Nuevo capellán en La Moneda
Por Rodrigo Reyes Sangermani, periodista. A más de un siglo de la separación entre la Iglesia y el Estado —consagrada en la Constitución de 1925—, resulta inquietante que el Palacio de La Moneda vuelva a acoger ceremonias de carácter confesional. La misa realizada ayer en la sede de gobierno encabezada por el cardenal Fernando Chomalí, en la que se presentó al nuevo capellán del Palacio, no es un gesto meramente protocolar.
Refleja, más bien, la persistencia de una práctica que desdibuja una frontera que la República se esforzó por establecer con claridad. No está en cuestión la trayectoria del sacerdote ni el valor espiritual que la religión tiene para muchos. El punto es otro, cuando el Estado abre sus espacios institucionales a investiduras religiosas, compromete su necesaria neutralidad y envía una señal equívoca en una sociedad plural, más allá de la íntima convicción religiosa del gobernante de turno.
La figura del capellán en dependencias estatales —¿a qué credo representa, bajo qué legitimidad? — parece más bien un resabio de un orden que la modernidad buscó superar. Por cierto, no se trata de una crisis de Estado, la preocupación de la opinión pública debiera estar en temas acaso más urgentes, pero sí se trata de una señal que conviene observar con atención: la de una laicidad que, aunque vigente en el plano formal, continúa confundiéndose en la práctica.
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