Las marcas de la infancia de Hernán Meneses, el atacante del liceo de Calama
Hernán Cristóbal Meneses Leal tenía 12 años cuando le diagnosticaron la condición que terminaría marcando su futuro. Las dificultades de comunicación que el preadolescente nacido en Calama mantenía con sus pares llevaron a que su familia realizara consultas con especialistas bajo la sospecha de que su comportamiento podía ser compatible con el del Trastorno de Espectro Autista (TEA). Y así fue.
Uno de los primeros lugares donde se trató fue en el Centro HY Educa, un espacio interdisciplinario de especialistas de Calama, que evacuó un informe en 2021 firmado por cuatro profesionales del área de salud mental. Ahí concluyeron que necesitaba ayuda para sostener comunicación social y le fijaron un plan de apoyo con un psicólogo, un psicopedagogo y un neurólogo. También pidieron una evaluación anual.
El diagnóstico, asimismo, fue evacuado a su liceo para que sus docentes estuvieran en conocimiento de su condición. El joven, a meses de cumplir 19 años, hoy se encuentra atravesando un proceso penal por el hecho más violento ocurrido al interior de un colegio en Chile. El viernes 27 de marzo entró a su colegio con dos bolsos cargados de armas blancas, un paquete explosivo falso y una pistola de agua con un líquido que está siendo periciado.
Así fue como mató a la inspectora, María Victoria Reyes, y dejó grave a otra, Haydée Moya. También apuñaló a otros tres jóvenes, dejando con riesgo vital a uno. El violento ataque, según la Fiscalía, fue planificado con meses de anticipación.
La condición de Meneses fue el principal argumento de su defensa para buscar la inimputabilidad. Después de todo, dijeron los defensores penales públicos Diego Soto y Stephen Kendall en la audiencia de formalización del martes, el imputado ha estado tanto tiempo bajo medicación que su juicio de la realidad pudo verse alterado. Interesado por asignaturas como historia, inglés y lenguaje, Meneses comenzó a bajar su rendimiento académico.
Pasó por bajas calificaciones, repitencia, alta inasistencia y trastorno del sueño. Según señalaba a sus médicos, padecía de agotamiento físico extremo y consumía medicamentos como sertralina y zoplicona. Fue así como consiguió que sus médicos tratantes le extendieran un pase para cursar una modalidad de clases de media jornada, de 10.
00 a 13. 15. En un informe evacuado en julio del año pasado, el colegio indicó que se mantenía con apoyo por sus bajas notas.
De padres separados, Meneses comenzó a vivir con su madre y una tía en Calama desde los 11 años, uno antes de que le diagnosticaran TEA. Antes vivió con sus abuelos en Vallenar. A su condición, se sumó una depresión que con los años pasó de moderada a severa.
No es claro qué pasó en su entorno en ese periodo. Eso sí, fue en esos años que comenzó a refugiarse en redes sociales. Allí manifestaba su gusto por películas infantiles como Cars, Toy Story; videojuegos como Fornite y Grand Theft Auto; y series y cintas como Batman, Joker, Los Soprano, Better Call Saul, Taxi Driver y Dog Day Afternoon.
Por los años en que comenzó a vivir con su madre, empezó a asistir al taller de teatro El Ojo, que pertenece a la Corporación Cultural de la Municipalidad de Calama. Quienes lo conocieron en esa actividad, lo describen como “tímido, retraído y silencioso”. Allí, dicen las mismas fuentes, no buscaba sobresalir, sino que prefería hacer personajes secundarios.
Esa descripción coincide con la de quienes lo veían a diario en el colegio, donde llegó en enseñanza básica. La última obra en la que participó fue una versión del Mago de Oz. Si bien fue parte de la presentación, luego, en un remontaje, prefirió no asistir.
