Moria Casán, ícono argentino de paso por Chile: “Cuando te comprás lo que vendés, te transformás, te comió el personaje”
—Perdoná el retraso. Te doy ahora con la señora —dice Galo, su joven asistente. Moria Casán toma el teléfono y saluda amablemente con esa voz singularísima suya, aunque ligeramente desacelerada.
No suena exactamente como la sagaz entrevistadora de antaño. Tampoco como la “lengua karateka” —la One, como la llama su fanaticada— que circula en clips virales descolocando y haciendo llorar en vivo a políticos, modelos y participantes de programas televisivos de baile por igual. Esta no: esta Moria del mediodía de un viernes suena dos decibeles más abajo.
Es la misma mujer, aunque desmontada de su personaje. Y tal vez convenga empezar a llamarla por su nombre: Ana María Casanova. Es ella —una joven estudiante de clase media nacida en 1946 en el barrio de Belgrano, en Buenos Aires— quien desertó de la carrera de Derecho para dedicarse al espectáculo y convertirse en vedette.
La misma que desde hace décadas sostiene a una de las leyendas vivientes de la cultura pop argentina, y que ahora abre su caja de recuerdos. No logra precisar cuándo fue la última vez que estuvo en Chile. Diez, quince años, tal vez.
Lo que sí recuerda es que entonces vino por algo completamente distinto. “Siempre me invitaban para entrevistas y reportajes sobre mi vida. No les interesaba verme actuar ni nada de lo que yo hacía”, dice desde Buenos Aires, días antes de aterrizar en Chile, donde llegó esta semana, para subirse al escenario con la obra “Cuestión de género”, que hasta hoy se presenta en el Teatro Nescafé de las Artes.
Ha interpretado y hecho de todo en el escenario. Aunque se inició y ha sido conocida mayormente por su trabajo en el teatro de revista junto al actor y comediante Jorge Porcel, en los últimos años Moria Casán ha asumido roles de gran complejidad que le han dado una nueva vida como “actriz seria”. Desde una enfermera marginal en La visita inoportuna de Copi en 2009, hasta un Julio César de Shakespeare en versión travesti en 2022, sus apariciones en escena no pasan desapercibidas.
Por el contrario, nutren el mito. Y, en buena medida, también el éxito de las obras que protagoniza. Por eso, cuando los productores pensaron en ella para protagonizar la versión argentina de “Cuestión de género” —la comedia de la dramaturga francesa Jade-Rose Parker estrenada originalmente en París en 2022— la propuesta no le pareció extraña.
El montaje debutó el año pasado en el Teatro Metropolitan de Buenos Aires, dirigido por Nelson Valente y con la autora presente, y desde entonces ha tenido un éxito rotundo de público. Ahora la pieza aterriza en Chile de la mano de la productora MST Teatro. La historia gira en torno a una mujer trans interpretada por Moria Casán que, después de treinta años de matrimonio, se ve obligada a revelar su identidad justo cuando su marido —un político interpretado por el actor Jorge Marrale— se encuentra en plena campaña electoral.
La noticia no solo sacude a la familia, sino también la imagen pública del candidato. Si bien la obra —cuyo elenco completan los actores Paula Kohan y Ariel Pérez de María— aborda la identidad de género, el tema que subyace es otro: la fragilidad de aquello que durante años se sostuvo como normalidad. Para Casán, asumir el personaje de una mujer trans no es un gesto aislado dentro de su carrera, sino la prolongación de un impulso que —dice— ha guiado su propia vida.
Incluso la llegada al papel estuvo rodeada de una de esas coincidencias que ella misma considera extrañas y que intenta explicarse desde otro lugar. La historia comenzó durante un viaje a China. —Pasó algo loco.
Yo elegí el nombre Jade para el personaje, que en el texto original se llama de otra forma. Yo elegí justo antes de entrar en la Gran Muralla, cuando pasamos por la fábrica de jade que está ahí. Entonces dije: “Me gusta ese nombre”.
