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Mayol y asunción de Kast: “Gobernar en crisis no es administrar, sino reconstruir capacidades”
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02:08 · Chile

Mayol y asunción de Kast: “Gobernar en crisis no es administrar, sino reconstruir capacidades”

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¿Qué ocurre cuando una sociedad empieza a vaciar de sentido sus propios mecanismos de autoridad? En su más reciente libro, “Malestar social y crisis política”, Alberto Mayol no aborda el malestar como una simple suma de enojos o protestas, sino como una transformación histórica profunda, capaz de deslegitimar a las élites, alterar los ejes tradicionales de la política y abrir paso a escenarios inciertos. El sociólogo plantea un nuevo marco conceptual para explicar cómo las instituciones y discursos se deforman y se replican patológicamente, contaminando la vida pública con formas desiertas de poder.

De la filosofía a la política real, este libro combina pensamiento clásico (Gramsci, Weber, Arendt, Benjamin) con análisis empírico del presente, mostrando cómo las democracias occidentales enfrentan un proceso de degeneración simbólica comparable al de una enfermedad sistémica. – ¿Cuál es el origen de este libro? ¿Cómo se vincula con sus obras anteriores?

El origen de este libro es doble, pero hay un punto en el que ambas rutas convergen de manera decisiva. Por un lado, proviene de un largo trabajo de análisis de casos, principalmente sobre Chile, pero también sobre procesos críticos a nivel internacional. En libros como El derrumbe del modelo, No al lucro, Autopsia, así como en trabajos sobre fenómenos más recientes —incluyendo el caso de Milei: el fenómeno y la crisis existencial de Occidente— fui desarrollando interpretaciones donde los conceptos estaban presentes, pero no siempre explicitados de manera sistemática.

Aparecían en función de cada caso, como herramientas analíticas situadas. Por otro lado, este libro se origina en un trabajo de largo plazo: el desarrollo de una teoría de las transformaciones sociales. En ese marco, el malestar no es un fenómeno accesorio, sino una dimensión estructural de los procesos de cambio, especialmente en contextos de crisis o reconfiguración de alta complejidad.

El punto de encuentro entre ambas rutas se expresa de manera especialmente clara en Big Bang: estallido social, donde el análisis empírico del caso chileno comienza a exigir, con mayor fuerza, una explicitación teórica más robusta. Esa obra marca el momento en que ambas trayectorias —la de análisis de casos y la del desarrollo conceptual— dejan de avanzar en paralelo y comienzan a integrarse. Esa integración se vuelve ineludible con el proceso chileno reciente: el Estallido Social, su deriva institucional y la salida constituyente.

Ese ciclo generó exigencias interpretativas que desbordaban claramente los marcos disponibles. Obliga a ir más allá de lecturas parciales o teorías acotadas —que suelen capturar fragmentos del fenómeno, pero no su lógica global— y exige una comprensión capaz de integrar dimensiones sociales, políticas y culturales en una misma estructura analítica. En ese sentido, lo que faltaba —y que este libro intenta abordar— era una mayor precisión en la dimensión política de las transformaciones sociales.

Porque las transformaciones del sistema político no ocurren en el vacío: están profundamente vinculadas al bienestar, a la producción de sentido y a la capacidad del sistema de procesar sus propias tensiones. Este libro es, entonces, el resultado de esa convergencia: la acumulación de análisis empírico y la necesidad de construir un marco teórico más robusto para comprender procesos como el Estallido y sus consecuencias, que aún hoy requieren un nivel de análisis más complejo del que habitualmente ofrecen las teorías disponibles. – El libro habla de un malestar existente en la sociedad, algo que quedó evidente tras el Estallido de 2019.

Sin embargo, ¿es parte de un malestar global? – La evidencia empírica es bastante clara: el caso chileno no es aislado, está profundamente alineado con un ciclo global de manifestación del malestar. Si uno observa los datos comparados, hay dos momentos especialmente intensos a nivel mundial: 2011 y 2019.

Y son, precisamente, los mismos años en que Chile experimenta sus principales episodios —el ciclo de movilización estudiantil de 2011 y el Estallido Social de 2019—. Esa coincidencia no es casual. Pero hay un segundo elemento aún más relevante: la estructura temporal de estos ciclos.

Históricamente, los grandes momentos de protesta global estaban separados por períodos largos. El ciclo de 1968, luego el de 1989, implicaban intervalos de más de 20 años. Sin embargo, a partir del siglo XXI vemos una aceleración: entre 2011 y 2019 hay apenas 8 años.

Es decir, pasamos de ciclos largos a ciclos cortos, lo que indica un sistema global mucho más inestable y con menor capacidad de absorción. En ese contexto, Chile no solo forma parte del fenómeno, sino que destaca dentro de él. Fue uno de los países con mayor intensidad de movilización, tanto en términos absolutos como relativos a su población.

