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“Ministerio del Hombre”: La frase marketera para banalizar los derechos de las mujeres
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01:48 · Chile

“Ministerio del Hombre”: La frase marketera para banalizar los derechos de las mujeres

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La frase de Vanessa Kaiser sobre que no debería existir un Ministerio de la Mujer y que, si existe, entonces debería haber uno “de los hombres”, no abre un debate serio. Lo rebaja. No corrige una supuesta injusticia: instala una falsa simetría entre quienes han detentado históricamente el poder y quienes todavía requieren institucionalidad específica para enfrentar desigualdades concretas.

Porque conviene recordar algo básico, aunque a algunos les incomode: el Ministerio de la Mujer no existe para “darle ventajas” a las mujeres. Existe porque la violencia, la discriminación, la desigual distribución de los cuidados y las brechas de acceso al poder no son delirios ideológicos ni caprichos burocráticos. Son problemas estructurales.

Y cuando el Estado crea una institucionalidad para abordarlos, no está repartiendo privilegios: está reconociendo una deuda. Por eso la consigna del “Ministerio del Hombre” suena ingeniosa solo si uno borra la historia. Solo si decide fingir que toda política de reparación es un abuso y no una respuesta institucional mínima ante desigualdades persistentes.

En Chile, además, existe un marco legal que reconoce el deber del Estado de prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres por razones de género. No estamos hablando de un gesto simbólico, sino de una estructura nacida porque hubo daño, exclusión y desprotección. Lo más inquietante es que esta frase no aparece en el vacío.

Se parece demasiado a una corriente global que hoy seduce a parte de la derecha femenina: una narrativa que ya no combate frontalmente los derechos de las mujeres, sino que desgasta su legitimidad presentando al feminismo como una exageración, una moda cansadora o una promesa fracasada. The New York Times en Español lo retrató con claridad en una publicación titulada “Luchar por la feminidad, no por el feminismo”, donde describía a mujeres jóvenes conservadoras que reformulan su identidad política desde una crítica al feminismo dominante. La idea no es menor.

El planteamiento ya no consiste en decir, brutalmente, que las mujeres deben volver a su lugar. Eso hoy sería demasiado burdo, demasiado obvio, demasiado fácil de rechazar. La operación es bastante más sofisticada: se presenta la “feminidad” como refugio y el feminismo como agotamiento.

La autonomía aparece asociada al cansancio, la presión y la soledad; la vuelta a roles tradicionales, en cambio, se vende como autenticidad, bienestar y libertad de elección. En esa misma línea, el propio New York Times ha explorado también el auge de figuras femeninas influyentes en movimientos conservadores y de extrema derecha —desde el universo MAGA hasta el fenómeno de las “tradwives”— que promueven la maternidad idealizada, el rechazo al feminismo moderno y la reivindicación de roles tradicionales de género. Lo hacen, además, usando con enorme eficacia las plataformas digitales: TikTok, Instagram, podcasts, contenidos aspiracionales.

No hablan como predicadoras del siglo pasado. Hablan como influencers del presente. Y por eso mismo resultan más eficaces.

Ese es el punto. El retroceso ya no siempre se presenta como retroceso. A veces se disfraza de autocuidado.

A veces de sentido común. A veces de “rebeldía” frente a un feminismo supuestamente excesivo. El problema no es que existan mujeres críticas del feminismo.

El problema es que se use el cansancio real de muchas mujeres con el mandato imposible de la “supermujer” para empujar una agenda que no busca ampliar derechos, sino devolver prestigio a una estructura más cómoda para el orden tradicional. Porque una cosa es cuestionar con razón un modelo que les exigió a las mujeres rendir en todo al mismo tiempo: ser profesionales impecables, madres presentes, parejas deseables, emocionalmente disponibles y físicamente perfectas. Y otra muy distinta es usar ese malestar para reinstalar, con maquillaje digital, la vieja idea de que la emancipación femenina fue un error o, al menos, un exceso.

Por eso la frase de Kaiser funciona tan bien en ciertos sectores. Porque desplaza la conversación. En vez de discutir violencia, brechas, corresponsabilidad o discriminación, nos obliga a perder tiempo debatiendo si los hombres están siendo “marginados” por la sola existencia de una institucionalidad para mujeres.

Es una maniobra conocida: convertir cualquier avance ajeno en agravio propio. Hacer pasar por discriminación lo que en realidad es apenas una corrección mínima de la cancha. Y sí, los hombres tienen problemas graves que requieren políticas públicas serias: salud mental, suicidio, aislamiento, mandatos de masculinidad destructivos.

Pero de ahí no se desprende que el Ministerio de la Mujer sobre. De ahí se desprende, más bien, que el género sigue organizando dolores, expectativas y desigualdades. Solo que no de manera simétrica.

Lo incómodo es que hoy estas ideas muchas veces son enunciadas por mujeres con poder, tribuna y visibilidad. Mujeres que hablan desde espacios que también existen gracias a luchas feministas previas, pero que ahora actúan como si esos avances hubieran caído del cielo. Es la forma más sofisticada de la reacción: no expulsar a las mujeres del espacio público, sino vaciar de contenido político las herramientas que permitieron que llegaran.

La pregunta, entonces, no es si debería existir un “Ministerio del Hombre”. La pregunta es por qué cada vez que las mujeres consiguen una estructura mínima para nombrar la desigualdad, aparece alguien dispuesto a llamarla privilegio. Porque tal vez el verdadero problema para ciertos sectores no es que las mujeres tengan demasiado.

Es que ya no aceptan tener menos.

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