Días después me entero de que la autora también se llama Jade. Yo no tenía idea. —Después de décadas de ser un símbolo de la feminidad y el deseo, ¿qué encontraste en este personaje que no hubieras experimentado antes en el escenario?
—Interpretar a una mujer que decide transicionar y adoptar otro género ha sido fascinante. Siempre me ha gustado ese lado diferente, de no quedarse en la comodidad y de buscar la necesidad de ser uno mismo. Entonces, para mí representa la continuidad de una idea de vida que tengo, que es la transgresión.
Yo he sido una transgresora nata toda mi vida. Siempre estoy saliendo de mi clóset interno, no del género ni nada, sino de mi libertad y de no atenerme a ningún mandato. Eso es lo que también hacen las mujeres y otras personas trans.
“A mí siempre me han dado papeles transgresores en el teatro. Y todavía. Todas las cosas muy marginales o fuera de lo establecido, siempre me las dan a mí.
La diferencia con esta obra es que aquí hay, al mismo tiempo, una realidad muy latente. Y hay mucha risa y mucha carcajada, pero también hay silencios muy significativos que invitan a reflexionar. No quiero spoilear, pero se van a encontrar con algo copado que los va a dejar regulando.
Es una pieza que nos interpela mucho como sociedad”. El tema no surge del vacío. En los últimos años, el debate sobre las identidades trans ha vuelto a tensarse en distintos países.
En Argentina, que durante más de una década fue referente mundial con su Ley de Identidad de Género, el actual gobierno restringió los tratamientos de hormonas para menores y desmanteló parte de la institucionalidad dedicada a políticas de diversidad. En Estados Unidos, varios estados han impulsado leyes para limitar o criminalizar la atención médica afirmativa de género. Y en Chile, el Congreso aprobó recientemente una glosa presupuestaria que impide financiar terapias hormonales para menores en el sistema público.
—¿Cómo dialoga o se manifiesta esta obra con el clima adverso para las identidades trans? —Esta obra interpela, en primer lugar, por la valentía de poder hacerla. Nosotros, por ejemplo, la estamos haciendo en un teatro comercial.
No digo que haya real un riesgo, pero sí una jugada importante de la producción en presentar algo que muchos podrían pensar que es demasiado fuerte para un teatro comercial. Y, sin embargo, la gente acude, se vuelve loca. “Te diría que incluso impacta más porque el público siente que está frente a una realidad que no está ficcionada.
Saben que es una obra de teatro, que somos actores, pero aun así se encuentran con algo muy real. Podemos romper la cuarta pared sin romper la cuarta pared. Es muy realista”.
Aunque advierte que no quiere hablar de política, Moria no esquiva del todo esa arista del tema. Y lo hace parafraseando a Einstein: “Es más fácil separar un átomo que destruir un prejuicio, ¿no? ”.
“En esta época, donde vivimos una vuelta muy fuerte a dejar de lado derechos adquiridos, o a atropellarlos, incluso, y a cuestionar la libertad de cada uno para ser quien quiera ser, la obra pega mucho. Y pega porque no se siente como panfleto ni como oportunismo”. “Al final queda algo muy fuerte en el público.
Nosotros alcanzamos a verles las caras y se nota que siguen pensando en lo que acaban de ver. Eso tiene mucho valor. Para mí es una performance, más que una obra de teatro.
Eso es lo que más me gusta de lo que estamos haciendo”. Una temporada en Chile Volver a Santiago implica también volver sobre una parte de su propia historia. El vínculo de Moria Casán con Chile comenzó casi junto con su carrera, a comienzos de los años setenta, cuando el teatro de revista y el cabaret todavía marcaban el pulso de la noche capitalina.
