Memoria encarnada: los sicanje croatas y las batallas históricas en Eurovisión
Eurovisión se creó en 1956 con el objetivo de fomentar la unidad europea a través de la música en un continente aún marcado por las heridas que dejó la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en las últimas décadas se ha convertido en un escenario paradójico donde, bajo la apariencia de un festival musical apolítico, emergen antiguas fracturas históricas. Uno de los temas más sensibles es el legado del Imperio otomano en los Balcanes y el Cáucaso.
Países como Grecia, Armenia, Chipre y Croacia han encontrado en este certamen una excelente plataforma para llevar a cabo una performance de la identidad nacional, recordando episodios de opresión, conversiones forzadas y resistencia cultural. El caso croata: los sicanje en el escenario de Viena En la final celebrada el 16 de mayo de 2026 en Viena, el grupo croata LELEK irrumpió con una propuesta que trascendió lo meramente musical. Las cinco integrantes lucieron réplicas fieles de los sicanje (o bocanje), uno de los tatuajes tradicionales más antiguos de Europa y símbolo elocuente de la resistencia cristiana frente a siglos de dominación otomana en los Balcanes.
LELEK, quinteto vocal femenino formado en Zagreb en 2024, combina ethno-pop contemporáneo con armonías inspiradas en el folclore croata. Su canción “Andrómeda”, ganadora del festival Dora, entrelaza el mito griego de la heroína liberada con la experiencia histórica de resiliencia de las mujeres católicas de Bosnia-Herzegovina y Dalmacia. La letra, con frases como “Nuestras madres no han parido esclavas”, adquiere especial fuerza cuando se acompaña de los tatuajes visibles en la piel de las artistas.
Origen y significado de una tradición corporal Según el antropólogo Lars Krutak en su estudio Balkan Ink: Europe’s Oldest Living Tattoo Tradition (2018), los sicanje constituyen una de las tradiciones de tatuaje vivas más antiguas de Europa. Sus raíces se remontan a las culturas traco-ilirias de los Balcanes, anteriores al siglo III a. C.
Aunque se integraron profundamente al catolicismo tras la cristianización, conservan elementos paganos pre-cristianos como dualismos luz-oscuridad, serpientes y motivos astrales, lo que revela una notable continuidad cultural. Esta práctica se desarrolló principalmente entre mujeres católicas (y en menor medida niños y hombres) en el centro de Bosnia-Herzegovina y partes de Dalmacia. Tras la conquista otomana de Bosnia en 1463, que sometió gran parte de los Balcanes durante más de cuatro siglos (hasta 1878 en Bosnia), los tatuajes adquirieron una función existencial de supervivencia y resistencia cultural.
En un contexto histórico marcado por intensas presiones para islamizarse, el sistema del devşirme —que consistía en el reclutamiento forzoso de niños cristianos para convertirlos en soldados de élite (jenízaros)—, los secuestros, la esclavitud sexual y los matrimonios forzados, las madres y abuelas implementaron una estrategia corporal audaz. Tatuaban a las niñas en zonas visibles (manos, muñecas, antebrazos, rostro, pecho y cuello) con cruces cristianas y motivos geométricos protectores. Estos tatuajes las convertían en “impuras” para los musulmanes, dada la prohibición coránica de los tatuajes permanentes, actuando como una barrera visible contra la conversión forzada y el secuestro.
Lejos de ser un mero acto de rebeldía individual, el sicanje operó, como señala la socióloga Tímea Barabás en In(k)scribed Identities: A Sociological Analysis of Catholic Croat Tattoos (2019), como un poderoso mecanismo de cohesión social y reproducción identitaria. Inspirada en Michel Foucault y en las teorías contemporáneas de la identidad social, Barabás interpreta estos tatuajes como un “proyecto corporal” de agencia femenina. Las mujeres no fueron solo víctimas pasivas de la historia imperial, sino sujetos activos que utilizaron su propio cuerpo como superficie de inscripción política y religiosa.
