Lecciones del pasado para el GAM del futuro
La paralización de las obras de ampliación del Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM) trastoca el ánimo de nuestra ciudad. Hoy Santiago está triste. Retrocedamos a 1873.
Frente a las críticas de derroche de recursos, el intendente Benjamín Vicuña Mackenna ve tambalear su visionario proyecto de transformación del cerro Santa Lucía. La prensa lo asedia y lo acusan de pensar más en las montañas que en el futuro de los niños: “Señor Intendente, ¡cómo se conoce que las escuelas no están en el cerro Santa Lucía! ”, le acusa el principal diario opositor, El Independiente.
Sus adversarios lo tildaron de elitista y desconfiaron de la vocación de su proyecto, que consideraban suntuario. Avancemos a 2026. Vayan a los pies del cerro Santa Lucía y juzguen si las palabras del intendente se hicieron realidad: “Queda evidenciado”, escribió en 1873, “que el antiguo sitio predilecto del vicio y de la ociosidad será en los años venideros el paseo favorito de las clases medias de la sociedad y del pueblo de la capital.
Lejos de ser una obra de lujo, es una obra esencial de democracia”. Hoy, el freno a las obras que darían a Santiago una gran sala pública y moderna con capacidad para 2. 500 personas, con tecnología de punta, nos hacen reflexionar sobre lo que sería de Santiago sin el cerro Santa Lucía que nos legó Vicuña Mackenna.
¿Sería un Santiago más próspero? ¿Sería un Santiago más feliz? ¿Sería un Santiago más hermoso?
Las ciudades no se hacen a cada cuatro años. Los proyectos deben trascender a los ciclos políticos y pensar a largo plazo, con la mirada puesta en la historia, como se hiciera con el Metro de Santiago y con el proyecto Nueva Alameda, que hemos impulsado fuertemente junto a varios gobiernos y municipios. Hacer ciudad es como correr una posta: no se gana individualmente, se gana gracias al esfuerzo colectivo.
Recordemos que la contingencia, los gobiernos, incluso las crisis pasan, pero las obras no. Las obras quedan. El argumento presupuestario entregado por el actual gobierno, que llevó a la paralización del proyecto, nos recuerda aquella frase, atribuida a Mark Twain, de que la historia no se repite, pero rima.
A Vicuña Mackenna se le criticó que el gasto era superior a los recursos disponibles, que había otras prioridades, pero cuando se tiene una visión clara —como la tenía el intendente, de que Santiago debía ser una ciudad y no un potrero—, los proyectos salen adelante, generan impacto y trascienden en el tiempo. Con el proyecto de reformas del GAM y el proyecto Nueva Alameda buscamos sembrar cultura y bienestar y cosechar ahora y también en 50 años más una ciudad donde la gente viva mejor, donde los vecinos se encuentren, donde los jóvenes se sientan orgullosos de vivir. Piensen lo absurdo que sería sembrar un campo entero y abandonarlo justo antes de la cosecha.
¿Qué pasa con el tiempo, el esfuerzo y los recursos invertidos? ¿Adónde terminan? En la basura.
Eso es lo que está ocurriendo con el GAM y la Nueva Alameda. Y si algo no quieren los chilenos, son obras a medias y malogradas que dejen un vacío y una herida en la ciudad. Repito: Santiago está triste.
Está triste por los niños que no tendrán su primera función, por las familias que no se reunirán, por quienes nunca han tenido acceso a una gran sala pública y tendrán que seguir esperando que la voluntad política esté a la altura de lo que la ciudadanía necesita. Aún es tiempo de cosechar lo sembrado.
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