Además, presenta características distintivas: una extensión territorial amplia de las protestas y una duración significativamente mayor que en otros casos. Por tanto, lo que vemos en Chile es una expresión particularmente intensa de un proceso global. Y justamente por eso resulta tan interesante analíticamente: porque permite observar, de manera más nítida, dinámicas que en otros países aparecen de forma más fragmentada.

– Uno de los conceptos que aplica el libro son las categorías “priónicas”, en referencia a las enfermedades neuronegenerativas, como el mal de la “vaca loca”. ¿Pueden aplicarse a la historia reciente de Chile, incluido el Estallido? Sí, son plenamente aplicables, pero es importante entender bien qué significa lo “priónico”.

En biología, un prión es una proteína mal plegada. Las proteínas se construyen a partir de aminoácidos que deben plegarse de una manera específica para cumplir su función. La forma del pliegue es decisiva: determina su utilidad dentro del organismo.

Sin embargo, bajo ciertas condiciones, ese plegamiento falla. La proteína resultante no solo es disfuncional, sino que tiene la capacidad de “contagiar” a otras, induciéndolas a plegarse de la misma manera defectuosa. Lo relevante de este fenómeno es su estructura: no es simplemente un error, es un error que se replica.

Ese patrón es observable en el plano sociocultural, que es donde se configuran las fases de la política. Bajo ciertas condiciones, las estructuras de sentido comienzan a deformarse y, lo más importante, esa deformación se expande. En el caso chileno —y más ampliamente en Occidente— vemos la proliferación de formas priónicas en política: estilos comunicacionales que privilegian el impacto por sobre la comprensión, radicalizaciones que se imitan transversalmente, uso intensivo de redes sociales que reemplaza deliberación por visibilidad, y una creciente separación entre eficacia electoral y funcionamiento real del sistema político.

Esto último es decisivo: lo que es funcional para ganar elecciones puede ser profundamente disfuncional para gobernar. Cuando esas dimensiones se desacoplan, la política empieza a operar con lógicas deformadas. Esto no se limita al Estallido.

El Estallido es un momento dentro de un proceso más amplio. Lo priónico permite comprender la deriva posterior: simplificación extrema, dificultad para reconstruir sentido y multiplicación de discursos que reducen la complejidad para hacerla comunicacionalmente eficaz. El resultado es una política que genera “pliegues” no funcionales a su propio desarrollo: produce contradicciones, reduce su capacidad de aprendizaje y dificulta su operación.

– En este marco de crisis, ¿cómo evalúa los primeros días de gobierno de José Antonio Kast? ¿Qué espera usted de este gobierno? – El gobierno de José Antonio Kast, al igual que el de Gabriel Boric, nace de una crisis.

Y esto es clave: la crisis no es solo un conjunto de problemas, sino una estructura. En ese contexto, los presidentes que emergen suelen ser expresión de la crisis. Son elegidos porque simbolizan una respuesta a ella.

La pregunta decisiva es si un presidente que es síntoma puede transformarse en quien logra domesticar la crisis. Es posible, pero es muy difícil. Requiere dejar de ser expresión del problema para convertirse en arquitecto de una nueva síntesis.

En el caso de Gabriel Boric, ese tránsito no se logró. Y en el caso de José Antonio Kast, lo que se observa en sus primeras semanas es que incluso iniciar ese camino resulta complejo. Porque gobernar en crisis no es administrar, sino reconstruir capacidades: producir sentido, reordenar prioridades, restablecer vínculos.

Y eso exige una transformación más profunda que una simple reacción frente a los problemas. – El Estallido parece haber quedado atrás, tras liberar una enorme cantidad de energía. ¿Pero ha quedado atrás realmente?

¿O ha quedado en remojo? – No, el Estallido no ha quedado atrás. Lo que terminó fue una de sus interpretaciones: su primera salida política, de carácter izquierdista, canalizada en el proceso constituyente.

Pero eso nunca fue el Estallido en sí. El Estallido es la expresión de una ruptura más profunda: la imposibilidad de articular coherentemente normas sociales, jurídicas, culturales y prácticas cotidianas. Las personas dejan de poder hacer coincidir lo que el sistema les dice con lo que viven y desean.

Cuando esa coherencia se rompe, la sociedad entra en un estado de confusión y disrupción. Y bastan algunos errores del sistema político para que esa tensión se vuelva explosiva. Antes del Estallido ya había señales claras de esa desconexión.

Debates como el de las 40 horas mostraban un sistema político incapaz de construir sentido común: posiciones rígidas, sin capacidad de síntesis, que resultaban incomprensibles para la ciudadanía. En ese contexto, el Estallido no es la causa, sino el síntoma. Y por eso sigue presente.

No en su forma explosiva, sino en una forma distinta, más corrosiva. Ha cambiado de estado, pero no ha desaparecido. Chile sigue viviendo un proceso de desestructuración importante.

Existen contrapesos —institucionales y culturales— que contienen parcialmente esa dinámica, pero no la resuelven. El Estallido, entendido como ruptura estructural, sigue avanzando. Y mientras no se reconstruya una coherencia entre sistema político, cultura y vida social, esa energía seguirá operando, aunque adopte formas menos visibles.

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