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Lo que no se ve de la Justicia
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20:38 · Chile

Lo que no se ve de la Justicia

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Diego Palomo. Abogado. Doctor en derecho procesal y académico de la Universidad de Talca.

Existe un viejo refrán que resume mejor que muchos estudios y publicaciones la relación que las personas tienen con los tribunales: “Pleitos tengas, y los ganes”. Este refrán es la constatación de que incluso cuando se gana un juicio, algo se pierde en el camino: tiempo, dinero, tranquilidad o confianza. Pues bien, esta intuición “popular” está plenamente vigente.

Y explica, en parte, por qué la Justicia suele ser observada desde fuera con una mezcla de respeto, temor y desconfianza. Quien no ha pasado por un proceso judicial imagina que todo se reduce a una sentencia, a un fallo, a una resolución final que dice quién tiene la razón. Pero lo cierto es que la Justicia es mucho más que ese momento “visible”.

Lo esencial ocurre antes, durante y después, en “zonas” que casi nunca se ven ni conocen por las personas. Lo que no se ve de la Justicia es, por ejemplo, el tiempo. Un proceso no es solo el día del juicio o la sentencia.

Son meses – años – de presentaciones de los abogados, rendición de las pruebas que buscan establecer lo que se ha afirmado, plazos que deben correr, audiencias de diversa naturaleza que deben realizarse y una serie de decisiones intermedias. Además, por cierto, de los recursos para pedir que se revise por un superior lo resuelto por el tribunal. Para el ciudadano, cada demora se vive como un fracaso del sistema; desde dentro, muchas veces el tiempo es el resultado inevitable de la falta de medios, del exceso o sobrecarga de causas o la existencia misma de reglas que, aunque las más de las veces necesarias, hacen que todo avance más lento de lo que se quisiera.

Lo que tampoco se ve de la Justicia es el esfuerzo del factor humano. Detrás de cada resolución judicial hay personas que piden, postulan, estudian, redactan, revisan, corrigen, dudan, y que vuelven a leer. Jueces, funcionarios, abogados, defensores, fiscales.

No son máquinas que aplican fórmulas automáticas, sino profesionales que deben actuar y decidir en escenarios complejos, con información parcial (que emana de las partes), imperfecta, muchas veces incompleta y bajo presión constante. La imparcialidad no es un estado natural ni un eslogan sencillo; es una tarea que exige disciplina, prudencia y, muchas veces, renunciar a tomar atajos para una certeza fácil. Tampoco se ve de la Justicia el costo emocional.

Para quien litiga, el proceso rara vez es solo jurídico. Hay angustia, expectativas, frustraciones. Incluso cuando la sentencia es favorable, el camino recorrido deja desgaste.

Tal vez por eso el refrán no desea perder el pleito, sino tenerlo… aunque se gane. Porque el problema no es solo el resultado, sino el trayecto que se debe recorrer. Lo que tampoco se ve – y debería verse más – son los límites.

La Justicia no puede resolverlo todo, ni hacerlo siempre rápido, ni hacerlo sin reglas. Y sin reglas, la Justicia deja de ser Justicia. En tiempos en que se exige eficiencia inmediata, respuestas instantáneas y decisiones automáticas, conviene recordar que la legitimidad de un fallo no depende solo de su resultado, sino del procedimiento que lo hizo posible y el cumplimiento de postulados mínimos pero centrales que ligan con la idea de debido proceso constitucional.

Por eso, cuando se critique a la Justicia, convendrá mirar más allá de la sentencia. Intentar ver lo que no se ve: el tiempo que requiere, el trabajo que implica, el equilibrio que exige y el importante costo que supone para todos los que participan en ella. Tal vez entonces el viejo dicho se entienda mejor.

No porque los pleitos deban evitarse siempre, sino porque quien ha pasado por uno sabe que ganar no significa salir intacto. Y que la verdadera fortaleza de la Justicia no está en que nunca falle, sino en que, incluso con sus límites, sigue siendo el único camino legítimo para resolver los conflictos sin recurrir al uso primitivo de la fuerza.

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