Libros preciosos
Chile es un país que, pese a su escaso nivel de inversión en CTCI (menor al 0,4% por muchos años, siendo uno de los más bajos de la OCDE), se ha ganado un enorme respeto en el escenario internacional de la ciencia, del conocimiento y del mundo intelectual. Producir ciencia, conocimiento, tecnología e innovación, no se logra en períodos breves. Son muchos años de inversión constante, siempre tiene un factor de riesgo, muchísimo esfuerzo invisible y, por lo mismo, exige políticas que se piensen a largo plazo.
Es importante destacar que muchas de las producciones intelectuales no sólo quedan convertidas en libros preciosos y empastados que quedan en las bibliotecas; algunos se convierten en obras que el tiempo las convierte en parte del acervo cultural de una nación, llegando algunos a ganar premios que realzan el nombre del país. Otros se convierten en artículos que, luego de años, han permitido avances muy importantes en diversos ámbitos del conocimiento que a veces, hay que decirlo, ha redundado en mucho empleo indirecto o han salvado vidas (como el artículo publicado por el equipo interdisciplinario que trabajó sobre el virus sincicial). Probablemente muchas obras no logran trascender como se quisiera, pero tienen en sí mismo el valor de hablar del estado de la salud intelectual, cultural, científica y espiritual de un país.
La fuerza y relevancia de un país no se reduce a la cantidad de empleos que directamente se pueda generar desde la inversión pública en ciencia, conocimiento, cultura, arte, educación. Verlo así, es no entender el sentido mayor que tiene la República. Un país se construye, crece y se desarrolla en el conjunto de actividades que enriquecen la vida cultural e intelectual de una nación.
Si nuestras vidas se redujeran apenas a un número, una cifra contenida en bases de datos, en registros de clientes o de deudores y que con eso nos bastara para vivir, no tendríamos mucho más que hacer. Afortunadamente, no creo que hayamos llegado a ese extremo. Pero también creo que nosotros estamos llamados a evitar llegar a eso, pues las señales son muy preocupantes.
Guiar los destinos de un país, es saber ver el país en la grandeza de lo que éste puede ofrecerle al mundo, a la sociedad en su conjunto, a la vida de sus ciudadanos; por supuesto contribuir a crear las condiciones para su bienestar material, pero también para el bienestar espiritual, cultural, emocional e intelectual de la nación. Dadas las circunstancias recientes, es bien probable que tengamos que resignificar y entender que tal vez, la reconstrucción que necesitamos, va en un sentido muy distinto al que nos han hablado estos dos largos meses.
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