigadora y figura histórica para la preservación de la música chilena. La exposición se llama “Comadres” y aborda el vínculo entre Loyola y Parra no solo como uno de los encuentros más significativos para el folclor nacional, sino también como una amistad profunda.
Ambas compartieron una vocación de escucha que las llevó a desarrollar metodologías de estudio distintas, pero complementarias. Al menos eso dice Osvaldo Cádiz, profesor de Castellano, investigador y viudo de Margot Loyola. “A Violeta no le gustaba la academia.
En cambio, Margot decía: “la academia me da también un sustento para llegar a donde quiero llegar”. Eran caminos distintos. Las dos eran gigantes; dos rosas espinúas’.
Tenían un temperamento muy fuerte, pero se respetaban y se admiraban”, dice Cádiz a Culto, en una entrevista en que enfatiza la importancia de preservar el trabajo de quien fue su compañera de vida por 54 años. Cádiz nació en Colchagua, en 1939. Desde 1958, fue alumno y colaborador de Margot Loyola, con quien se casó muchos años después, a pesar de convivir por más de medio siglo.
Con técnicas de investigación en terreno, la pareja estudió cercanamente la música nacional, además de hacer clases de folclor durante años. Su legado ha sido reconocido con diversos galardones, pero Cádiz se considera afortunado solo por haber podido estar con Loyola y verla conversar con su comadre. “Les gustaba mucho: compartir con su comadre y hablar de lo divino y de lo humano.
Tenían un mismo objetivo: el respeto por lo que representa nuestra cultura tradicional, nuestras manifestaciones populares y tradicionales”, afirma el profesor. Aunque, al tiempo de esta entrevista, Cádiz aún no ha visto la exposición “Comadres”, el folclorista dice que ha recibido a gente del museo en su casa para que vieran fotografías, materiales, objetos y vestuarios de su esposa. “Esto (la exposición) va a servir para reactivar un modelo de gestión que permitirá que agrupaciones, investigadores y estudiosos puedan ver cómo se complementaban estas dos grandes líderes en defensa de los chilenos, como fueron Margot y Violeta.
Ambas han dejado un tremendo legado a Chile que debe ser trabajado por la gente joven”. Actualmente, el docente se desempeña como director en la Academia Nacional de Cultura Tradicional Margot Loyola, que se dedica a poner en valor, investigar, rescatar y difundir el patrimonio cultural inmaterial de Chile. Entre uno de los proyectos en desarrollo, Cádiz menciona que esperan sacar este año un libro sobre la vida de la investigadora, que quizás se llamará Yo soy cantora maucha.
El investigador explica el título diciendo que “A Margot lo que le interesaba por sobre todo era dar a conocer Chile. Cuando le preguntabas “¿qué le gusta más a usted, Margot? “, ella decía: “me gusta estar con mis campesinas, con mis maestras de tierra, en torno a un bracero, tomando mate con tortillas de rescoldo.
Me siento más una cantora maucha, es decir, una cantora del Maule”. ¿Cómo describiría las dinámicas de trabajo que Margot Loyola y Violeta Parra mantenían, dentro de sus propias metodologías de estudio? -Eran dos formas diferentes, aunque creo que se tocaban muchísimo.
Al sistema de trabajo en terreno de Margot le interesa más el hombre; la cultura viva antes que la danza, el canto, la leyenda, las comidas y los remedios caseros. Ella decía: “esto es el resultado de una forma de vida, de ser y de sentir; si uno no conoce al hombre y a la mujer que porta estas expresiones, no las vamos a entender”. Tuve la suerte de compartir 54 años de mi vida con Margot, recorriendo el país de sur a norte y de cordillera a mar.
Violeta es una creadora y compositora genial; era un poco de lo mismo, porque también se iba a vivir y a compartir con las comunidades. Ambas iban por un mismo camino. Por ejemplo, Violeta quería que El Gavilán, una obra extraordinaria, la cantara Margot.