En un entorno de asimilación forzada, el tatuaje se convirtió en un marcador indeleble de pertenencia comunitaria, fe católica y rechazo a la dominación otomana. Estas marcas representaban una “frontera política móvil” que el Imperio no podía borrar. El ritual del bocanje (del verbo “pinchar”) era extremadamente doloroso y constituía un verdadero rito de paso femenino.
Las ancianas trazaban los diseños y los ejecutaban con agujas calentadas. La tinta se elaboraba con ingredientes simbólicos y rituales: hollín de resina de pino, miel, saliva, leche materna (preferiblemente de madres de niños de ojos azules), yema de huevo, jugo de enebro y agua bendita. Tras el proceso, se aplicaba papel índigo para fijar el característico color azul oscuro.
Los motivos recurrentes —cruces (križ), pulseras protectoras (narukvica), vallas (ograda), ramas de pino, círculos (kolo), espigas, sol, luna y estrellas— combinaban protección espiritual, identidad familiar y elementos cosmológicos. Esta tradición decayó drásticamente después de la Segunda Guerra Mundial y durante el régimen comunista yugoslavo, que la percibía como una reliquia primitiva y contraria al proyecto de “hermandad y unidad” socialista. Sin embargo, en las últimas décadas ha experimentado un proceso de revitalización como parte de los esfuerzos de recuperación cultural y nacional en Croacia y Bosnia-Herzegovina.
Exposiciones como la celebrada en Namur (Bélgica) en 2022 han contribuido a situarla en el mapa europeo como ejemplo paradigmático de resistencia cultural frente a sucesivas dominaciones imperiales. Reacciones y el peso de la memoria histórica Como era previsible, la actuación generó malestar en Turquía. La combinación de los tatuajes y la letra de la canción fue interpretada como una alusión directa a la dominación otomana.
No se trata de un episodio aislado: en 2015 Armenia, en 2025 Grecia y ahora Croacia han utilizado el escenario de Eurovisión para visibilizar memorias dolorosas que Ankara considera ataques a su narrativa nacional. Las redes sociales en Turquía dedicadas a Eurovisión se llenaron de opiniones y duras críticas tanto al quinteto croata como al certamen. El diputado croata Marin Miletić respondió a estas críticas turcas con claridad: “¿Por qué les molesta la verdad?
El pueblo croata combatió a los otomanos durante casi 400 años, y no pudieron vencernos. Sobrevivimos y preservamos a nuestro pueblo, nuestra fe, nuestra cultura y nuestra identidad”. Esta dinámica revela cómo Eurovisión ha dejado de ser un mero concurso musical para convertirse en un espacio donde se reafirman soberanías históricas y se confrontan narrativas nacionales.
Para Turquía, que abandonó el festival en 2013, estas expresiones resultan provocadoras en un foro que, según las normas de la UER, debería permanecer apolítico. Más allá de la estética: memoria encarnada Al vincular el mito de Andrómeda con la historia real de las mujeres balcánicas, LELEK transforma el cuerpo femenino tatuado en un actor político. Los sicanje dejan de ser un elemento folclórico para convertirse en testimonio vivo de una memoria que resiste el paso del tiempo.
En un certamen que suele premiar mensajes universales y fácilmente digeribles, Croacia ha recordado que la cultura europea no se construye solo sobre abstracciones luminosas, sino también sobre cicatrices concretas, resistencias particulares y pasados incómodos. Silenciar estas memorias bajo el pretexto de la armonía no las erradica; solo las debilita y, paradójicamente, las vuelve más explosivas. La verdadera unidad europea —si ha de ser duradera— no puede fundarse en el olvido selectivo o el olvido de la historia por intereses políticos, sino en el reconocimiento mutuo de las distintas experiencias históricas que han forjado dicho continente.
En Viena, las voces y los tatuajes de LELEK ofrecieron un recordatorio potente y necesario de esta verdad.
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