A partir de 1974, Casán actuó en algunos de los escenarios emblemáticos del circuito —como el Bim Bam Bum, en el Teatro Ópera, y el Teatro Picaresque—, en temporadas donde el género mezclaba vedettes, humor político y números musicales. Quien la trajo por primera vez al país fue el comediante Daniel Vilches, figura central de la revista chilena, “cuando nadie se atrevía a traerla”, recordaría él mismo años después. —Daniel Vilches.
Un tipo divino —recuerda Moria. Regresó en varias otras oportunidades, pero la relación terminó de estrecharse en 1991, cuando la artista cerró su casa en Buenos Aires y se instaló por nueve meses en Santiago. Volvía a trabajar en el teatro de revista junto a Vilches y, al mismo tiempo, criaba a su primera hija.
Así recorrió varias ciudades y escenarios, dividida entre las labores de madre, los ensayos y camarines. Al año siguiente, sumó incluso una primera experiencia televisiva en Chile: condujo en La Red una versión local de su exitoso programa de entrevistas “A la cama con Moria”, otra de sus más memorables transgresiones. Esos meses de ciudadana residente en nuestro país, Casán consolidó un vínculo cariñoso con el público que —según dice ahora— nunca dejó de sentirse cercano.
—Tengo los mejores recuerdos de ese tiempo que viví allá. Ahí mi hija —la actriz Sofía Gala— era chiquita, fue al colegio, estuve viviendo como nueve meses allá, casi un año. Me recorrí todo Chile, la pasé bomba.
Me sentía que estaba en Europa. Viajabas un poquito y estabas en la nieve, viajabas otro poquito y estabas en el mar. La pasé muy bien.
Recuerdo la comida, los pescados, los mariscos. Dios mío, qué rico. Pero el recuerdo más hondo es otro.
—Tenía dos niñeras chilenas que fueron parte de mi vida y que cuidaron a mi hija como nadie. Yo trabajaba mucho en esa época —como siempre lo hago— y Juanita y Rebeca vivían con nosotras en casa y cuidaban de ella. Luego, Rebeca se quedó muchos años más que Juanita, pero imaginate.
Estas dos mujeres han tenido todo mi amor y le han dado todo el amor del mundo a mi hija. Por Chile, entonces, no puedo sentir más que gratitud. Más adelante, en esta misma conversación, Moria Casán menciona a Gonzalo Valenzuela, a Benjamín Vicuña e incluso a Antonio Vodanovic entre las figuras chilenas con las que recuerda haber coincidido a lo largo de su carrera.
A este último lo recuerda con algo de ayuda. Se le mezclan nombres, programas y épocas. Pero la memoria emocional permanece intacta.
Sobre todo cuando habla del público chileno. “Los espectadores chilenos son bárbaros. Hay muchas veces un prejuicio de ustedes mismos con respecto a su propio público, me parece.
Para mí el público no tiene color, como el humor, ¿no? No tiene color. No tiene cara”, dice.
“Hay algo que yo no olvido ni dejo de lado: desde el momento en que pagan una entrada para verte, ya te quieren, te aman y están a tus pies”. El mantra en arameo y otras cábalas Después de más de medio siglo sobre los escenarios, Moria Casán dice moverse entre la intuición, la disciplina y una serie de rituales que incluyen música disco, ritmos afro y mantras en hebreo que repite cada noche, antes de salir a actuar. También comparte algunos de esos ritos con sus compañeros de elenco en “Cuestión de género”.
—Tenemos un ritual colectivo y yo tengo también los míos. Parte para mí sola, cuando viene la chica a cablearme y me pone el sonido, siempre hago un ritual. Pongo “Sunny” de Boney M, que es un himno que ya todo el tiempo lo tengo conmigo y lo debo haber escuchado, no sé, millones de veces.
Y luego pongo también “Free Yourself”, de Jessie Ware, otra canción que me fascina y me levanta. “Después, mis compañeros me dan paso y están todos tocando una mesa, como haciendo tambores. Me dan paso y yo voy moviéndome a ese ritmo afro, hasta que subimos la escalera que nos lleva al escenario.
