No, un tranque con “pirigüines” no es un humedal: Explicarlo con peras también es hacer política pública
Hay debates que revelan diferencias legítimas de criterio, y hay otros que simplemente exponen ignorancia. Lo que hemos escuchado en los últimos días sobre la Ley de Humedales —con autoridades sugiriendo, casi con sorna, que “un tranque con pirigüines” podría ser declarado humedal— pertenece a esta segunda categoría. No se trata solo de una frase desafortunada.
Es una caricatura deliberada de un ecosistema complejo, una burla disfrazada de argumento técnico y, peor aún, una señal preocupante de cómo se discuten políticas ambientales desde el poder. Porque cuando una autoridad ridiculiza lo que no entiende, no solo exhibe desconocimiento: también exhibe arrogancia. Entonces expliquémoslo simple, con peras.
Un humedal no es cualquier charco con agua. No es una poza, no es un tranque, no es una zanja donde cayeron dos ranas y crecieron tres totoras. Un humedal es un ecosistema.
Es decir, un sistema vivo donde el agua, el suelo, las plantas, los microorganismos, las aves, los insectos y hasta el aire funcionan en conjunto. Es un espacio donde el agua no solo está: trabaja. Filtra contaminantes, recarga napas subterráneas, regula temperatura, absorbe lluvias, reduce inundaciones y sostiene biodiversidad.
Dicho simple: un humedal no es agua estancada. Es infraestructura natural. Y hace gratis lo que después el Estado debe pagar carísimo cuando lo destruye.
Pensemos en algo cotidiano. Un humedal funciona como una mezcla entre riñón, esponja y refrigerador del territorio. Es riñón porque limpia el agua.
Es esponja porque absorbe excesos cuando llueve y libera agua lentamente cuando escasea. Y es refrigerador porque regula la temperatura y enfría su entorno. Eso hace un humedal.
No es una postal bonita con patos: es una pieza crítica del sistema ecológico que sostiene la vida humana. Por eso importa protegerlo. Porque no se protege solo al ave migratoria o a la planta acuática: se protege el agua que tomamos, el aire que respiramos y el equilibrio que hace habitable un territorio.
¿Puede haber errores en la aplicación de la ley? Por supuesto. Toda norma puede perfeccionarse.
Puede haber discusiones técnicas sobre delimitación, criterios, catastros o interpretación. Pero una cosa es discutir cómo mejorar un instrumento, y otra muy distinta es ridiculizar su existencia para debilitarlo. Ese es el problema de fondo.
Cuando se instala la idea de que cualquier poza con renacuajos podría frenar un proyecto, no se está corrigiendo una ley: se está fabricando una caricatura para deslegitimarla. Es una estrategia vieja y conocida. Se exagera un caso absurdo, se repite hasta volverlo sentido común y luego se usa esa caricatura para justificar el retroceso.
Y ahí está el verdadero riesgo. No es solo que una autoridad no sepa distinguir un humedal de un estanque. Es que use esa ignorancia como argumento para desmontar una protección incómoda para ciertos intereses.
Porque detrás de la burla no hay pedagogía, hay intencionalidad. Y cuando el debate público reemplaza evidencia por caricatura, lo que se erosiona no es solo una ley ambiental: es la capacidad del Estado de proteger bienes comunes con seriedad. Un humedal no necesita defensa retórica, necesita autoridades que entiendan lo que están mirando.
Y si no lo entienden, al menos que tengan la prudencia de no convertir su ignorancia en política pública.
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