Ella (Parra) fue a la casa donde vivía y le hizo una grabación de El Gavilán, que está archivada en el fondo Margot Loyola de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Ambas han sido referencias destacadas para la música chilena, aunque siempre se ha hecho más eco del trabajo de Parra. ¿Cree que la percepción que tiene la industria musical hacia el trabajo de Margot Loyola es justa?
-Creo que la gente se va acercando solita. Por ejemplo, está el premio Margot Loyola. Ya están abiertas las postulaciones para este año y llegan muchos postulantes de todo el país.
Siempre hay un afán de descubrir los mundos loyolianos. ¿Por qué cree que el folclor nacional todavía es un refugio para los chilenos, a pesar del tiempo pasado? -Es lo que decía Margot: se van dando cuenta con el tiempo de que, al pisar firme la tierra chilena, la inspiración va a salir solita.
Cuando empezábamos nuestras clases en las universidades, le decíamos a nuestros alumnos: “no venimos aquí a imponer un pensamiento único; nadie lo tiene, nadie tiene la verdad absoluta. Nosotros venimos a mostrar caminos, puertas y ventanas. Ustedes sabrán por qué puertas salen, por qué ventana miran y por qué camino andan, pero, por la vía que ustedes quieran seguir, vayan con pie firme.
Estaremos felices con que, cuando terminen de estudiar con nosotros, vean a Chile con otros ojos”. Así ha sido. Por eso a Margot la llaman “la maestra”, porque recorrió todo el país haciendo clases en escuelas de temporada, universidades y círculos de arte.
Con eso han surgido muchos artistas jóvenes. Por ejemplo, Pascuala Ilabaca, Patricia Díaz, la Belencha, el Dúo Alondra, Daniel Muñoz o el mismo Gepe. Nuestra casa siempre estuvo abierta para toda la gente que quisiera venir a estudiar, conversar con nosotros y descubrir un poco de Chile.
Estamos felices de entregarles lo que nuestros maestros de tierra nos habían dado. Margot me decía: “nuestro deber, Orlando, es que debemos devolverle al pueblo lo que el pueblo nos enseñó con tanta generosidad”. Hace un tiempo se habló sobre el recorte del 3% que se hará al presupuesto del Ministerio de Cultura.
¿Cree que hay alguna deuda en la política chilena respecto a la inversión en cultura y, específicamente, en la labor de preservación del trabajo de Margot Loyola? -Un pueblo que no conoce su pasado, no puede entender muchas cosas del presente y no puede proyectarse hacia el futuro. Debemos tener raíces.
Una vez un cantor del Norte Chico, de la zona de Quilimarí, nos dijo: ”hay que cuidar las raíces, porque si no, el árbol se va a secar, las ramas no van a dar flores y los pájaros no van a poder anidar ni cantar; nos vamos a quedar absolutamente sin nada”. Con Margot hablábamos de que existe un Chile secreto que sigue vivo; lo tenemos que descubrir y respetar. Por ejemplo, ¿en qué parte de América Latina hay un camino florido de casi 10 kilómetros para que pase el altar de una virgen?
Aquí en Chile, en Petorca. Para la fiesta de Nuestra Señora de la Merced, en Isla de Maipo se juntan más de 3. 000 huasos a caballo para pasar frente a la imagen de la virgen.
Primero van al paso, después al trote y después al galope antes de que comience la procesión. Eso está aquí, al lado nuestro, pero no lo vemos. Ese es el Chile secreto, el Chile profundo que estudiaron y compartieron estas dos comadres.
¿Cree que pueden correr peligro estas labores de visibilización del “Chile secreto”? -Las verdades siempre van a aflorar. Tal vez se van a demorar un poco, pero todo esto va a aflorar en un tiempo más adelante, porque nos damos cuenta de que hay mucha gente joven que sigue ahí.
Por ejemplo, la cueca se está tomando las calles de Santiago. Se juntan algunos días ahí en el Paseo Bulnes, y no solamente ahí, sino en muchos lugares. No se necesitan leyes para que el pueblo se exprese, él solito va buscando lo que quiere, así que no nos desesperamos.
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