Natalidad en baja, cuidados en deuda
En los últimos días, respecto a la necesidad del ajuste presupuestario surgió el siguiente desafío “tenemos que ver cómo aumentamos la natalidad”. Y sí, tenemos que hacernos cargo de esta situación. Pero hacerlo bien implica ir más allá de los diagnósticos superficiales, y el impacto en el desarrollo profesional.
La natalidad no es sólo un asunto de mujeres o de guaguas, el llamado es a tomar consciencia que se trata de un problema de sociedad, que debe ser abordado a través de políticas públicas y que nos plantea una necesidad programar y proyectar un futuro. El diagnóstico está relativamente claro: el costo de la vida, cuánto cuesta formar un hogar, las dificultades de acceso a la vivienda, la tensión permanente de conciliar trabajo y cuidado, y el impacto en la trayectoria laboral siguen siendo factores decisivos. Pero hay una mirada que debe ser considerada y que comienza a volverse urgente: el envejecimiento en una sociedad donde cada vez más personas no tendrán hijos.
¿Qué significa envejecer sin redes familiares tradicionales? ¿Quién cuida, quién acompaña, quién sostiene? Hoy es común vivir y conversar sobre asuntos propios del cuidado y atención de nuestros padres y abuelos, esto porque buena parte del sistema de cuidados, descansó en la familia, y en particular en los hijos.
Hoy ese supuesto se debilita, no por falta de voluntad individual, sino por cambios culturales, económicos y democráticos profundos. Esto obliga a repensar las políticas públicas desde otra lógica. Así como el debate sobre los ajuares evidenció la necesidad de adaptar instrumento a nuevas realidades, el desafío es mucho más amplio: diseñar un sistema de cuidados que no depende exclusivamente de la estructura familiar tradicional.
La conversación debe enfocarse en forma urgente en como aumentamos la natalidad y como avanzamos en un sistema de cuidado a largo plazo. Nos invita a repensar la seguridad social y las pensiones, promover cuidados más amigables con personas mayores, en apoyos reales para la dependencia. También implica reconocer que la soledad y el aislamiento pueden convertirse en problemas de salud pública.
Está es nuestra realidad, es preguntarse quién está disponible para una emergencia, quién acompañará en una enfermedad, quien ayudará en los trámites, o simplemente quién estará presente en la vida cotidiana. Porque, al final, la pregunta no es sólo cuánto nacen, sino cómo vamos a cuidar a quienes ya están – y cómo seremos cuidados.
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