Metáforas, hipérboles y responsabilidad política
A propósito de las explicaciones entregadas por el Presidente respecto de sus recientes declaraciones, conviene hacer una precisión que parece menor, pero que en política resulta fundamental: una metáfora no es lo mismo que una hipérbole. La metáfora traslada un significado hacia otro plano simbólico; la hipérbole, en cambio, exagera deliberadamente una idea para enfatizarla. Confundir ambos recursos no es sólo un error semántico o literario.
También revela una preocupante liviandad respecto del valor del lenguaje en el ejercicio del poder. En política, las palabras no son adornos retóricos ni ejercicios académicos. Construyen relatos, fijan percepciones, transmiten prioridades y moldean climas sociales.
Una autoridad no habla únicamente para quienes conocen las sutilezas del lenguaje figurado, sino para millones de personas que interpretan sus palabras desde la experiencia cotidiana, muchas veces sin mediaciones técnicas ni intelectuales. Por eso resulta insuficiente —e incluso algo arrogante— seguir instalando la idea de que “la gente entendió mal”. Cuando una declaración provoca confusión masiva, el problema suele estar menos en la capacidad de comprensión de quienes escuchan que en la deficiencia comunicacional de quien emite el mensaje.
Gobernar también implica hacerse responsable del lenguaje utilizado. Porque en democracia, las palabras presidenciales nunca son inocuas. Y cuando después de cada polémica se intenta corregir el sentido original mediante explicaciones posteriores, aclaraciones técnicas o reinterpretaciones semánticas, lo que termina deteriorándose no es sólo la comunicación: es la credibilidad.
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