“Michael”, más white que black
Era inevitable que, tarde o temprano, Michael Jackson, quién hasta el día de hoy ostenta la corona como Rey del Pop en la música, tuviera una película biográfica, aunque ya parte de la pega fuera hecha por el género documental en realizaciones que daban cuenta de su carrera artística y aspectos polémicos de su vida. Tampoco el cine es ajeno en su biografía porque su voz infantil fue la que rindió homenaje a un ratón revolucionario llamado “Ben” (1972); interpretó al Espantapájaros en la versión “El Mago de Oz’ (1978) que dirigió Sidney Lumet con la cantante Diana Ross como protagonista; fue productor y protagonista de “Moonwalker” (1988), una fantasiosa visión de su obra musical; y en sus videoclips siempre estuvo presente la admiración de un cinéfilo, ya sea en “Thriller”, tributando al mundo zombie con la voz y risa de ultratumba a cargo de un gran histrión del cine de terror clásico como Vincent Price; y entre los realizadores contratados para algunos de sus videoclips hay nombres de la talla de David Lynch, Spike Lee, David Fincher y hasta Martin Scorsese, quién le puso firma, imagen y sello al tema “Bad”. “Michael” está dirigida por Antoine Fuqua que, entre lo mejor de su currículum, tiene el thriller policial “Día de entrenamiento” (2001) dónde Denzel Washington hace de policía corrupto y, aunque no lo mejor, pero efectivo, la trilogía “El justiciero” (2014) dónde el mismo actor ahora es todo lo contrario, aunque, en ambos casos, se pasa por buena parte a la ley.
Y aquí dirige una producción que viene con la mirada “Gran Hermano” de la familia Jackson, donde hasta un sobrino lo interpreta en su etapa de solista, lo cual anuncia que se trata de una biografía autorizada, pero que no resta interés al producto porque su objetivo es contar lo que ya todos saben y desean: verlo reconstruido con personajes de carne y hueso. Lo mejor de “Michael” es su primera parte porque se centra en su infancia y el entrenamiento tiránico de su padre, Joseph, para sacar a la familia de la pobreza creando a los “Jackson Five”, pero dónde la peor parte se la lleva Michael porque es la voz cantante del grupo, enternece por su talento y como guinda de la torta debe ser perfecto. Sin embargo, esta idea se disuelve a medida que avanza el relato porque no es lo importante del negocio, sino contar su camino al éxito y, de esta forma, la excusa para lo segundo mejor de la película que es reconstruir sus actuaciones en el escenario y videoclips, porque muestra la magia del cine de hacer creer que, como en la escena sobre la realización de “Thriller”, se puede desde la pantalla resucitar a los muertos.
De ahí nada más, soportar un guión básico y de manual con diálogos que sólo sirven para conectar una escena con otra y dónde abundan las frases proféticas de que Michael está hecho para grandes cosas, algo así como un elegido o mesías a quien se le pide que aguante-hasta que se la cree- para llegar a su inevitable destino. Y si la decisión para no abarcar toda su vida es que difícilmente puede ella caber en una película, eso es “chiva”, porque el cine tiene ejemplos donde la obra y tragedia de un artista no sólo alcanza, también desborda con emoción la pantalla. Pero este no es el caso porque se sabe que, para los fines de la producción y el negocio, con lo justo y necesario basta y sobra.
Y el hecho de que las funciones en Magallanes, en Chile y el mundo concluyan con aplausos espontáneos del público, deja claro que más allá de lo que diga la crítica sobre la película o lo que se diga-o no se diga-de Michael Jackson, su legado musical fue lo que finalmente ganó el gallito a lo que fue, tal vez, su propia vida.
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