Más allá del castigo en la escuela
La evidencia internacional sugiere que sancionar, por sí solo, no basta para contener la violencia escolar. La pregunta relevante no es si debe existir castigo —por supuesto que sí—, sino si una política centrada exclusivamente en endurecer sanciones permite cumplir el objetivo fundamental de cualquier institución educativa: garantizar un entorno seguro donde sea posible aprender. Las escuelas requieren reglas claras, autoridad legítima y consecuencias proporcionales frente a conductas que vulneran la convivencia.
Sin orden, no hay libertad posible dentro de la comunidad escolar. Negarlo sería desconocer una condición básica para el funcionamiento de cualquier institución. Sin embargo, la experiencia comparada muestra que los sistemas que han apostado únicamente por enfoques punitivos han obtenido resultados limitados.
Las sanciones son necesarias para establecer límites, pero insuficientes para modificar conductas de manera sostenida. Cuando no abordan las causas de los conflictos, tienden a operar más como señales simbólicas que como soluciones efectivas. Desde una perspectiva pragmática, esto plantea un problema de eficacia institucional.
Si el objetivo es reducir la violencia, las políticas deben evaluarse por sus resultados, no por su intuición. Y en ese plano, enfoques como la justicia restaurativa y el desarrollo de habilidades socioemocionales han mostrado ser herramientas útiles para complementar —no reemplazar— los marcos disciplinarios existentes. La justicia restaurativa no implica relativizar normas ni debilitar la autoridad.
Por el contrario, busca reforzar la responsabilidad individual: quien causa un daño debe hacerse cargo de sus consecuencias, reparar a las víctimas y reintegrarse a la comunidad bajo reglas claras. Este enfoque introduce incentivos más directos para la rendición de cuentas que la mera sanción punitiva, que muchas veces corta el vínculo sin resolver el problema de fondo. Algo similar ocurre con el desarrollo de habilidades socioemocionales.
Capacidades como la autorregulación, la empatía o la resolución de conflictos no son abstracciones teóricas, sino herramientas prácticas que permiten a los individuos desenvolverse en entornos sociales complejos. Invertir en ellas no es un gesto ideológico, sino una decisión orientada a reducir conductas de riesgo y mejorar la convivencia de manera costo-efectiva. Un punto clave es que estas estrategias no requieren rediseñar completamente el sistema educativo.
Pueden integrarse a las estructuras ya existentes —reglamentos, equipos de convivencia, espacios de orientación—, lo que las vuelve especialmente pertinentes en contextos de recursos limitados y alta carga institucional. Por supuesto, en situaciones graves, las sanciones firmes seguirán siendo indispensables. La protección de la comunidad escolar es una obligación primaria.
Pero asumir esto no implica sostener que el endurecimiento de penas sea la herramienta principal para resolver el problema. La discusión, en definitiva, no es entre disciplina y permisividad, sino entre políticas que reaccionan ante los síntomas y aquellas que buscan reducir la probabilidad de que los conflictos ocurran. Un sistema que solo castiga llega tarde; uno que también previene actúa con mayor racionalidad.
Si el objetivo es maximizar la libertad de aprender en un entorno seguro, el desafío no es elegir entre castigo o prevención, sino diseñar instituciones que utilicen ambos de manera complementaria y eficaz. La evidencia sugiere que ese equilibrio no solo es deseable, sino posible.
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