Primero va un asistente, luego yo, y voy haciendo un mantra en arameo, en hebreo, imaginate lo que es eso. Hablo un poquito apenas porque estoy estudiando Kabbalah. Los sonidos guturales no sabés lo que son.
Parecemos trastornados. Es muy divertido y todos los días hacemos lo mismo”. —¿Desde hace cuánto estudias Kabbalah y qué te llevó a esas lecturas?
—Llevo bastante tiempo. Sacando el tema de la religión, es el pensamiento que he tenido toda la vida, incluso siendo católica, apostólica, romana, no militante y no ejerciendo nada. Yo soy porque me bautizaron —se ríe—.
Con Kabbalah encontré todas las herramientas. Es un pensamiento metafísico que estudia la física cuántica y otras cuantas cosas, y vos podés modificar tu pasado poniéndote en observador de tu vida, tu presente, tu futuro. A mí me dio todas las herramientas para ser más sabia.
—¿Qué ha sido lo más revelador de esta nueva filosofía en tu vida? —Yo creo que tomé conciencia de que todos mis pensamientos de niña, cuando me iba a la cama a pensar —yo lo que más hacía de chica era primero jugar, era muy lúdica, y después me iba a pensar— como si todo eso que yo pensaba y que no podía exteriorizar, porque lo fui exteriorizando a medida que me hice adulta, lo encuentro ahora y lo veo de manera muy clara. Decretos, manifestación de ciertas cosas.
La autoprotección es otra cosa que aprendí, a bloquear todo lo negativo, a no tener porosidad del afuera y que el afuera no te condicione. Y el adentro, tampoco. O sea, te enseña a ser libre.
O más. El evangelio según Moria Casán Dice que ya hay quienes le prenden velitas y que solo falta el templo. Vedette metafísica por momentos, coach del deseo y papisa kitsch en otros, Moria Casán encarna algo que excede con creces la figura tradicional del espectáculo: una forma singular de poder cultural y mediático que atraviesa décadas de televisión, teatro y política.
Una mujer que desconfía de todos los moldes —incluso de aquellos que la consagraron— y que, tras sucesivas reinvenciones, ocupa hasta hoy un lugar central en la cultura popular argentina. Su reinvención no es nueva. Hace un par de años incursionó en el formato podcast con La One: El Podcast de Moria Casán, una serie documental producida por Spotify Argentina junto a Revista Anfibia.
Allí, a partir de conversaciones íntimas, desplegaba confesiones, filosofía doméstica y su habitual provocación. El programa llegó rápidamente a los rankings de lo más escuchado en el país. Ahora se prepara para escribir otro capítulo en esa historia: una serie sobre su vida para Netflix, de la que —dice— no puede hablar por contrato.
Lo que sí se sabe es que el proyecto, titulado tentativamente La One, tiene previsto su estreno el 16 de agosto de este año, la misma fecha en que Moria Casán cumplirá 80 años. No será una biografía convencional ni un repaso lineal de su carrera, sino una ficción que mezcla episodios reales con una puesta más lúdica y onírica sobre el personaje y la mujer detrás del mito. La serie, dirigida por Javier Van de Couter y producida por About Entertainment —la compañía del productor ganador del Oscar Armando Bo (“Birdman”)— ya anunció a las tres actrices que interpretarán a Moria en distintas etapas de su vida.
Su hija, Sofía Gala Castiglione, encarnará a la Moria joven de los años setenta y ochenta; Griselda Siciliani representará una etapa intermedia de su carrera; y Cecilia Roth dará vida a la Moria madura, la figura que terminó convirtiéndose en una institución del espectáculo argentino. No por nada, Netflix la estrenará en simultáneo en 190 países. La propia Moria Casán ha seguido de cerca el proceso.
