Libros de la Vida: “Pompeya” de Robert Harris
Hace once años y 21 días atrás, aquel inolvidable 22 de abril del 2015, estalló en violenta erupción el volcán Calbuco. Nada sería igual en la vida de miles de personas en los días siguientes. La columna de ceniza se elevó a 15 kilómetros afectando el sur de Chile y parte de Argentina.
Por la naturaleza de mi trabajo en esa època, me tocó participar fuertemente en la emergencia, que implicó la evacuación completa e inmediata de todos los habitantes ubicados en la cercanía del volcán, en medio de la angustia de las familias y las pérdidas enormes de viviendas, infraestructura y caminos destruidos. Lo más importante de todo, es que no tuvimos que lamentar pérdidas de vidas humanas. Esa experiencia fue muy fuerte y conmovedora.
Y tal vez por eso me he involucrado tanto con “Pompeya” del inglés Robert Harris, haciendo de esta novela una lectura especial. Veamos. Estamos en el verano del año 79 d.
C. en el sur de Italia. Una de las mejores ciudades de la bahía de Nápoles es Pompeya.
Un relajante lugar de ocio y descanso veraniego para los acomodados del imperio romano. Dominando la bahía y cerca de Pompeya se encuentra el Vesubio, volcán imponente en cuyas faldas boscosas se refugiaba Espartaco durante la rebelión de los esclavos ciento cincuenta años antes. A este volcán se le respeta, pero nada más, porque hasta entonces nunca había dado problemas.
Todo es relajo alrededor. Menos para Atilio, ingeniero aguador (hoy sería equivalente a un empleado técnico de la sanitaria). Ha sido llamado de urgencia, ante la desaparición inexplicable del aguador anterior para solucionar un grave problema: el agua ha dejado de fluir por el enorme acueducto Aqua Augusta, los manantiales se están secando y ¡No hay agua para beber y para los estanques, baños y piscinas!
Aparentemente hay un problema en la conducción principal al norte de Pompeya, justamente en las faldas del Vesubio. Atilio, buen funcionario, incorruptible (lo que podía ser un problema en esos tiempos) es citado por Plinio, comandante de la flota imperial anclada allí cerca y famoso erudito, a quién le asegura que encontrará y reparará la avería. Pero mientras se dirige al Vesubio, las cosas se complican más: hay inexplicables olores a azufre y temblores del suelo.
Parece que allí había fuerzas que ni todas las legiones del emperador Tito podrían vencer. Dos mil años después sabemos lo que pasó. Pero en ese agosto ni Atilio ni nadie lo sabía.
¿Qué le ocurrió al aguador, a Plinio y los otros personajes? No puedo decirlo. Ahí lo dejo.
Hoy podemos visitar parte de la Pompeya desenterrada. Quién lo pueda hacer que no se lo pierda, es un emocionante viaje al pasado. El libro, publicado en 2011, es una novela trepidante y de gran ritmo narrativo.
Es notable la recreación de Pompeya antes de la catástrofe, la descripción de las maquinaciones políticas y de la avaricia de los poderosos, el ejemplo de Atilio con su sentido del deber y la pasión por el saber en cualquier circunstancia y a cualquier precio que demuestra Plinio (hoy lo conocemos como Plinio El Viejo). Una obra de gran recreación histórica, magnífica también en el mensaje que ofrece: a las fuerzas de la naturaleza no hay poder humano que las pueda controlar. A muchos de nosotros, los que vivimos por aquí, nos consta directamente.
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