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Más sobrios... y más solos
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19:51 · Chile

Más sobrios... y más solos

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En menos de un mes, The Economist publicó dos artículos sobre la caída del consumo de alcohol en países desarrollados. El primero, del 18 de diciembre de 2025, recorre cómo nuestros ancestros “descubrieron” el alcohol y el rol que pudo haber jugado como facilitador social, acompañando rituales y potenciando la cohesión. “No es solo que bebamos menos; es que estamos teniendo menos ocasiones para vernos.

Y esto podría reflejar una tendencia: la ONU proyecta que los hogares unipersonales aumentarán de 28% en 2018 a 35% en 2050, a nivel global”. El segundo, del 15 de enero de 2026, es más inquietante. Sugiere que la caída en el consumo de vino revela algo más profundo: un retroceso en las comidas compartidas y en esas reuniones pequeñas que hasta hace poco estructuraban la forma de relacionarnos.

Y pone números sobre la mesa: en 2023, casi un 25% de los adultos en Estados Unidos hizo todas sus comidas solo, versus 17% en 2003; entre los menores de 30 años, la tendencia es todavía más marcada. Desde luego llama la atención —especialmente a quienes seguimos esta industria— que el consumo de alcohol esté cayendo. Pero lo verdaderamente alarmante no es el alcohol: es lo que podría estar detrás.

No es solo que bebamos menos; es que estamos teniendo menos ocasiones para vernos. Y esto podría reflejar una tendencia: la ONU proyecta que los hogares unipersonales aumentarán de 28% en 2018 a 35% en 2050, a nivel global. Desde la perspectiva del bienestar, la última versión del World Happiness Report plantea que la frecuencia con que compartimos comidas predice la satisfacción vital, casi con tanta fuerza como el ingreso relativo o el empleo.

Estamos socializando menos, estamos reemplazando vínculos por pantallas. Y cuando uno hace el paralelo entre esa hipótesis y algunas escenas cotidianas —adolescentes en la plaza jugando Brawl Stars en vez de fútbol, universitarios prefiriendo clases grabadas en lugar de ir al campus, ejecutivos optando por reuniones en línea “en aras de la eficiencia”— cuesta no sentir que nos estamos autoinfligiendo un daño silencioso. No se trata de una preocupación nueva.

Aristóteles recordaba que el ser humano se realiza en comunidad; Tocqueville subrayaba que la libertad descansa en una vida asociativa vigorosa; y Arendt advertía que el aislamiento vuelve a las personas más vulnerables. El alejamiento del individuo no solo erosiona su bienestar; debilita la vida en común, la confianza y, con el tiempo, la sociedad misma. Estos cambios son lentos, y por eso cuesta verlos mientras ocurren.

Pero vale la pena mirar con honestidad cómo nuestros hijos están interactuando con otros —o dejando de hacerlo— y preguntarnos qué estamos modelando como adultos. Quizás el primer paso sea insospechadamente simple: volver a poner en el calendario una comida familiar, un asado con parejas de amigos, un partido de fútbol. Antes de que lo raro sea juntarse.

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