Habla del proyecto como algo “épico”, aunque vuelve a recordar que, por contrato, no puede revelar detalles. Esa reinvención constante suya —sumada a la creciente devoción de nuevas generaciones que la han redescubierto y adoptado como ícono de diversas causas— ayuda a explicar su vigencia. Hasta hoy, la intérprete y conductora tiene su espacio a diario en la televisión argentina con “La Mañana con Moria”, que se emite de lunes a viernes por eltrece, y donde se ha convertido también en una opinóloga filosa de la política y la coyuntura argentina.
Con su instinto y arrojo de “animal televisivo”, se ha pronunciado sobre gobiernos, candidatos y crisis con el mismo desparpajo con que disecciona el teatro o la farándula. Pero sus filiaciones han tenido costos: en los noventa defendió públicamente a Carlos Menem, manteniendo con él una cercanía que aún se le recuerda. En 2005, intentó dar el salto directo a las urnas como candidata a diputada nacional por la Ciudad de Buenos Aires con el Movimiento Federal de Centro, aunque no fue electa.
En los últimos años, su figura volvió a gravitar en la política a través de vínculos personales con el peronismo y de sus ácidos comentarios sobre la coyuntura. Sobre el actual presidente, Javier Milei, ha oscilado entre la fascinación y los dardos: lo ha descrito como una figura “disruptiva” y “performática”, y en otra ocasión lo llamó “un Calígula de cabotaje”. Sin embargo, últimamente parece observar el fenómeno con una mezcla de curiosidad y pragmatismo.
Incluso llegó a vaticinar su reelección. —¿Cuánta conciencia del mito Moria Casán tiene Ana María Casanova? —Yo me doy cuenta, obviamente.
Hay tanta gente que hace de mí, mis dobles, y gente que trabaja con tu imagen, gente que tiene su casa y su techo, su coche y su trabajo y su familia haciendo de Moria… o sea, me impresiona. Esa construcción es muy fuerte. Y lo que me encanta de mi construcción es que no me tengo que deconstruir porque va reseteándose, manifestándose cada día.
Hay una esencia, pero te modificás igual, te vas flexibilizando y adaptando a las circunstancias. —¿Moria Casán ha tenido una estrategia para esa permanencia? —Ser uno mismo.
No intoxicarte con tus pensamientos. Estar en un detox, en un reseteo constante, muy ocupada en tu actividad y en dinamizarte. No tanto hacer cosas, sino hacer cosas que te den goce.
Eso hace que no me canse. Energéticamente soy muy usina yo, muy animal. “Yo debería tener un Moria Vaticano, un evangelio propio.
Todo el mundo me llama para pedirme ayuda y consejos para resolver cosas en su vida. Supongo que debe haber algo físico-anímico, algo que traspasa lo artístico. La gente recibe y se queda con tu energía”.
Del mito erótico que dominó el teatro de revista en los años setenta y ochenta al personaje respetado —y temido— por sectores de la política, la televisión y el espectáculo, Moria observa cómo su propia figura ha mutado con el tiempo. —Cuando fui más joven, la mona, la bomba, yo siempre supe que para los chicos era un objeto. En vez de volverme loca, lo dosifiqué y lo puse en un lugar de normalidad.
Yo nunca hice un casting para nada, me eligieron siempre para todo. Entonces tuve una vida gloriosa, y esa vida me tiene que servir de base, no de destrucción. Pero la gente se come el personaje.
Cuando vos empezás a comprar lo que vendés, te transformás, te comió el personaje. Una voz de fondo la apura. El tiempo se acaba.
—¿Sentiste eso alguna vez, que te había comido el personaje? —No. Yo nunca lo permití.
Y eso fue lo que me permitió tener libertad y pasarla bien, hasta ahora. —Una última pregunta, ¿qué mirada tienes hoy de la situación política y social en Argentina con el actual gobierno? La tercera voz insiste.
Moria Casán toma el atajo de salida. —Disculpa. Acá sí te voy a cortar.
Quiero que la última pregunta sea la otra. Ya me están llamando y me tengo que ir. Y no quiero hablar nada, nada que tenga que ver con política.
Besos.
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