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Opinión| El shock del petróleo
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21:00 · Chile

Opinión| El shock del petróleo

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Por Felipe Oelckers, director de Ingeniería Comercial, Universidad Andrés Bello El precio del petróleo volvió a recordarnos cuán expuesta está la economía chilena a los shocks externos. La reciente escalada geopolítica en Medio Oriente —con tensiones en torno a Irán y el estrecho de Ormuz— empujó el barril de Brent por sobre los US$100, llegando a rozar los US$120. Aunque hoy fluctúa en torno a los US$99-$110, el impacto ya comenzó a sentirse con fuerza en Chile.

En un país que importa casi el 100% del petróleo que consume, este escenario se traduce en alzas significativas en los combustibles: hasta $370 por litro en bencinas y $580 en diésel. La magnitud del ajuste no es casual. El mecanismo de estabilización de precios (MEPCO) fue recalibrado para permitir un traspaso más rápido del shock externo, ante un costo fiscal que alcanzaba hasta US$200 millones semanales.

Simplemente, no había margen para seguir amortiguando. Las consecuencias son inmediatas y, sobre todo, proyectables. Solo el efecto de los combustibles podría añadir cerca de un punto porcentual a la inflación de abril, con un IPC que podría superar el 1% mensual.

La UF subiría en torno a $400, encareciendo créditos, arriendos y servicios indexados. A esto se suma el impacto en transporte, alimentos y logística, en una economía altamente dependiente del diésel. En este contexto, el Banco Central difícilmente podrá avanzar en recortes de tasa y probablemente mantendrá su política en torno al 4,5%, buscando contener las expectativas inflacionarias.

Sin embargo, el elemento más relevante no está solo en la magnitud del alza, sino en su persistencia. Este tipo de shocks, por definición, son transitorios. La historia muestra que los conflictos geopolíticos tienden a estabilizarse y que el precio del petróleo eventualmente corrige.

El problema es que los precios internos no siguen el mismo camino. Aquí aparece el conocido efecto “cremallera”: los costos suben rápido y los precios los incorporan de inmediato, pero cuando los costos bajan, los precios lo hacen con lentitud o simplemente no retroceden en la misma proporción. Las razones son múltiples: márgenes de ganancia que se consolidan, efectos de segunda ronda en salarios y servicios, y expectativas inflacionarias que tienden a anclarse en niveles más altos.

Chile ya experimentó este fenómeno en 2022, tras el shock provocado por la guerra en Ucrania. Las bencinas subieron con fuerza y, aunque el petróleo posteriormente retrocedió, los precios no volvieron a su nivel previo. Se instaló un nuevo piso.

Todo indica que el escenario actual podría repetir ese patrón. Por eso, aunque el shock que hoy enfrentamos sea coyuntural, sus efectos pueden ser duraderos. La inflación de este año probablemente será mayor a la prevista, el costo de vida se ajustará al alza y el espacio para políticas expansivas se reducirá.

En otras palabras, el impacto no termina cuando baja el petróleo. Más que alarmismo, esto es realismo económico. El precio del crudo puede normalizarse en los próximos meses, pero los precios que hoy suben en el surtidor, en el transporte y en la canasta básica tienen una alta probabilidad de quedarse arriba.

Esa es la verdadera lección de estos episodios: los shocks pasan, pero sus efectos en el bolsillo suelen quedarse mucho más tiempo.

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