Fue en 2025 cuando comenzó a fallar y dejar de ir al taller. Por esos meses se dejó crecer el pelo, se aisló y “empezó a manifestar su deterioro”, dicen quienes lo vieron. Asimismo, quienes estaban a cargo de esas obras dicen que vieron “muchas veces” a su padre y su madre y que Meneses siempre llegaba con la indumentaria que correspondía a cada presentación.
A estos talleres su madre acudió buscando que Meneses encontrara la motivación que lo sacara de su depresión. Ahí la mujer manifestó que el joven estaba sufriendo de bullying en el colegio y que no salía de su habitación, la que prefería mantener con cortinas cerradas y a oscuras. Sorpresa causó entre quienes lo conocieron por esos años la noticia de la “masacre” en el Obispo Lezaeta.
“Él pasaba desapercibido, siempre era muy silencioso, conversaba con algunos compañeros, pero muy pocos. Nunca fue falta de respeto, ni violento, ni nada extraño que pudiera llamar la atención”, cuenta uno de sus compañeros en el taller de teatro. Eso sí, hubo una manifestación que causó extrañeza en los profesores.
En una de las clases dijo “viva mi general Pinochet”. Su profesor de teatro le pidió que se abstuviera de hacer comentarios políticos en esa instancia. Su última participación en ese taller fue yendo como público a ver a sus compañeros.
Ya no estaba interesado en actuar. Las redes sociales de Meneses son parte de las pistas que revisó la Fiscalía para establecer que hubo premeditación en su ataque. Después de todo fue allí donde el día de los hechos plasmó sus últimos pensamientos.
En Instagram publicó una imagen suya con un cuchillo y un oso de peluche, mientras que en YouTube subió un video de 36 segundos con dos imágenes: una del frontis de su colegio y otra de su cara. El video iba acompañado de una música cuya letra decía: “Voy a matar a todos estos imbéciles”. La psicóloga del Instituto de Criminología de la Policía de Investigaciones, Vania Saavedra, pone el acento en este punto.
“Hoy día hay un mayor consumo de parte de los jóvenes de las redes sociales, y eso significa que también un mayor consumo y acceso a discursos, contenidos, narrativas, que pueden validar el uso de la agresión o de la violencia como forma de expresión. También esto puede surgir como forma de resolver conflictos o eventualmente legitimarse en ciertos grupos. Entonces, no es una variable que podamos desconocer, porque además el mundo digital da para mucho y es muy difícil limitar ese consumo, dado que está en distintas plataformas”, dice Saavedra.
Otra de las huellas que sigue la policía es un cuaderno que Meneses mantenía en su pieza. Ahí redactó que un ataque “idílico” sería cobrar la vida de ocho personas y que su objetivo principal serían niños de primero básico “porque eran puros”. Esos escritos los tituló como Dies Irae (día de ira, en latín) y el motivo era "odio, capitalismo y misantropía”.
Hasta el momento no es claro cuándo Meneses comenzó a interesarse en ataques a escuelas en el extranjero. Lo cierto es que en los cuchillos que utilizó el viernes 27 de marzo escribió nombres de atacantes foráneos. La experta de la PDI dice que, en jóvenes que son víctimas de bullying o cuentan con factores de vulnerabilidad, este tipo de situaciones les podría permitir “mitigar esa sensación de estigma, les podría permitir mostrarse y también legitimarse con otros por una vía que quizás no es la adecuada, pero que persigue un fin”.
Un día antes de que lo formalizaran, la Fiscalía recibió un informe del servicio psiquiátrico de Antofagasta firmado por la doctora María Silva Olea. En el reporte se concluye que Meneses mantiene ideación suicida, trastorno de personalidad narcisista, rasgos de personalidad paranoide, es antisocial y su familia tiene una “dinámica relacional compleja”. Según los informes escolares, Meneses casi nunca iba a clases los viernes.
Paradójicamente, eligió ese día para cometer el acto que hoy lo tiene tras las rejas. Desde el entorno de Meneses señalaron a La Tercera que no podían hablar por ahora, pero que estaban “con mucho dolor”. Es como estar “muertos en vida”, dijeron.
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